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| Fecha |
23
/ 02 / 2010 |
Autor/a |
marcgisbert
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Relatos de bondage VIP - Momificación ***
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Antes
de leer y conocer los relatos, visitar el artículo
de presentación para conocer su historia y su leyenda.
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| Mi
nombre es Anna, nacida en Admirrow el único sábado de
la tercera semana a pleno octubre, sobrepasada la saeta
mayor en diez minutos la segunda hora tras atardecer,
llorona como todos, de cabellos con un ligero tono azabache,
y rodeada de una intensa nevada jamás acontecida por esas
fechas cual azotó la ciudad al mediodía previo de mi alumbramiento.
El lánguido murmuro del mar aledaño se filtraba por los
muros del hospital, silbando entre los mimos y caricias
de mi amada madre, mientras los gélidos céfiros del norte
soplaban insistentes en cuya noche serenaron y donde la
luna llena, en su cetro de manto oscuro, miraba con sus
ojos encandilados al regazo de mi cuna. |
| De
aquella efeméride hizo hace escasos meses veinte sorprendentes
y fugaces años. |
| Pero
no teman, pues aunque el don de la magna modestia no me
fue inculcado, o en su defecto ignoré aprender, no pienso
hablarles de cuantas vicisitudes y jolgorios he vivido.
Mi simple intención es darles a conocer una trágica historia,
cuyo relato les advierto no es indicado de leer si ustedes
acaban de atiborrar insaciables el apetito de su panza,
mas si aún persisten en su intento de proseguir andando
por este sendero de letras, deben de atenerse, siempre
bajo su propia responsabilidad, a las consecuencias de
cual osadía se pudiera derivar. |
| Tal
tremendo suceso tuvo lugar en la ciudad de Barcelona,
un 23 de mayo de 1886. |
| Una
brutal tormenta, cual tornó noche las horas adjudicadas
al astro febo, arreciaba furiosa sus cascadas de agua
desde los pantanos celestes, desertando por completo las
rúas. Al valle azul, que reinaba tan a diario sobre las
cabezas de sus ciudadanos, le suplantaba una vigorosa
flota de navíos con su quilla pintada de un amenazante
gris marengo, que no mostraba ni el más mínimo resquicio
de pretender surcar cercanos pontos. Sus demonios de a
bordo lanzaban desde la cubierta gorguces tridentes de
fuego divino, y a atronadoras carcajadas de júbilo, que
de terror sobrecogían las gentes haciendo fruncirles ambos
hombros, estallaban tras cada embate, con tanta violencia
que si cuanto sonaban no eran risas de diablos, debían
de ser los golpes de la fusta de Dios a pronto de resquebrajar
la bóveda del planeta. |
| Estas
afirmaciones, cuales yo ahora he desvelado, las escribían
con espanto las crónicas de la prensa local, llegada ya
la calma al día siguiente. |
| Sin
embargo, un hecho, incapaz de concebir ninguna mente en
su sano juicio, aconteció justo en el cenit de la viva
naturaleza derramando su diluvio. |
| Tan
sólo el rodar de un lóbrego carruaje sobre sus rieles,
con las ruedas bien sujetas por los bajeles, rechinando
al girar en su eje fijo, y los azotes de las cadenas a
su son de hierro al chocar contra el ébano recto, producto
de su balanceo por el traqueteo de los adoquines, se aventuró
a quebrantar la excelsa furia de los dioses. Lo conducía
un cochero, quien lucía totalmente empapado sus largas
libreas abrochadas por botones de plata metalizada, y
fustigaba los corceles bizarros que arrastraban su pesado
armatoste entre las turbulentas marañas de las lares hasta
ordenarles detenerse frente al número veintitrés de la
calle Rebett Serdamí. |
| La
dirección correspondía al club de alterne más antiguo
de cuantos
había repartidos por la codiciosa metrópoli. |
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- Un
hombre, engalanado con un fraque azabache, bajó tranquilo sin
importarle la salvaje tempestad, anduvo los escuetos dos metros
que le distanciaban del umbral, tomó el picaporte
de cobre fijado en lo alto de la cancela, y aporreó tres veces
consecutivas.
- Quien
le atendió fue una joven prostituta, desprovista de prenda alguna
que cubriera ni un ínfimo ápice de sus carnes desnudas, con su
rostro pícaro teñido de maquillaje y sus jugosos labios
esbozados
de deforme beso.
- Decían
era de cuantas ejercía con dignidad su oficio la más agraciada,
de cintura estrecha, ojos de cristalino esmeralda superados ya
los ciento setenta y cinco centímetros de altura, y un precioso
cabello dorado que pendía en alborozada melena hasta tocar con
sus púas la zona más baja de la escápula.
