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| Fecha |
23
/ 02 / 2010 |
Autor/a |
marcgisbert
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Relatos de bondage VIP - La voz del alma ***
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Antes
de leer y conocer los relatos, visitar el artículo
de presentación para conocer su historia y su leyenda.
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| El
terrible suceso, aunque con un final justo, tuvo lugar
en la rorro primavera del año 2003, justo cuando tal estación
me ofrecía su digno espectáculo a primera fila de la platea
de mi segunda residencia, situada en la ladera del Monte
Gator, bajo espigadas cumbres de púdica falda revestida
con cetrinos bosques copiosos de fresnos, sauces, olmos
y más parientes cuyas disculpas ruego por omitir. |
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Por las mañanas, advertía al abrir los cristales su bonanza
adentrarse en mi alcoba para perfumarla de esos aromas
cuales las ramas de los árboles, enarboladas de su verde
plumaje que las vestirá hasta la próxima fronda de ocres,
columpiaban con gozo, frente un valle de fábula anegado
de pinceladas, granates, almíbares, ambarinos, amarantos,
aloques y glaucos de violetas, con las flores exhibiendo
su cáliz virgen al sentir el torrente ardor del astro
febo, y las crisálidas embelesadas libando el polen de
su sexo brochado. |
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¡Cuánto podría decirles de la primavera en esos incomparables
marcos!. |
| Me
sorprendieron tantas cosas cuando, siendo yo muy infante,
pisé por primera vez esos parajes... Ver nacer paso a
paso el cielo azul, surgiendo de los confines hasta presidir
cuya bóveda cubre la prisión del planeta… Oír los bostezos
del viento peinar con sus púas el vello de los tallos…
Y esas melodías, trémulas poesías, odas polifónicas, poblando
la espesa fronda de las copas entrelazadas con pasión.
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| Sentada
desde el umbral de mi casa, cual tiene su cúpula cubierta
por tejas de barro cocido, veía siempre por estas fechas,
ya bien entrada la tarde, al sol descansar sobre aquella
cima que inútilmente al escribir señalo, y luego, al anochecer,
contemplaba el hermoso cielo con su celaje y el caolín
de rubíes, que encendían al acabar cada jornada el vasto
coro de las nubes enardecidas como si evocaran mejillas
ruborizadas por un beso desvergonzado. |
|
¡Ah, mi querido lector, si supiera cuantos galanes párrafos
puedo escribir de la primavera, le doy mi palabra de honor
que me adoraría!. |
| Pero
no se preocupe, pues tal tarea en otra ocasión cumpliré,
mas hoy le hablaré tan sólo de cuando, a pronto de marcar
la saeta mayor del vetusto carrión la víspera decena,
la noche corrió las lóbregas compuertas de su telón, dejando
tras su envés el áureo polvo mancillado de rosáceas lentejuelas. |
| Recostada
en la fría cornisa de mi habitación, observaba muy lejana
una pequeña casa de madera, cual entre los marcos de sus
luces abiertas se veía la sombra de un personaje, nervioso,
muy nervioso, terriblemente nervioso. |
| Por
su aspecto jovial, se trataba del señor Christopher Delt,
un hombre de mediana edad, cual vivía con un viejo, sin
vínculo familiar, a quien él quería mucho pues hablaba
con devoción y jamás le había hecho nada malo, ni insultado,
pero quien tenía, digo refiriéndome al viejo, un defecto
horrible en un ojo, un ojo celeste semejante al de un
buitre y velado por una tela que cada vez que lo clavaba
en una persona era capaz de helarle la sangre. |
| Yo,
en mis horas donde mis traviesas fantasías se desbordan
en cascadas macabras, y siempre |
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- manteniendo
tales pensamientos en secreto por no ser catalogada de perversa,
llegué a imaginar al señor Delt colérico, obsesionado por matar
al viejo y así por fin librarse para siempre de aquel ojo.
- Jamás
lo vi más amable con el viejo que aquella semana y, puesto que
aún no mostraba signos evidentes de poder conciliar el sueño,
decidí recrearme en mis sádicas invenciones.
- ¡Con
qué perfecta previsión planificó su crimen!.
- Todas
las noches, en torno a las doce, giraba el picaporte de la puerta
para abrirla suavemente, y... ¡con que mimo le veía hacerlo!.
