Fecha 23 / 02 / 2010 Autor/a
marcgisbert
*** Relatos de bondage VIP - El rostro de la Muerte Roja ***
Antes de leer y conocer los relatos, visitar el artículo de presentación para conocer su historia y su leyenda.
¡Habrían de haber visto la quebrada carantoña de sus labios al ver aquellos sufridos los primeros síntomas de la Muerte Roja!. Sus ojos vanidosos fruncían los cejos coquetos, dilataban con exagerado gesto sus pupilas, y aledaña a ella brotaban descoyuntados una cascada de lágrimas al oír la trágica verdad de su más próximo devenir, mientras los anexos móviles, dichos manos, volaban raudas en planeo con sus veintisiete huesos en máxima tensión a ocultar su rostro partido de dolor.
Pues, mis queridos lectores, aquellos dolores, la rigidez de los músculos, un vértigo brutal, precedían mensajeros a la Muerte Roja, y no eran pocos quienes elegían su eutanasia ahorcándose con una soga en los altos tablones de las buhardillas, o atravesarse las carnes gracias al plomo infiel empujado por la pólvora.
¡Ah, señores, cuan de asqueroso era ver a sus víctimas desangrarse sin remedio ni tiempo a confesarse!. Mas por si no creen en mis palabras háganme el favor de pensar, tal como yo sabios les supongo, en cual escena les detallo, extraída ésta de un informe médico de la época.
"11.20. Llegada del paciente a la consulta. Presenta problemas de equilibrio. Visión borrosa. Afectación del nervio vestibular. Inoperancia absoluta de la cóclea. Anulación del utrículo y el sáculo. Incapacidad de detectar la rotación de la cabeza".
En la misma letra cursiva, el facultativo anotaba el espanto de tales síntomas. Jamás, en sus largos años de oficio, había sido testigo de implacable enfermedad similar, y así lo hizo constar en su informe de trabajo.
"11.21. revisión del oído. ¡Horroroso!. Resta desmenuzados los osículos del estribo y el yunque. El tejido fibroso ligero del tímpano ha estallado. El paciente denota sordera completa. No atiende a mis palabras. ¡Y grita!".
Sus gritos sonaban con ese tremebundo eco propio de haberle abierto el diablo las puertas de su reino infernal, y sentía como si un fluido viscoso, a modo de río de lava, serpenteara lento su cauce, bifurcando un afluente por el conducto auditivo y el afín congénere cayendo a raudales a lo largo de su trompa de Eustaquio.
"11.23. El paciente, G.D., no logra manetenerse en pie. Presenta derrame sanguíneo por su oído. Dolores intensos en todo el cuerpo. Rigidez muscular. Apenas articula movimientos amplios tendido en mi camilla. ¡Es la Muerte Roja! ¡No sé qué hacer!".
Lo escribió abatido, contemplando cómo su angustiado paciente le imploraba en vano y a viva voz toda su ayuda.
  • "11.24. ¡Emana sangre de su fosa nasal diestra!".
  • ¡Que atroz debía de ser, verle morir en cuya consulta acudió a buscar su salvación! La sangre brotaba a chorros, ahora ya también por el orificio zurdo de la nariz, y decía el infecto tener un gusto repugnante, oxidado, similar al de la sangre. Mas, ¡cual fue su sorpresa al abrir la boca!.
  • "11.27. El paciente se desangra. Brota sangre por doquier de su boca. Sus folículos pilosos se anegan. ¡Sale sangre por todos sitios!. Su piel, de un tono mezcla de rosáceo y canela, se cubre de rúbeo. ¡La ropa! ¡La ropa cambia de color! ¡De un tono oxihemoglobínico! El resto, cual cubre al enfermo, es mate, completamente mate".
  • Grandes manchas de ese tono robicundo estaban incrustadas por todo el níveo desierto de su informe, y había más, sangre en el atuendo del facultativo, en la lisa cal de un tono verde claro cual rebozaba las paredes, sobre las camillas, salpicadas las baldosas de la estancia y hasta los pulidos cristales de la ventana.
  • Cuanto último escribió lo hizo con un perceptible temblor asolando su ser.
  • "11.32. El paciente ha fallecido. La sangre inunda como diluvio divino mi consulta. Ni una sola gota de sangre resta en sus venas. Su efigie es de un aspecto disecado, y su piel resalta alarmantemente sus pliegues, los surcos, las crestas, y hasta la más minúscula de sus protuberancias. Esta enfermedad es un castigo a la humanidad, mas discúlpenme pero no puedo continuar".