- Pero
por culpa, o quizá por gracia, de las fulgencias estallando en
la compacta masa de las nubes, ni una de sus compañeras escuchó
cual conversación mantuvo con aquel misterioso caballero que,
ironías de la vida, la tenue luz de los dispersos fanales alumbrando
casi a mal azar los ánditos, lo ocultaba aún más en la pérfida
oscuridad.
- La
vieron por última vez tomando su abrigo, como única pieza que
iba a cubrir su cándida figura, pendido en el único perchero a
una esquina del vestíbulo, durante toda su ausencia. El aguacero,
cortina indómita de la endiablada tormenta, ocultó el carruaje
de vistas indiscretas, y debía de haber recorrido la manzana completa
cuando también dejó de resonar, en las ribas vacías de paisanos,
el herraje de las coces.
- Cuyos
sucesos siguieron y quedaron grabados para siempre fueron los
siguientes.
- Llegados
a su lujoso domicilio, y previo pago de su tarea, pues en uno
de los bolsillos de su abrigo se halló, una semana más tarde,
los quinientos dólares constituidos como la tarifa, cantidad para
la data tan exagerada que ni el más corrupto de los jueces supremos
hubiese osado demandar a modo de soborno, la muchacha desnudó
sus encantos.
- Se
hallaban ambos en el tercer dormitorio de la planta superior,
al ala este del hogar, presidido su centro por una amplia cama
de matrimonio sin cabezales, y flanqueada ésta por sendas mesitas
de noche, frente una de las cuales la joven moza aguardó paciente
de pie. A su derecha había un tocador de tres largos cajones,
adornada su repisa de mármol blanco por un conjunto de recipientes
con los siete aceites sagrados de la momificación y decenas de
shauabtis, sirvientes momiformes del muerto, hechos todos de frita
vidriera y cuyo tamaño oscilaba desde insignificantes centímetros
a varios longos y esbeltos decímetros. En las paredes colgaban
retratos de Yayum, pintados sobre lienzos arcanos a la encaústica,
mas sólo un parapeto se libraba de su tenebroso arte, pues ante
su vertical enladrillado mostraba vanidoso su vigoroso pectoral
un gigantesco armario, alzándose bien firme hasta rozar con su
testa la blanquecina cal de la cúpula mortuoria.
- Fue
de él, ya que se hallaron abiertas de par en par sus cuatro puertas
de luna biselada, de donde debió tomar, amagados entre sus trajes
de tonos sombríos, sus americanas de lino y los zapatos de piel
rebosantes de betún alabastro, el resto de utensilios.
- Su
voz resonaba a catacumbas, pues sobre sus hombros lucía una máscara
completa de cabeza de chacal, quien así fue el dios Anubis, mas
cuanta parafernalia pronunció pretendía iniciar a la joven dama
para la residencia eterna de la cual no iba a regresar jamás.
- A
modo simbólico, espolvoreó esparcido por el cuerpo de la chica
una capa muy disuelta de natrón, una mezcla natural de cloruro
y carbonato de sodio para deshidratar los tejidos, y aunque la
cantidad resultó inapreciable para tal acometido, sintió un molestoso
escozor cual hervía su piel. Acto seguido, untó con un fino pincel
resina sobre la carne, y procedió al embalsamiento.
- Tal
perverso acto lo realizó conforme a los estrictos rituales que
eran de sus limitados conocimientos. Aún así, acertó en establecer
como punto de partida los dedos de los pies, fajados de uno en
uno, tendida ella sobre el lecho leontoformo, y siguió ascendiendo
por sus extremidades, envueltas también por separado, por los
gemelos, las rodillas, los muslos, y cuando terminó volvió a untar
resina por encima del lino para cubrirlo con un segundo vendaje,
esta vez de bandas más anchas, apresando sus piernas juntas, una
contra otra, con fuerza, casi como soldados, pues la resina ya
daba claros signos de solidificarse.
- Justo
entonces, el sujeto gritó a viva voz el nombre de la chica.
- -
"¡Acabas de recibir los ropajes de rico lino de Sais, y ahora
tus dedos y tus uñas son de lino puro! ¡La emanación del más allá
llega hasta ti, divina doncella, para que con estas piernas libres
camines hasta la morada de la eternidad!" - recitó.
- Había
usado ya casi una veintena de rollos, cada uno de diez metros
de largo, cuando ella ya tenía su cuerpo momificado desde la planta
de los pies hasta su rasurado vello púbico, sin dejarse ni una
miserable ranura al descubierto ni permitirle asomar un trozo
insignificante de sus cortas uñas esmaltadas.