- Ya
cuando la obertura se aproximaba tanto como un palmo, levantaba
una linterna sorda, cerrada, y tras ella introducía la cabeza
por el hueco comprendido entre la madera de la cancela y el marco
del umbral, a fin de poderlo ver tendido plácidamente en su cama.
- Luego,
con cautela abría la linterna lo suficiente para que un solo rayo
de luz cayera sobre el ojo del buitre, moviéndola con lentitud
para no perturbar el profundo descanso del viejo, y le imaginé
repetir tal acto durante siete largas noches a esa hora exacta,
las doce, pero para su desdicha siempre encontraba cerrado aquel
ojo que tanto le enfurismaba.
- Según
mi parecer, aunque no soy ninguna experta en la materia policial,
el señor D. estaba dispuesto a continuar su rutinario procedimiento
hasta poder encontrar, tarde o temprano, aquel maldito ojo abierto,
hecho cual ocurrió la octava noche.
- Fue
esa misma, la actual cual yo relato, cuando procedió con mayor
cautela que de costumbre al abrir la puerta, tanto que se movía
con más rapidez la saeta del minutero en su reloj que su mano.
- De
pronto, quizá satisfecho de sus triunfos anteriores, o tal vez
orgulloso pues el viejo nada sospechaba de sus malvadas intenciones,
se rió entre dientes mientras poco a poco abría la puerta, lo
cual debió de oír su víctima pues se movió repentinamente sobre
la cama, como sobresaltado.
- Sin
embargo, no se echó atrás.
- Su
cuarto estaba tan negro como la pez, pues el viejo cerraba completamente
las persianas por miedo a los ladrones, y fue cuando ya había
pasado la cabeza y se disponía a abrir la linterna que su pulgar
resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho.
- -
"¿Quién está ahí?" - gritó a la vez.
- El
señor Delt permaneció inmóvil toda una hora, sin mover un solo
músculo ni exclamar palabra alguna, escuchando del viejo brotar
un leve quejido, similar a aquellos cuales emergen del fondo del
alma cuando el espanto nos sobrecoge, y aunque con ironía le asumía
lástima del viejo, en los abismos de su corazón se reía a carcajadas.
- Tras
esperar largo tiempo con una paciencia jamás descrita, cual mi
cerebro resumió máximo en treinta segundos, sin oír que volviera
a acostarse, decidió abrir una pequeñísima ranura en la linterna
hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de una araña,
brotó de ella y cayó de lleno sobre el ojo del buitre.
- Sí,
allí estaba, abierto de par en par, de un azul apagado y con aquella
horrible tela que le cubría hasta el tuétano.
- Yo
conocía a aquel viejo cual rondaba ya muy por encima de la barrera
septuagenaria sus años de vida, pues era común encontrarse con
él todas las tardes de los sábados primaverales, o también al
caer las suaves horas vespertinas a plena canícula estival, y
les puedo asegurar que la lúgubre figura de su horrendo ojo, aún
cuando no nos miraba directamente, daba auténtico pavor.
- Por
esta razón, me fue relativamente fácil imaginarme desde la distancia
y con gran exactitud, al señor Delt manteniendo con toda la firmeza
posible el haz de luz de la linterna sobre el ojo del viejo.
- El
latir del corazón, el del anciano, debió de ser, para las condiciones
en las cuales se hallaba mi más joven vecino, como el redoblar
de un tambor que estimula el coraje de un soldado, y cuyo estruendo
se iba haciendo cada vez más rápido e intenso por el terror que
sufría.
-
- "¡Ah, maldito ojo!" - me lo imaginé gritando justo cuando el
senil corazón parecía estar a punto de estallar - "¡voy a salvar
la tierra de ti, demonio de valquirias, que masacras la belleza
del paisaje tras tu córnea, que aterrorizas sueños de infantes
mostrando malvado tu cruel efigie, y sacias tu obsceno apetito
observando complacido el funesto dolor de las gentes!" - vociferó
a modo de su epitafio, y sin perder más tiempo se abalanzó contra
el cuerpo del viejo cual poseía.
- Inmersa
en mi fábula, lancé un alarido que resonó por toda la habitación,
ladeándome pues le vi precipitarse sin remedio encima de mí, y
como de si un acto reflejo ante tal escena real se tratara, cerré
asustada los ojos.
- Justo
entonces oí cinco palabras exactas.
- -
"¿Qué haces tú aquí, Anna?" - me inquirió estupefacto el citado
personaje deteniendo su mortífero ataque.