  • Fue tal terrible epidemia cual asoló aquellas tierras céntricas, que los libros de historia cuentan cómo, quienes por dinero y poder pudieron, se encerraron en inexpugnables fortificaciones de donde en años nunca nadie entró ni salió, pues decían la enfermedad tan sólo te podía atacar si un portador de tal mal entraba en contacto directo con nuestras sanas carnes.
  • De cuantos personajes se habla, resaltaba por encima de todos el Conde Vaforits, hombre déspota e insensible donde los halla, cual un día mandó reunir a las afueras del pueblo todos los plebeyos habitantes en su reino feudal para elegir a cientos de jóvenes hombres, de brazos robustos y fornida espalda, quienes serían sus escuderos, siervos y portadores de jofainas, mas ya terminada su elección buscó a las doncellas, a cientos y cientos de éstas, todavía más jóvenes que los varones, las de mayor altura, fina cintura, ojos hermosos, sonrisa pícara, de fulgor lascivo en su cabello y fértil figura.
  • Ancianos, impedidos, delincuentes y cobardes, fueron condenados a vagar libres de armas lejos de sus tierras y dejados a su funesta suerte. Mas los escogidos sonrieron, y brincaron de júbilo sobre sus botas de piel de vaca, pues terrible congojo azotaba sus almas al pensarse atrapados en las redes de la peste.
  • Un once de julio, las puertas pesadas de noble haya con revestimiento de hierro, cuales eran el único acceso al seguro dominio de su imperio, se cerraron para siempre pues, una vez adentro, los fundidores soldaron los metales, ya que el Conde había dispuesto no permitir ni una mínima posibilidad de salir los súbditos. Una gigantesca muralla, imposible de franquear y cuyo grosor excedía sobradamente de los dos metros, circundaba sin fisura todo su territorio, edificado por sus excéntricos vástagos quienes durante siglos expropiaron las tierras de los honrosos campesinos.
  • La fortificación estaba perfectamente acondicionada para suplir con creces todas las necesidades. Huertos de rico suelo… Granjas de sano ganado… Tampas de hectáreas inmensas para el pasto… Estanques de agua potable… A cada cuarto de milla, se alzaban atalayas donde los guardianes contemplaban, al otro lado de los muros, los terribles estragos de la Muerte Roja, mientras el Conde Vaforits, ajeno a tales inclemencias, apenas salía de su majestuoso palacio.
  • ¡Cómo iba a salir, si cuanto placer colma las almas de los mortales le rodeaban!.
  • Música, bufones, exóticas bailarinas cual con erótico gesto contorsionaban su cintura desnuda a su presencia, sabrosos manjares, ornamentos de oro incluso en los marcos de los retratos, y una piscina cubierta a tocar de su alcoba, donde se le oía chapotear jovial como infante sumergido en el mayor de los recreos.
  • Fue, cumplido el sexto mes de la perpetua reclusión, que ofreció a todas las gentes, coincidiendo con su cuarenta aniversario, un baile de máscaras de la más insólita magnificencia, a celebrar en la sala Coral, donde nunca jamás había entrado nadie que no fuese el propio Conde y sus doncellas.
  • Un corredor cerrado, cual cruzaba las demás habitaciones en una imperturbable línea recta y cuyas paredes estaban adornadas por vitrales de un solo tono escarlata, conducía a tal lugar.
  • Aún a pesar del engaño de su nombre, no se trataba de un solo salón, pues había en algunos costados estancias dispuestas con tal irregularidad que la visión percibía al observarla un burlesco aspecto de desorden. Todos los umbrales estaban cerrados, dominando los contornos de tres paredes sin ni una sola miserable ventana, con marcos de antepasados y refulgentes luces de curvos brazos plateados, cuales al paso de los partícipes en la fiesta producían sombras de un tono tan vivo como fantástico.
  • Respecto a los presentes, hombres y mujeres lucían todo tipo de máscaras. Reinaba en casi todas un gusto grotesco, con especial atención por las formas tétricas, fantasmagóricas, delirantes. Las había talladas en madera; antifaces cuyos ángulos esbozaban miradas sinuosas; máscaras blancas, negras, de turquí o marengo, y sólo una se aventuraba a enseñar un color de sangre siniestro, cual producía un efecto macabro al reflejarse sobre la faz enmascarada de quien a su paso gozaba cruzarse.