- Ya
en ese estado, todo indica que la muchacha colocó sus brazos en
posición osiríaca, cruzados en aspa por encima de sus firmes pechos,
y de nuevo el coaquista prosiguió su fantasía, estableciendo su
salida en el dedo meñique de la mano diestra, continuó siguiendo
su séquito hasta el pulgar de la opuesta, y con mucho oficio,
pues todas las vendas estaban sumamente apretadas, vigilando no
dejar arruga alguna cual produjera protuberancia molestosa, tanto
para el riego sanguíneo de la sometida como para la excitante
fantasía a la vista de él, enredó los inquebrantables hilos por
su torso de un vivo canela, quedando así su cándida figura perfectamente
envuelta con un fajado muy completo cual dibujaba precisas geometrías
romboidales.
- En
los instantes a cuales hago referencia, su momificación abarcaba
desde el gaznate de su cuello hasta la planta de sus pies, con
un grosor de vendas que por más insistir no van a creerme.
- ¡Y
el hombre!… Ensimismado, quien por las tallas de sus prendas debía
de ser de mediana complexión, a punto de recitar el segundo encantamiento,
aún se preguntaba si cuanto ocurría, verla, tocarla, no era un
cruel y maldito sueño.
- -
"¡Acabas de vestir tus manos en el lino sagrado, manos que te
guiarán a ciegas por los túneles de la duración infinita, pues
están regenerando tu alma pecadora! ¡Tus dedos serán tenazas,
y tus yemas refulgirán allí donde el reino de las tinieblas sea
perpetuo en un inmenso vacío!" - gritó con sus párpados caídos
y la cabeza recostada hacia atrás.
- Llegaba
ya la cumbre de su divina fantasía.
- Sujetando
en su mano un jarro de cristal, cuyo contenido, una mezcla de
cera y miel, tenía un brillo ámbar, tomó unas finas pinzas y con
minuciosa paciencia colocó uno a uno, a lo más hondo de sus oídos,
hasta tropezar a puertas de los tímpanos, bloques espesos de susodicha
sustancia, bien prensados, preocupándose de no dejar ni un solo
resquicio vacío a lo largo del conducto auditivo, y cuyo objetivo
era impedir la percepción de sonido cualquiera, formando así un
muro que durante todo el macabro juego la ensordecería.
- Cuan
de fácil es vaticinar el atroz pánico a cual la hermosa prostituta
sucumbió, pues no hay en el mundo riqueza capaz de comprar el
miedo de las almas. Mas quizá ella pensó ese es su oficio, mientras
él, con una moderna cinta de precintar, no usada por los oficiantes
de la antigüedad, selló su boca dando un par de tensas vueltas
sin entrecortar a toda la circunferencia de su cabeza, justo por
detrás de la nuca y por encima de sus labios cerrados.
- ¡Que
bella apariencia lucia ya su momia!.
- Debía,
para culminar su magna obra de momificación, cubrir pómulos, barbilla,
frente, mordaza, ojos y cabello, dejándole tan sólo descubierto
los orificios de sus fosas nasales.
- -
"¡Oh, Venerable y Grande, Señora del Mundo, Soberana Verdad!"
- clamó con sus brazos abiertos a los costados - "¡penetra con
tu voz a sus oídos sordos, hazle escuchar la sabiedad de tus lecciones,
que su boca amordazada imparta a los incultos sus enseñanzas,
que sus ojos vean la luz de la soberbia perfección!".
- Con
terrible calma, el hombre enlució los tejidos con una lisa capa
de yeso líquido, de tal modo que resaltaba con brillantez las
formas de cual cuerpo femenino envolvían. Terminada ya tal tarea,
ungió la momia con perfumes extraídos de romero, laurel, mirra
y casia, quedando un agradable aroma que copó todo el aire inquieto
de la estancia.
- Quedó,
sobre el lecho mortal, la zagala indefensa, sin poder oír, ni
hablar, ni ver, atada bajo una sustancia pegajosa de la cual desconocía
el modo de librarse, con la noción del tiempo perdida, y una terrible
angustia sin precio le recorrió las entrañas.
- Pero…
¡demasiado tarde!.
- Se
sintió volar del cómodo somier, y en segundos aterrizar sobre
un duro tablón, cual era tan sólo la base de un sarcófago antropomorfo
de paredes muy gruesas, y una solemne oscuridad la rodeó al cerrar
la tapa, mas de tal hecho no fue consciente la joven de los quinientos
dólares.