- Boquiabierta,
vencida por una situación cual me era imposible comprender, me
quedé callada durante cuanta completa abrupta cantidad de segundos
sucesivos ignoro.
- Sentía
algo extraño muy cerca de mí, cuya presencia me amenazaba, y al
torcer mi cuello apenas cuarenta grados allí lo vi, a casi tocarme
la mejilla diestra, un horrendo ojo que me miraba de arriba abajo,
luciendo yo como único atuendo un albugíneo camisón de seda corto
cual pendía hasta cubrir a duras penas la meta de mis nalgas,
y de pronto, de la lóbrega oscuridad que me rodeaba, oí resonar
unas terroríficas palabras imposibles de olvidar.
- -
"¡Hola, monada!" - acertó a pronunciar.
- Salté
rauda del jergón, precedida de un chillido cual se oyó, sin exagerar,
a más de ciento cincuenta yardas, y la voz vetusta clamó otro
baboso piropo una vez más... sólo una vez, pues al instante el
señor Delt lo tomó por su frío soporte del pescuezo, lo arrojó
al suelo y le echó encima el pesado colchón. Varios minutos más
tarde, cesó el latir con el viejo ya muerto.
- Levantó
el colchón, y se cercioró de que estuviera fallecido apoyando
la mano en su corazón.
- -
"¡Lo ha matado! ¡Lo ha matado!" - repetía yo una y otra vez, aterrada
por ser testigo del consumado acto criminal.
- Aquel
asesino, que justo acababa de iluminar la estancia al accionar
el interruptor plastificado que quedaba al alcance de su brazo
alargado, se levantó enfurecido, clavando sus ojos en mí denostando
sus pérfidos deseos, y se me aproximó hasta casi rozar la punta
de su hocico con mi nariz.
- -
"¡No me jodas!" - me espetó fuera de sí - "¡tú y ese asqueroso
ojo erais amantes!".
- -
"¡Por Dios, no!" - repliqué sin pausa.
- Me
aterraba la idea de que el señor Delt pensara en mí como una prostituta,
o una amante del anciano, pero por más esfuerzos cuales hice para
excusar mi presencia no me creyó, aunque reconozco que mi imagen
tan ligera de ropa en su alcoba me hacía perder toda credibilidad.
- Supe
que mis intentos eran estériles al verle balbucear un gesto de
asco con la cabeza.
- -
"¡Ayúdame a liberarme de él!" - me indicó malhumorado señalando
la carcasa difunta del anciano.
- Por
lo visto, ya lo había previsto todo con bastantes días de antelación.
Colocó el cadáver en una gigantesca tina, cual le iba a servir
para no dejar rastro alguno de sangre al descuartizarlo con la
sierra mecánica que ya previamente se había predispuesto a usar.
- Les
ahorraré escabrosos detalles, pues fue tal la brutal escena de
carnicería al cortarle la cabeza, los brazos y las piernas, que
tardé casi tres minutos en recobrar el conocimiento.
- Aún
mareada, y logrando con dificultad sostenerme firmemente en pie,
pude ver levantadas tres tablas del entarimado de la habitación,
bajo las cuales se disponía a esconder los restos del cuerpo.
- Por
mi reloj ya estaba a punto de alcanzar la una de la madrugada.
- Durante
un rato, tras haber finalizado el último paso de su plan, se me
quedó mirando, dubitativo y lleno de ira, pero, cuando por fin
se iba a dignar a hablarme, golpearon a la puerta de la calle.
- -
"¡Lo que faltaba!" - exclamó, y levantando de nuevo las tres tablas
donde había escondido los restos del viejo descuartizado me obligó
a entrar encajada como más bien podía.
- Me
negué en un primer instante, pero él tomó sus dedos, plegó el
índice y su colindante, el anular y el meñique, recubrió casi
todos con el pulgar que los soyuga, y quedó un puño cerrado de
furia que impactó de lleno contra mi pómulo zurdo, afligiendo
así mi poca oposición.
- La
luz, que penetraba entre las milimétricas ranuras, alumbraban
lo suficiente como dejarme ver que la sangre cual se esparcía
por todo el subsuelo me empapaba por completo mi precioso camisón.
Con el mayor sigilo posible, y con movimientos limitados por la
falta de espacio, me desprendí de él, pues sentía con asco el
chapoteo del fluido viscoso pegarse a su tela.