  • Al norte, el Conde de Vaforits había construido su trono. Tras él, la pared aparecía completamente cubierta por una cortina de terciopelo oscuro, que abarcaba desde el altivo techo y caído en pesados pliegues sobre la elevada tarima dispuesta de tal modo por el Señor. A su diestra, marcaba su triste deambular un anciano carrión, cuyo péndulo se balanceaba con un chirrioso y monótono resonar, mas, cuando la saeta mayor completó su obligado circuito, marcando las nueve en punto de la noche, sonó un escandaloso tañido de las entrañas de bronce del mecanismo, y los músicos de la orquesta iniciaron la algarabía.
  • ¡Ah! ¡Con qué desenfreno ya nacieron las danzas de las parejas!.
  • Los hombres asían a sus mujeres por las nalgas, prensando los dedos, apretando su cintura contra la impúdica pelvis, y ellas, que ni mucho menos mostraban guiño quejoso por cual pervertida actitud les desvelo, sonreían complacidas. Sus pechos pinzaban la tela de los disfraces con el extremo puntiagudo de los pezones, y los hombres, percatados de dicha suerte, perdían el control de sus cuencas desorbitadas.
  • Sólo la piel de los más tímidos enrojecían, alejando con muy malogrado disimulo la vista de sus fuentes de pecado.
  • Ocultos por los aullidos de los instrumentos, había quienes su descaro les hacía mirarse entre sí, prometerse cual es fácil de intuir en pérfidos susurros al oído, y previo permiso del Conde, se ausentaban del baile a una de las alcobas colindantes para dar rienda suelta al latente placer de la carne.
  • Por supuesto, tal personaje, aquella noche extrañamente complaciente y misericordioso, asentía afirmativa con la cabeza. Nada podía estropear aquella fiesta magnífica, que él personalmente se había encargado de planificar. Desde su trono, se ensimismaba viendo el vals de sus cortesanos, los coloridos efectos de las máscaras cuando los labios de sus portadores se besaban, y en su mente esbozaba sueños ardientes que alguna joven presente le inspiraba.
  • De entre todas, advirtió la presencia de una muchacha cuya máscara satánica ocultaba su rostro de tal modo que su semblante no le resultaba conocido, mas le resultaba increíble no haberse fijado antes en tal preciosidad. Bailaba con un sensual desenfreno que no tenía límites, más allá del liberal criterio de la época, pero hay razones suficientes en el sexo que por más prohibiciones siempre son irresistibles.
  • Hubieran comprendido cuanto digo si aquella doncella hubiera danzado ante ustedes tal como lo hizo frente al Conde de Vaforits. Su figura, de mayor altura a la de tal noble anfitrión, y su fina cintura que cimbreaba en continuos y lascivos remolinos, le despertaron los instintos íntimos de sus hormonas.
  • - "¿Cómo te llamas, hermosa?" - le inquirió, pero un sepulcral silencio fue cuya respuesta obtuvo.
  • Lucía un disfraz tremendamente aferrado a sus delgadas carnes, abrochado por un único cinto, sin botones ni cremalleras ni demás artilugios, cual, una vez desliado, abriría su tela en librillo mostrando la cándida desnudez de la dama adolescente.
  • - "¿No tienes nombre?" - reiteró de nuevo el Conde con un tono tan afable y paciente que sorprendió incluso a los siervos más cercanos.
  • Mas silencio de nuevo recibió, pues ella en bandeja le ofreció un juego, uno de cuantos tantos no debía de osar desafiar.
  • Pero él, osado y apuesto, tomó las llaves de cual estancia se había reservado, justo tras el amparo del opaco cortinaje de terciopelo, y en su compañía fueron ambos a compartir la próxima soledad.
  • - "¡Ruego te desenmascares!" - le pidió el caballero a cual doncella ocultaba el diabólico disfraz. Sin embargo, ella, que en aquellos momentos no se hallaba aún al alcance de las manos del Conde, hizo un movimiento en dirección hacia adelante, antes de acercarse con paso sereno y deliberado.
  • En cuanto refiere al disfraz, dén por innegociable que de tal vestimenta no se desprendió.De quien sí este hecho aconteció, fue de todas las prendas referentes a las vestiduras del Conde, pues en menos de un minuto la doncella disfrazada lo dejó sin la más insignificante de todas ellas.
