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| Fecha |
23
/ 02 / 2010 |
Autor/a |
marcgisbert
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Relatos de bondage VIP - Dócil inocencia***
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Antes
de leer y conocer los relatos, visitar el artículo
de presentación para conocer su historia y su leyenda.
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| Sin
ánimo de ofender, ¿han pensado ustedes en cuanta falta
de respeto acometen sobre sí mismos?. ¡Piénsenlo! Me refiero
a si el hecho de estar aquí presentes, en estas justas
fechas, les da permiso a ser mero espectador; me refiero,
por si aún no me entienden, a vivir para morir sin llegar
a existir. Si no me creen, ¡miren! ¡miren a su alrededor!.
Pues quienes ve reír a mandíbula batiente, cuales gozan
de sus carnes o engalanan sus efigies con las joyas robadas
al vientre de la santa tierra, ¡todos!, ¡absolutamente
todos!, son sólo un paso banal en la rica historia, una
fugaz agonía en el regazo de los siglos, que contemplan
impasibles cómo el tiempo surca el cauce de la vida sin
remontar jamás el curso de su corriente. |
| Díganme,
hombres, mujeres, vasallos y plebeyos, pues yo no lo comprendo,
con qué derecho perdemos las horas frente al insepulto
televisor, o qué placer conduce a las infames gentes zaherir
su ser de cuantas maneras posibles ni los horneros del
infierno fueron capaces de idear; díganme, si acaso es
respeto menospreciar segundo a segundo el don de vivir.
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| Deseo
entiendan mis palabras, mas por si aún tal objetivo no
he logrado, de un imbécil sujeto les voy a hablar, cual
verán cuán de despreciable les va a resultar. |
| Jamás
fue éste ejemplo de sacrificio o voluntad, que ni tuvo
la dudosa decencia de rendirse al intento de soñar, y
cuyo terrible encuentro con la muerte todavía no les voy
a desvelar. |
| Vivía
en un mundano piso de tres habitaciones, de paredes cubiertas
por capas de blanquecina cal salvo en los azulejos y cenefas
del aseo, con la cocina inmersa día y noche bajo un atroz
desorden, y el rectangular salón batido en duelo a la
zaga de tal inmundo mérito. Gozaba por su balcón de privilegiadas
vistas a un lozano parque atiborrado de fresnos, sauces
y castaños, que resaltaban como espigas cetrinas en la
jungla petrolera de la ciudad, y en cuanto a su cuarto,
¡qué decirles de tal fidedigna ornamentación a su ser!.
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| Tenía
los cuatro tabiques cuales circundaban su lecho decorados
con algunas fotografías suyas posando en un narciso aire
erótico y el resto, la gran mayoría de los marcos, exhibiendo
chicas jóvenes desprovistas de prenda textil cualquiera,
quienes decía él, en un íntimo diario guardado en el tercer
cajón de la mesita de noche, era las sobras más dóciles
de sus conquistas. |
| Sospecho
piensan ustedes que, de cuantas miles de formas sabemos
perder la noble vida, es sobradamente la de mayor placer,
mas ¡lean! ¡lean!, pues los sucesos jamás desvelan su
devenir, y ya me dirán si fue fortuna su existir. |
| En
cada hoja impar de tal cofre blanco de confesiones había
trazado tres líneas verticales, formando así número idéntico
de columnas, figurando en la primera de todas ellas la
fecha de su acto sexual, el nombre de la afortunada en
la siguiente, y cuanto él tildaba de datos técnicos en
la última de las nombradas. |
| Según
la página inicial de su diario, correspondían las abreviaciones
detalladas en dicho departamento del siguiente modo: |
| Respecto
al color de los ojos, A se refería a los azules, T asociado
a turquesa, E a los ojos esmeralda, y M a cuyos iris eran
de tonalidad oscura. El siguiente punto cual reseñaba,
separado |
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- previamente
de su código predecesor por unas barras cursivas, era su cabello,
LM refiriéndose a larga melena, C a corto, y divididos sus tonos
en R por rubio, C a castaño, P como pelirroja, A en cuanto a azabache
o escribiendo el rasgo completo a cuyos aspectos, por razones
que desconozco, había omitido abreviar.