- Quienes
llamaron fueron tres caballeros, que se presentaron muy cortésmente
como oficiales de policía, y cuales aducían la razón de su presencia
a la alarma de un transeúnte, pues había escuchado un alarido
femenino, muy posiblemente el mío, por las cercanías del hogar.
- Afloraron
en mí miles de dudas. Me debatía en contrarias tribulaciones bajo
el escondrijo... Salgo... No salgo... Salgo... No salgo... Si
optaba por la primera opción, debía de asumir varios riesgos ante
su actitud. Si les contaba la verdad, me iban a encerrar de por
vida en un manicomio, y si no, desnuda, totalmente manchada de
sangre escondida junto un cadáver descuartizado, no había abogado
en el mundo capaz de librarme a morir sentenciada en la horca.
- Así,
pues, barajadas sendas opciones, opté por quedarme inmóvil, callada,
sin dejar de escuchar esperando que se largaran pronto.
- Noté
por sus pasos cómo los llevó a recorrer toda la casa, revisando
con calma cada estancia, resonando la suela de sus zapatos muy
ahogadas mientras más lejanos se hallaban, y acrecentarse poco
a poco su andar hasta acabar todos en mi habitación.
- -
"¡Quédense si lo desean, caballeros!" - les dijo el muy imbécil
a los agentes, quienes por supuesto accedieron, pues denotaba
en sus voces que algo del sujeto no les satisfacía.
- No
podía dar crédito a cuanto estaba ocurriendo en verdad.
- Oí
al señor Delt traerles tres sillas donde descansar, colocadas
paralelas arrimadas a la pared frontal, y él situó su aposento
de cara a ellos, justo en el punto exacto bajo el que estaba yo
escondida.
- -
"¿Vive usted solo?" - fue la primera cuestión que le plantearon
la autoridad.
- Su
respuesta, casi instantánea, fue la invención más escandalosa
que jamás había yo escuchado, y aunque sus interlocutores se dieron
por complacidos con sus explicaciones, yo suponía que tal burda
mentira no había hecho sino aumentar los recelos en él.
- Los
siguientes diez minutos hablaron de temas comunes en tono animado,
mas no tardó mucho en aflorar en él sus ansiosos deseos por que
tales incómodos invitados se marcharan.
- Entre
las rendijas de las tablas le veía inquieto, llevarse las manos
arriba como si sufriera dolor de cabeza, sus gestos evidentes
de percibir un zumbido en sus oídos, rascándose con más violencia
usando el dedo índice de su mano derecha, hablando en voz muy
alta, demasiado, y quise advertirle de su sospechosa actitud,
pero... ¿qué podía hacer yo?.
- Se
quejaba de un resonar apagado y presuroso, como el de un sonido
que podría hacer un reloj envuelto en algodón, y hablaba más rápido,
con vehemencia.
- -
"¡Le vemos nervioso!" - le profirió uno de los tres agentes en
un tono plácido.
- Aquel
sonado individuo, cuyo nombre no se merecía volviera a pronunciar,
se puso de pie, discutiendo sobre insignificancias a viva voz,
violento, andando de un lado a otro a grandes pasos, enfurecido,
aunque por suerte sin implicar a las presentes personalidades.
-
Lo oía lanzar espumarajos de rabia, maldecir, jurar, sentarse
de nuevo y balancear la silla sin cesar, raspando con sus patas
las tablas produciendo un chirrido cual sobrepujaba todos los
demás.
- -
"¿Ha escuchado usted algún grito?" - se aventuraron a preguntarle
los agentes, confiados de su próximo derrumbe moral.
- El
señor Delt estalló a risas alocadas.
- -
"¡Basta ya de fingir!" - bramó a lo bestia - "¡lo confieso!" -
y toda yo me acongojé al sentir este impronunciable verbo conjugado
en primera persona del singular.
- -
"¡La chica ha gritado aquí!" - les desveló en un tono creíble
- "pero... agentes... perdónenme..." - clamó arrepentido - "pues
si no es pagando, me es imposible cumplir mis fantasías sadomasoquistas".
- Me
quedé perpleja, pues el muy hijo de su madre me tildaba de prostituta.
- -
"Sí, agentes, sí" - añadió con un falso tono de arrepentido en
su vil disertación - "la chica gritó al dolor de mis azotes".