  • Casi de un solo impulso retrocedieron hasta que las rodillas de él toparon con el longo catre cual presidía todo el cuarto. Había cuadros de ojos voyeurs, que lo vieron caer supino sobre el mullido somier, con su erecto falo predispuesto a combatir, como mástil en la cubierta del velero mercantil, y la cual se oscureció al avecinársele encima la alabastra sombra de la fémina forma.
  • ¡Ni una palabra! ¡Ni un beso! Ni tan siquiera una suave caricia con sus yemas sobre el torso varonil. O bien era el colmo de la erótica tacañería, o el ímpetu de sus ardientes deseos no le permitían deleitarse en estímulos preliminares.
  • Porque, sin un solo segundo de tardanza, cogió el grueso tronco de cual barra carnal ofuscaba sus sentidos, arqueó su espalda, y descendió la máscara hasta cruzar su frontera el glande descubierto, exhibiendo desvergonzado su tono entre rosáceo y púrpura.
  • - "¡Oh! ¡Sí!" - clamó el Conde al notar absorberla.
  • ¡Ah, el Conde! Loco de placer, estiró sus brazos a los costados, y usando los dedos de ambas manos a modo de tenazas, aprisionó las sábanas cuales en un abrir y cerrar de ojos descompuso la calma de sus hilos. Con suavidad, mordisqueaba sus propios labios, y a veces incluso erguía su cuello para contemplar a la muchacha, de quien laboriosa entre sus piernas sólo alcanzaba a ver la cúpula de su disfraz. Luego, dejando descansar hacia atrás el plexo cervical, volvía a chivatar el profundo frenesí que le azotaba.
  • - "¡Sigue! ¡Sigue!" - gritaba a muy cortos intervalos.
  • Ciertamente, el arte de la chica lo hacía inigualable ni para la más experta de las profesionales. Sus bocanadas engullían al completo su miembro viril, hasta el punto de tocar el frenillo a donde surge el jardín de la garganta. Mas ella no hacía pausa ninguna, ni tan siquiera para aspirar sorbos de oxígeno, relamiendo golosa cuanto de ancho y largo presumía su verga.
  • - "¡Me encanta!" - alcanzaba sólo a clamar entre jadeos el noble.
  • ¡Y cómo jadeaba! ¡Apasionado! ¡Atiborrado de demencial lujuria!.
  • - "¡Sí! ¡Sí! ¡Así! ¡No pares!" - chilló alocado, y justo entonces, resoplando de gozo, sintió acosarle una vencedora sensación, la de la cumbre del orgasmo.
  • ¡Menuda corrida!. Tres minutos más tarde, aún derramaba la última gota de cuantos casi seis litros manó por la boca de su órgano sexual. ¡El 8% de su peso corporal!. Créanme, aunque quizá ustedes estén ahora verborreando sonrisas incrédulas, o me tilden tal vez de exagerada, mas para darles a su fe ciencia cierta de mis palabras, se lo escribiré del siguiente modo: plasma fue el 55% de su volumen total; un 1% constituido de glóbulos blancos y plaquetas; 44% de glóbulos rojos; por cada gota, 250 millones de glóbulos rojos, 16 millones de plaquetas y 375.000 de glóbulos blancos.
  • ¡Sangre! ¡Hablo de sangre! Pues yo, en ningún momento he escrito en las líneas predecesoras que fuese esperma a cuyo vertido hacía referencia.
  • Enloquecido, quiso en un último esfuerzo el Conde de Vaforits descubrir cual dama se amagaba bajo las telas, quien por cierto seguía imperturbable junto al cabezal inferior de su lecho mortal. Mas, al quitarle sin resistencia de su oponente la máscara, oyose un grito de terror, al ver que tras su envés no existía ninguna forma humana, tangible, y reconoció la presencia de la Muerte Roja. Había venido como la suave brisa de la noche sobrevolaba plácida y en calma el lóbrego cielo de su dominio.
  • Mas cuando marchó del cuarto, ya estaban los invitados al baile muertos, con sus galanes disfraces manchados de sangre, caídos sin orden unos sobre otros en un mar de rúbeo glutinoso, y se escuchó el chapoteo de su tranquilo andar pisando las viscosas entrañas de los danzantes mientras el reloj, impasible, hacía resonar aquel tañido chirrioso de su vetusto péndulo de bronce.