-
Por el resto de los detalles físicos anotados, se acentuaba una
notable predilección por las mozas de mediana altura, fina figura
y avispada cintura, cuales a la práctica del sexo accedían sin
tapujos, y citadas tales experiencias en su libro íntimo como
X al sexo en misionero, XA en referencia al sexo anal, XO dicho
por sexo oral, y XD acerca de fantasías diversas sin describir.
- Un
dígito, comprendido entre el cero y el diez ambos inclusive, evaluaba
la complacencia por parte de las muchachas conquistadas en sus
exitosas cacerías.
- Conforme
a la escritura, ésta no era demasiado perfecta en su ejecución,
desordenada, algo condensada entre líneas pero espaciada entre
palabras y letras. Los márgenes en general eran todos inferiores
a la norma clásica, denotando una ostensible falta de aireación
entre los níveos vacíos, aunque llamaba la atención la precisa
alineación de los escritos tanto al flanco zurdo como al diestro.
- Había
letras de muchos tipos, angulosas, sobreelevadas, de crestas bajas,
mayúsculas caligráficas y complejas, los óvalos sencillos, presentando
algunas torsiones, unidas entre sí en su mayoría, con enlaces
peculiares por su altura y cuyo conjunto le daba una huraña apariencia
de ser pequeña e irregular. Predominaban los ángulos y la presión
firme junto a la presencia de puntas, sobre todo arriba y abajo,
cual delataba su agresividad, y confirmada ésta de las barras
de "t" en maza.
- Acerca
de las líneas, todas eran ascendentes excepto la línea base, esbozada
en un renglón perfectamente recto, siendo la velocidad de principio
a fin rápida y agitada, y con reinado de la aceleración mientras
más cercanas se hallaban las sayas del papel.
- De
este modo cual les acabo de explicar, escribió entre las páginas
intermedias de su diario una especie de párrafos inconexos cuales
los tituló El saber del Sexo y donde, con un acento bravucón,
quiso establecer los mandamientos básicos a cumplir por los súbditos
feligreses de su erótica evangelización.
- -
"¡Escuchadme!" - empezó a modo de banal presentación - "pues si
deseáis en verdad ser tan orgullo masculino como yo, debéis de
seguir estas reglas de oro cuales mi experta experiencia os enseña:
- 1.
Durante el sexo, haced con vuestro portentoso órgano viril formas
geométricas para volverlas locas de placer, tales como remolinos
en círculo, triángulos, y cómo no, la aspiración máxima de todo
hombre, el dodecaedro, cual sólo increíbles privilegiados de la
madre naturaleza, como es mi caso, somos capaces de llevar a cabo.
- 2.
Ostentad siempre un trofeo del triunfo, como puede ser una fotografía
de ella desnuda, considerada ésta prueba irrefutable, pues tened
en cuenta que la envidia jamás cree a la fortuna.
- 3.
Si vuestra presa no fuera lo suficientemente agraciada como para
ser merecedora de recibir vuestro don, y puesto que todo varón
cual se tercie no debe perder jamás oportunidad ninguna de mostrar
su hombría, pensad en otra mujer.
- 4.
Decidles frases hermosas, a pesar de que los adjetivos no correspondan
a la verdad, pues toda mentira piadosa a las féminas en celo os
libran de pecado, y aún a disgusto besarlas, pues yo os prometo
que por vuestra gratitud el dios Nünning, héroe del sexo, con
nuevas presas os sabrá recompensar.
- 5.
Desdeñad mujeres de altura inferior o superior a treinta centímetros
respecto a la vuestra, pues es su castigo divino no estar hechas
a vuestra apropiada medida de acoplamiento.
- 6.
Asimismo, con cuantas ofrendas se rindan a vuestros dotes varoniles,
no os acostéis en camas de longitud inferior a los dos metros
o cuya anchura no alcance los ciento treinta y cinco centímetros,
pues así como no se ofrecen espectáculos sin condiciones adientes
a su desarrollo, tampoco se brinda la magia amorosa del hombre
en lechos vulgares y pudientes.
- 7.
Además, aquellos quienes aprobéis el grado seis en mi escala de
sexo Hot Ten - para formulario contactad conmigo - exigid las
camas provistas, por lo menos, de un cabezal superior con barrotes
tallados de madera o de hierro forjado.