- No
podía creer cuanto estaba escuchando, y tampoco les desvelaré
mis desconocidos instintos asesinos cuales brotaron todos de golpe
tras oír sus mentirosas palabras.
- -
"¿Dónde está la chica?" - le preguntaron casi con arduos deseos
de conocerme, y al instante el muy miserable se levantó de su
asiento, arrastró la silla escasos dos metros, y alzó las tablillas
bajo las cuales permanecía yo amagada.
- -
"¡Sal ahora mismo!" - me espetó con un grito seco.
- Cuando
los agentes me vieron, desnuda, impregnada toda yo de sangre,
esbozaron una lasciva sonrisa en sus labios, más excitados por
el rúbeo flujo cual me decoraba, pues con fervor creyeron se trataba
de un logrado maquillaje.
- -
"¡Quizá!" - me insinuó el más vetusto del trío - "¡podáis evitar
pasar una larga temporada entre rejas si cumples bien con tu oficio!"
- concluyó mientras con el dorso de sus dedos me acariciaba cálidamente
uno de mis pómulos.
- Dicho
esto, sus dos compañeros, como puestos en formación de combate,
se acercaron a mí, producto de su orden, pues era de todos quien
ostentaba el mayor rango oficial, concretamente el de sargento.
- -
"¡Tú primero!" - le exclamó conciso al más joven de sus subordinados.
- Aquel
muchacho, de veinte años apenas recién cumplidos, todavía con
los gestos de bobo novato recién salido de la academia grabados
en su rostro, se despojó muy nervioso de todo su atuendo, empezando
por el cinto de su arma, las esposas, continuando por las botas
altas de piel, desabrochándose su galán uniforme de azul turquí,
botón a botón, liberándose de la casaca, de la armilla, y los
pantalones a conjunto hasta mostrarse casi un minuto más tarde
totalmente desnudo frente a mí.
- No
vayan a creer ni mucho menos que cumplí con desagrado, pues aquel
mozo de mi edad era muy atractivo, apuesto, hermosamente delgado,
capaz de encandecer el letargo adormecido de las pasiones con
sus ojos azules y lindos bajo las finas cejas que los sombreaban,
y su cabello de tono fuego agitado como llamas rugir.
- -
"¡Déjame hacer!" - le susurré erótica, visto que el pobre se había
quedado petrificado ante mí, sin acercar ni una palma abierta
a mis pechos descubiertos.
- Lo
tendí en el suelo, estirado boca arriba, y yo, de pie, con mis
piernas bien abiertas dejando su efigie varonil entre ellas, bajé
mi cintura recta, logrado esto flexionando ambas rodillas a la
vez, hasta quedar en cuclillas, a punto de sentarme sobre su pelvis.
- Antes,
palpé con mi mano por la zona del futuro aposento, agarré su verga,
cual ya por cierto se había predispuesto toda sola rica y erecta,
y con una leve maniobra coloqué el robusto glande justo a la entrada
de mi vulva. Su misil, si me permiten la metáfora, partió camino
de la atmósfera, pero sólo despegar lo atrapé entre las enmarañadas
redes de mi sexo, gimiendo de un creciente placer cuando lo sentí
rebotar alocado por las resbaladizas paredes de mi vagina. Su
cabina de pilotaje se incrustaba en lo más hondo de la mórbida
oscuridad, cual acto de pretender atravesarla me encantaba, revolcándose
mi alma de gozo, brincando como si fuera a lomos de un indomable
corcel.
- -
"¡Sí! ¡Sí!" - gritaba yo a monosílabos exquisitos.
- Pero
mis ardientes deseos, de quienes ya había perdido su control,
querían más, y mi mirada embriagada de lujuria se fijó en el sargento,
un hombre experimentado rondando la mediana edad, de manos fuertes
y ojos penetrantes que lucían con brío el aplomo y la seguridad
en sí mismo.
- -
"¡Venga aquí, sargento!" - le rogué con un tono de voz dulce y
sumisa.
- Casi
con prisas, comenzó a desvestirse, mientras yo no cesaba de cabalgar
sobre la dura polla de su subalterno quien, ahora por fin sí,
deslizaba sus manos por mi cintura, trepando raudo en busca de
coronar con las yemas de los dedos la tiesa cima de mis pechos
esbeltos. Cuando lo logró, el sargento ya había emplazado sus
dos piernas algunos metros más adelante, me asió por los cabellos
sujetando mi cabeza recta y tomó su enhiesto rabo hasta llevarlo
a fundirlo con mi lengua ya dentro de mi boca.
- -
"¡Demuéstrame cómo de bien lo sabes hacer!" - clamó en voz muy
grave.
- El
tercero, que sobrado demostraba ser el más tonto de los tres,
sólo miraba atónito con sus labios entreabiertos y las cuencas
de los ojos salidas de órbita. Un mar de jadeos invadió los ininterrumpidos
ecos la alcoba, resonando entre sus rectos parapetos de blanquecina
cal.
- -
"¡Me encanta!" - susurró sensual el sargento con su barbilla medio
alzada por el increíble gusto de mi felación.
- Y
de mí... ¡qué decirles de mí!... ¡De cual cipote relamía yo sabrosa
y ansiosa!... ¡De cuanto gozaba sintiendo, muy adentro de mi vulva,
su otra melliza!... ¡Oh, señores y señoras!... ¡Menudas fuentes
de regocijo más indescriptibles!.
- Envuelta
de pasión, entrecerraba algo mis párpados, con la vista nublada
por tanta excitación y mi mirada cual no anclaba a ningún sitio
pues se derretía ya de júbilo.
- Justo
entonces, el mozuelo cual yacía supino estirado encima de las
losas del suelo y cuyo tacto dócil de sus yemas patinaba por mi
piel, incapaz de mantenerse erguido, empezó a jadear muy rápido,
ido, desentendido del mundo.
- -
"¡Oh! ¡Oh!" - atisbaba a decir una y otra vez, sin pausa, ni puntos
ni comas, ni un mero reposo donde aspirar profundo una leve bocanada
de aire.
- -
"¡Me corro! ¡Me corro!" - añadió, y apenas acabó de gritar estas
palabras que noté la ardiente lava brotar a chorros de su volcán.
Resbalaba por dentro mío como si fuera un río de lava serpenteando
entre las abruptas paredes de la montaña, cosquilleándome, masajeando
mis entrañas.
- ¡Que
exquisita escena resultó!.
- Sentía
mi alma revolcarse de placer, y desconozco si los orgasmos se
contagian o se retan entre sí por complacer, pero apenas había
terminado aquella indescriptible sensación que la polla del sargento
se endureció como forrada de argamasa, palpitó y derramó la novicia
avanzada de homúnculos impacientes.
- Daba
la impresión, por la violencia con cual manaron, que estaban encerrados
a presión aguardando meses y meses el descorche de su carnoso
recipiente.
- -
"¡Ya! ¡Ya!" - gritó vaticinando algo tardío toda su emanación.
- Quedó
semen dentro de mi boca, relamiéndome con la lengua las gotas
desertoras sobre mis labios, y aún le sobró para esparcirme más
líquido espeso por los parietales, la frente, mis cabellos, y
hasta en salvaje caída precipitarse contra mis pechos.
- -
"¡Qué pasada!" - le oí exclamar orgullosa de mi tarea.
- Con
el éxtasis del sexo estratificado en su rostro, y esbozando claros
gestos de agotada satisfacción, se dio la vuelta, andando a cortas
zancadas los escasos metros que le distanciaban de su último súbdito,
cual impaciente por su turno ya se había desnudado, y tomándolo
autoritario por el brazo lo empujó zarandeado hacia mí.
- -
"¡Ha llegado el momento de tu estreno!" - le espetó a modo de
rubricado epitafio para su ya moribunda virginidad.
- El
pobre chico, a pesar de que por edad no era el más joven de todos
los presentes, pues su rostro maduro le delataba superar en más
o menos cinco años a su compañero contiguo, estaba nervioso, muy
nervioso, tan nervioso que más bien diría yo, y ruego perdonen
mi falta de sensibilidad ante cuya prueba iba a enfrentarse, alcanzaba
la frontera de ser tonto perdido.
- -
"¡Acércate!" - hube de decirle para infundirle ánimos.
- Por
mi parte, yo me puse de pie, apoyando ambos flexores cubitales
del carpo en el respaldo superior de la silla, la espalda encorvada
con elegancia aerodinámica, los glúteos ligeramente alzados y
los gastrocnemios distanciados entre sí a casi un metro, de tal
modo que le incitaba sin mal interpretación a hundir su desusado
trabuco en el único orificio cual restaba empapado entre el desfiladero
de mis nalgas. Así lo hizo el chaval, y aunque su primer intento
de penetrarme fue fallido, su inmediato sucesor lo logró... ¡y
vaya si lo logró!.