- 8.
Preocuparos por vuestro orgasmo, cual debe de ser lo más tardío
posible para así poder demostrar a la hembra exhausta vuestra
indiscutible e incansable virilidad, mas en caso de ella reclamar
mutua correspondencia no temáis, pues todas las mujeres se saben
a ciegas la cima de la autocomplacencia".
- No
les desvelaré el resto de las citas porque, entre otras razones
a exponer, aduzco, y con perdón por la mala expresión cual prometo
no volveré a repetir jamás, cierta frase elocuente que, miren
por donde, ya no me apetece revelar.
- A
su término, dos hojas más allá, descubrí un relato fechado en
el último día del mes de agosto.
- -
"¡Qué verano!" - iniciaba él su primera frase con elocuente soberbia
- "¡cuántas mujeres no olvidarán jamás todo el lascivo placer
cual me he dignado a ofrecerles!".
- Según
escribía, alcanzado el espléndido mediodía los rayos del sol caían
a plomo sobre la atiborrada playa como losas tonelescas, donde
apenas se atisbaba un ápice de incandescente tierra pues había
desplegados sobre ellas un mar de gentes que navegaban petrificados
sobre sus barcas de lona.
- -
"¡Y qué gentes!" - añadía con desprecio.
- Muchos,
decía, yacían con la oreja apegada a los meznudos granos de arena
intentando oír en el eco del subsuelo el galopar de las bellas
doncellas, mientras el resto, de sexo estéril o esclavos de su
cónyuges, se torturaban el frágil tono pálido de la piel, con
el rostro apaciguado y sus mejillas enrojecidas sobre las carnes
candentes.
- A
tocar de la arena, donde linda su reino con el paseo de baldosas,
estaba él, sentado en uno de esos bancos pedregosos sin respaldo,
observando entre tal oronda escoria física a las chicas más hermosas,
jóvenes y delgadas, cuales lucían escuetos tangas por biquini
y sus firmes pechos al descubierto.
- -
"¡Gracias por cuántos pechos juntos hay entre estos barriles de
grasa!" - llegó a escribir insolente y maravillado como espectador
a primera fila.
- Frente
a él, el mar, ebrio de sal, irisado de matices amatistas y esmeraldas,
embatía sus roncos gemidos erguidos contra la costa tajada, calcando
nívea espuma con el cantil su acróstico, de lágrimas saladas que
resbalaban por mejillas sin llanto dejando su huella de rabia
en la ribera cuando la marea marchaba, y más allá al norte, donde
surgían los rocosos acantilados huesos fosilizados del esqueleto
del planeta, empujaba contra el bastión de escollos con más fuerzas
si cabía sus elásticas olas cuales achicaba muy de lejos.
-
¡Que suerte tenía el muy maldito, de gozar de la vista al mar
cual añoro! Cuan de privilegio es contemplar gaviotas y albatros
sobrevolar ansiosos por copar su buche todo lo ancho del ponto,
arrojándose en picado hundiendo todo su ancho cuello y más en
el agua, y alzando raudos el vuelo con la presa entre su pico
o engulléndola allí mismo, bogando como góndola en un lago si
el oleaje se lo permitía.
- Sé
cuanto les digo pues impresiona contemplar en directo tal magna
representación de la vida, pero no es necesario ser genio para
afirmar que ni la más mínima atención le debió de prestar él,
sino tan sólo pechos... pechos... y más pechos.
- Por
fin, de entre la manada, descubrió una chica, sola, muy hermosa,
con su largo cabello teñido de caoba reptar suave hasta tocar
los omóplatos, luciendo su oscuro bronceado y un ínfimo tanga
de blanco destellante como único atuendo de su figura delgada,
tendida supina sobre su ancha toalla.
- Sin
tiempo a perder, se encaminó hacia ella, y al sentarse junto su
vera pudo contemplar el hermoso turquesa de sus ojos al levantar
sus párpados cerrados.
- Por
cuanto confesa en su diario, tal doncella elegida por la caprichosa
fortuna no fue capaz de contenerse a sus encantos masculinos,
con la fóvea encandilada de su majestuosa forma varonil e hincando
en él una adorable mirada cual en tórridas fantasías anticipó
sus ansiados besos.