- Entró
decidido, duro, firme, valiente, atrevido, y me detengo pues a
centenares de fantásticos calificativos les podría seguir nombrando,
atacando como fiero guerrero enristra, portador de su sangrienta
lanza, a cuantos oponentes se le tercian.
- Reconozco
me invadió una mezcla de dolor y placer, pero, queridos lectores,
como tantas veces he dicho, ¡ojalá el dolor fuese siempre así
de excitante!.
- De
él, recuerdo gritaba exhalaciones muy cortas, exageradas incluso,
quizá producto de su inexperiencia, o tal vez por los ardientes
deseos íntimos de sucumbir en breve al éxtasis del sexo mutuo,
pero a pesar de sus insólitos jadeos fue maravilloso, pues empujaba
con tanta virilidad que me hacía perder el equilibrio, una y otra
vez a cada nueva embestida, con las lisas palmas de sus manos
apoyadas con cuidado sobre mis nalgas, casi sin sujetarme.
- -
"¡Venga, chaval, sigue así!" - le animaba el competitivo sargento,
y él obedecía, jadeando poseído por la locura del sexo, incrustando
su pelvis contra mí, como si atroces descargas eléctricas la impulsaran
adelante.
- Pero,
por favor, no vayan a tomarle por salvaje o cruel, pues, aunque
ello hubiese sido de mi agrado, fue todo lo contrario, tratándome
con mimo, disfrazando sus jadeos de ávidos versos mientras aprendía
su verga a amar aprisionada entre los muros recónditos más allá
del umbral de mi ano.
- Sentía
sus plácidas manos adorarme, los cuerpos unidos en un lascivo
vals cual se reflejaba en el único espejo que había en toda la
habitación, viéndome yo, bella amazona, con mis labios de denso
rojo temblando de gozo, pretendiendo al vuelo libar el candoroso
halo cual levitaba en la cerrada atmósfera.
- Ya
a tales alturas él parecía un potro desbocado.
- -
"¡Sí! ¡Sí!" - gemía más concordante, rápido, profundo, venideros
de su orgasmo cual anunció en un solemne alarido, y de cuya corrida
puedo darles sabida fe.
- Pues,
debió de ser por la energía acumulada en toda su adolescencia,
o las locas ganas que le deberían de invadir desde brotarle los
imberbes pelos de su vello púbico, pero comenzó a inundar mi gruta
de su semen más como ni yo misma lograba imaginar, desencajando
casi las mandíbulas de su polla ante el colapso de tal torrente
que fluía contracorriente, rebelde de su naturaleza, resistiéndose
a caer en cascada por los márgenes de mi gruta e invadir la estancia
de su aroma característico.
- -
"¡Fantástico!" - le susurré en tono erótico cuando despegó su
tranca dura de mi celda anal.
- Luego,
los agentes, quienes como amigos bien avenidos se dirigieron juntos
a sus aposentos, volvieron a enfundarse sus reglamentarios uniformes
entre bromas y hombríos fanfarroneos.
- Fue
provistos de sus atuendos que dirigieron sus últimas palabras,
éstas al señor Delt.
- -
"Ha sido sencillamente extraordinario" - pronunció feliz el sargento,
cuya afirmación me llenó de satisfacción - "pero, antes de marchar,
déjenos añadir tres escuetas puntualizaciones" - sumó con misterio
a su frase predecesora.
- -
"En primer lugar, esta señorita..." - dijo refiriéndose a mí junto
a una minúscula pausa - "sé a ciencia cierta que no se trata de
ninguna prostituta, pues de ser así no sería para ella el sexo
un placer, sino una obligación" - relató muy convencido.
- -
"Como segundo punto, reseñaré que cuanto cubre su cuerpo desnudo
es, por desgracia, sangre de verdad" - indicó a mi solemne asombro
y el del resto de presentes.
- -
"Por último, señor Cristopher Delt, queda usted detenido por el
asesinato del anciano George Rosberg, cuyo cadáver doy por seguro
amagó bajo esos tablones, junto su pobre prisionera testigo de
su atroz crimen" - y así concluyó, yo rebosante de alegría y el
culpable condenado a la horca, cuya sentencia se ejecutó tan sólo
dos meses más tarde.
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