- -
"¡Supe!" - grabó con tinta bruna - "¡tan sólo vernos, que aquella
noche ella sería mi musa del amor!".
- Arbolando
su tronco superior, la chica se acicaló el cabello usando a modo
de púas los dedos de su mano diestra, mesándolo con grácil aire
de presumida, y arqueó sus jugosos labios de intenso escarlata
para esbozar una sonrisa zalamera, halagada de su suerte.
- -
"¡Qué incapaz era la chica de disimular su admiración por mí!"
- escribió a continuación esa misma tarde de conocerla -. "Sus
ojos relumbrantes de áurea blanca como cisnes bajo las cejas coquetas
me relamían, de arriba abajo, sin obviar ni un ápice de mi esculpido
cuerpo, galopando desbocados por su mente los deseos empachados
de besarme, no un beso por segundo sino un interminable morreo
fundido en minutos, fantaseando en tornarse géiseres de frenesí".
- Aquella
muchacha, de aspecto dócil e inocente, parecía arder en deseos
de abalanzarse a él sin más espera, revolcándose en el cuadrilátero
de la arena, unidos los dos en un solo color, el carnal, besando
sin pausa su boca bermeja, besos inmensos cuales de gozo debían
de derretirse al exhalar la brasa súbita del sexo que en soplo
cupido llega, hecha la orilla lecho de juncos, y sentir los labios
en sus senos, regodeados en su santa aureola de ocre, sin pedir
paz a los brazos que los cuerpos apresaban mientras los púdicos
vellos de las pelvis perversas frente a frente se susurraban sus
secretos.
- ¡Cuan
anhelaba la pobre la hora de tal hechizo presente!.
- Pero,
ya bien entrada la tarde, seguía sin nada suceder, escuchándole
endiosarse de sus lascivos méritos, mas ella, triste y apenada
pues aún él no le había ofrecido gozar de su erótica maestría,
contemplaba al fondo el curvado abanico del firmamento mientras
en la orilla trazaba con la yema del dedo índice su nombre, cual
las olas se encargaron de borrar de un solo golpe sin dar tiempo
a leer.
- -
"La veía desesperada por hacer el amor conmigo" - desveló a medio
relato - "pero me excitaba ver su rostro sufrir ante mi interminable
demora".
- Fue
al caer la noche, viendo la joven víctima lo hermoso de la plateada
estera de la luna desenrollada sobre el lúcido oleaje del mar
arrastrándose hasta la costa, cuando llegó su oportunidad, cual
no hace falta decir que la chica accedió al instante, demostrando
su larga impaciencia.
- Sin
sujetador, con su cuco peinado liso reflejando la luz de las farolas,
y vestida con un transparente vestido blanco de muy corta falda
y finos tirantes cruzados en su espalda abierta, se infiltraron
entre las hordas de turistas que avanzaban a muy corto paso por
el longo paseo marítimo, engalanado de palmeras y un sinfín continuo
de tiendas, souvenirs y locales de ocio atestados de gentes y
más gentes.
- -
"¡Por Dios!" - escribió con notable indignación - "¡cómo aplastaba
la envidiosa plebe su sudor contra mi bella figura! ¡Ah! Rostros
abstractos de larga barba, sus orondas señoras en biquinis de
traumática escasez, los seniles arcanos reverberando su juventud,
un desfile de prendas de muy jocosa elección, y más con cuanto
no estoy dispuesto a ensuciar estas hojas de pasión".
- Su
hotel, Dorina Park, ostentaba orgulloso sus galones de cinco estrellas
y la olímpica piscina de agua cristalina, rodeada por su corto
vello en tono oliva y custodiada tras la mampara de un muro de
hormigón cuya indecorosa envergadura la exhibía a ojos de viandantes.
- La
habitación, enumerada cuatrocientos catorce, caía en la cuarta
planta, hasta cual subieron por las escaleras pues el perfecto
amante padecía claustrofobia a los espacios cerrados tales como
ascensores, mas qué importaba, pues se trataba de hacer inolvidable
aquella noche del treinta y uno de agosto que reinaba candente,
clásica, con sus estrellas filtradas entre la corteza de polvo
alabastro y la brisa arrastrando en su soplo leves ristras con
sabor a miel.
- -
"¡Ven!" - se enorgullecía de haberle ordenado en un tono seco.
- La
muchacha, quien justo acababa de salir del aseo donde había reubicado
frente al espejo algún mechón rebelde, se acercó sin vacilar,
como embrujada por los hechizos de tal magno amante.
- Sin
demora, aquel valentino tomó su vestido, cuyas tiras hizo resbalar
por sus hombros para hacer caer con suavidad la prenda dicha a
las losas del suelo, continuó por su fina lencería, y en las mejillas
de ella se encendió una pincelada de celeste topacio al adularla.
- -
"¡Princesa de oro!" - pronunció con entrenado tono mientras acariciaba
dulce el envés de sus brazos nerviosos - "¡te prometo gozarás
como ningún hombre ha logrado jamás!" - y los ojos de la chica
fueron un derroche de pasión reflejado en cada uno de sus sutiles
óvalos esmeralda.
- Mientras
él se desnudó con arte de ensayo, ella esbozaba en sus fantasías
los cuerpos poseídos por pócimas mágicas a punto de danzar en
ritos ancestrales, y cuyas ofrendas votivas estaban las carnes
predispuestas a donar encajando sin pensarlo sus muslos de par
en par.
- ¡Oh,
señores, que suerte la de la moza, por cual visión vanagloriosa
tuvo de su verga en primer plano!.
- -
"¡Gírate!" - le espetó ese caudal de varonil amor y, obediente,
ella cumplió.
- Reposó
sus palmas abiertas sobre los cantos respectivos del tocador con
espejo que daba de frente a la cama, arqueó la espalda, alzó muy
ligeramente la barbilla y separó tanto como un metro sus tobillos
uno del otro, manteniendo ambas piernas muy rectas.
- Decidido,
tardó máximo tres segundos en colocar el formidable cabezal de
su robusto falo justo a la entrada de su orificio anal, presionó
levemente, y de golpe introdujo tal lascivo elemento por el conducto
de sus antojos.
- -
"¡Oh! ¡Sí!" - exclamó ella en sus primeros gemidos.
- Si
ustedes hubieran gozado del privilegio de conocerla, de ver en
su faz el cándido gesto de la dócil inocencia, de oír el bello
timbre de su voz, habrían jurado, por los temblores y ese inconfundible
tono sensual, que aguardaba impaciente tal desvirgo.
- -
"¡Sigue! ¡Sigue!" - jadeaba lejos de tumultos y chillidos.
- Las
sombras sin ojeras de sus ardientes siluetas se dibujaban casi
estratificadas sobre la llana cerámica, calcando sin error las
embestidas del macho experto, adelante, atrás, con sus manos apoyadas
en la cintura y la pelvis bien erguida.
- -
"¡Maravilloso!" - dejó escapar de entre su sonrisa jugosa y cuyo
vocablo hinchó de orgullo al honroso varonil.
- Amagados
tras el páramo de su frente, brotaban el candor de los deseos
que aquel maestro del sexo le descubría por primera vez.
- -
"¡No pares! ¡No pares!" - confesó, y la música elitista de su
garganta, cual gemía monosílabos sin cerrarse, comenzó a derrumbarse
por el inmenso placer que la acosaba, y manaron la retaguardia
de los suspiros, entrecortados, rápidos, fugaces y sin descanso.
- -
"¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!" - estalló alocada a gritos bajo el vértigo de
su sexo siempre pábulo.
- Ojalá
hubiese podido la virgen princesa darse la vuelta, pues anhelaba
fundir sus besos endulzados en la forma cordial de ambas bocas,
como si fuesen dos cobres sometidos al fuego del infierno, aferrando
en danza tribal sus labios coralinos testa de nevados dientes
con su clásico zumbido al picarse con dulzura, los pómulos al
rojo vivo y las tórridas lenguas en dual tango a su esbelta pareja.
- Mas
tal hazaña le resultaba imposible.
- Con
la vista nublada de exquisito gozo, sentía las enristradas de
la fornida verga por detrás, delatando su pasión en el humor acuoso
de las córneas por cuantas salvajes embestidas la sometía aquel
inigualable engendro masculino, que con violencia la empujaban
a casi golpearse contra la recta pared.
- En
cuanto al tiempo, había perdido toda noción de él por culpa de
la excitación... Quizá fueron diez minutos... Tal vez veinte...
Pero por fin sintió la chispa súbita del orgasmo cual le sobrevino
imparable, como lanzada por el arco cupido de la lujuria.
- -
"¡Me corro!" - clamó ella, y tal afirmación le contagió pues él,
que hasta aquel instante se limitó a jadeos controlados, respondió
con idénticas palabras.
- ¡Ah!
¡El éxtasis! Las carnes conspiradas evaporaban su ardor a pares,
perdida ya por completo su firme compostura, sucumbidos al acto
heroico y con la penumbra de sus ojos envueltos en un halo inocente
y clemente.
- Pero
de pronto la letra, como escrita por el puño de otra persona,
se tornaba totalmente distinta. Se trataba de una escritura de
otro nivel, por decirlo de un modo creíble, extraña en su conjunto
aunque a la vez hecha con naturalidad, de trazo rápido, decantado
a ser filiforme, la inclinación ligeramente invertida, crestas
irregulares, y una sorprendente delicadeza en la presión.
- Respecto
a los renglones, son todos horizontales, como guiados por una
cuartilla, sin puntos y aparte y los acentos colocados con increíble
precisión.
- Mas
en el diario testigo quedó mudo su estilo acerca de cuanto inaudito
ocurrió.
- Una
especie de moco viscoso recubría el contorno de su pene, aferrado
por la tenia omental y una sucesión de sáculos que se compactaban
como sedosas telas de araña, y cuyo origen procedía de los más
hondos confines anales de la dócil chica, cual había empezado
a emitir unas burlescas carcajadas, muy suaves aún, casi inapreciables.
-
- "¿Qué... qué es esto?" - masculló asustado el muchacho.
- Una
capa de dos centímetros de grosor, formado por miles y miles de
bacterias intestinales, descomponían la materia orgánica de su
miembro viril, generando unos efluvios gases que impregnaban el
aire de un hedor insoportable.
- Demasiado
tarde ya para arrepentirse de sus viles pérdidas de tiempo.
- Frente
a sus ojos, aquella masa espesa cual los médicos entendidos sabrán
nombrar por colon sigmoide, seguía avanzando, inexorable y hambrienta,
transformado ahora en un trazo fino rico de sangre que secretaba
péptido intestinal y revestía sus carnes cuales poco a poco se
desecaban, putrefactas, devoradas por cuya chica fácil había reventado
a risas alocadas.
- Un
minuto más tarde, una multitud de vellosidades de un milímetro
de longitud recubrían gran parte de su cuerpo. Eran de un aspecto
áspero, quebrado, y a la vez formando bordes similares a un cepillo,
de un vivo pigmento rúbeo, siempre idéntico a pesar de los metros
y metros que salieron por entre los esfínteres de la chica, mientras
sus gritos de pánico atronaban por toda la habitación aunque sin
huir más allá de sus emparedados dominios, pues nadie acudió en
su auxilio.
- Su
muerte ya le asediaba.
- Chorros
de bilis y jugo pancreático consumían sin piedad la escoria de
su efigie, convirtiéndola aún con vida en livianas gotas fáciles
de digerir.
- ¡Oh!
Cuan tremendo debió de ser verse devorar vivo, mientras la chica
reía desencajada de alegría.
- -
"¡Que delicioso estás, cariño mío!" - le espetó con un tono diabólico,
jactándose de su masculina fortuna.
- Tres
horas después, del hombre sólo quedaba una espesa bola de quimo
en la panza de la doncella.
- Pero,
por favor, no les parezca tal hecho un trágico destino, pues al
fin y al cabo él obra y gracia de sus actos se lo labró. Limítense
a usar cuya facultad en fechas presentes ha caído en desgracia,
ésta es la de pensar, y díganme con qué derecho las hordas de
necios fantasmas osan perder el tiempo otorgado por el don divino
en el sagrado rito del alumbramiento; díganme, si acaso ustedes
tienen la respuesta, de cómo se puede ser tan inconsciente como
para uno mismo faltarse el respeto por vivir.
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