- Tenía,
entre las innumerables capas de vendaje cuales daban a cada rombo
una considerable impresión de profundidad, tres amuletos protectores
a quienes él, de pie frente tan tétrico catre, invocó.
- -
"¡Oh, tú, pilar Yed, ayuda a cual ser te ofrezco a levantarse
terminado ya su viaje sagrado!".
- Un
segundo amuleto, la cruz de asa, le aseguraba el soplo de vida
eterna, y el tercero, el ojo Uydat, simbolizaba los bienes que
iba a recibir en su mundo del más allá.
- -
"¡Ya por último te digo, mi momia preciosa, que los dioses de
los orificios os adoran, pues les oigo decir sois el mejor preparado
de todos los espíritus! ¡Se regocijan al ver vuestra forma, que
se eleva y aplana tu rico vestido de lino en todos sus primeros
contornos! ¡Disfruta, y enorgullécete de que tus partes, descubiertas
u ocultas, están todas momificadas como es a gusto de los elegidos
por los dioses!".
- Según
el atestado policial, necesitó trescientos metros cuadrados de
tela, redondeando la cifra inexacta, para llevar a cabo su tarea
de titanes.
- Luego,
tal como dictaba el guión pactado, el sujeto, cual correspondía
a las iniciales T.L., hizo ceder la hebilla del pantalón, continuó
liberándose de cuantas prendas le vestían de cintura hacia abajo,
siguiendo por su camisa, desabrochándose todos los botones, uno
a uno, y por el aspecto retorcido que presentaba sobre el asiento
tapizado de la silla, la arrojó al vuelo desde el lejano lugar
donde se hallaba.
- Una
manga, la diestra si no recuerdo mal, pendía hasta casi barrer
con su inmaculado blanco puño las baldosas de barro cocido.
- Respecto
a los próximos sucesos, les será fácil de presagiar, pues él,
a quien aquella fantasía revolcaba sus sentidos, abrió vanamente
sus piernas, dejó caer su brazo, y un ardoroso gemido exclamó
al asirse su órgano viril con la palma abierta de la mano.
-
A los hombres… ¡qué les voy a contar de cuantos gestos reprodujo!
¡De cómo deslizó tal extremidad por el grueso fuste de su verga!
¡De la opresión a la cual la sometía, firme e inexorable en busca
de su orgasmo!. Balanceaba la cabeza, adelante, atrás, de un modo
casi estudiado, con los párpados entrecaídos y agitando a cada
decena de segundos su muñeca con mayor velocidad.
- Jadeaba
incansable, una y otra vez, y un increíble hinchazón asoló a su
órgano erótico, cual tomó medidas desproporcionadas. Un hormigueo
incontenible sintió recorrer, en sentido descendente, desde la
pelvis hasta la fina raja del frenillo, que le venció hasta el
último recodo de su alma, y por fin llegó el apogeo.
- Se
hallaron restos de semen por el suelo, a casi dos palmos lindantes
en la ubicación de la cama, formando repartidas una quincena de
islas de diversas envergaduras, y más restos, éstos en menor cantidad,
en la caída vertical de las sábanas albugíneas, cuales una semana
más tarde, cuando se hallaron los dos cadáveres alertados por
la intensa hedor que emanaba de la casa, se habían disfrazado
tras diminutas y sólidas manchas ambarinas.
- Llamaba
la atención que ni una gota salpicó la sólida forma del sarcófago,
aún a pesar de cuanta considerable cantidad de blanquecina leche
derramó, lo cual era claro indicio de que el citado individuo
se había masturbado desde una prudente distancia.
-
Dentro, en su prisionera cavidad, el aire estancado se impregnaba
de una atmósfera mortífera, y sintió hervir sus poros taponados
al no poder gotear las lágrimas de la sudor. Asustada, pues a
cada minuto transcurrido respiraba con mayor dificultad, la damisela
forcejeó por desatarse, empujando hombros, rodillas y codos, mas
no les desvelo ningún secreto si les afirmo que ni un mísero milímetro
pudo mover sus carnes pegadas. Sólo un consuelo, el de pensar
que muy en breve aquella pesadilla debía de terminar, lograba
equilibrar su cordura.
- En
verdad, todo sucedió tal como el cliente expresó bajo la violencia
de la tormenta, pero justo entonces, cuando se predisponía a levantar
la tapa de su lecho arcano, algo tremendo, no escrito en el pactado
guión, ocurrió.
- Un
insecto, que por su picadura los médicos forenses determinaron
se trataba de un mosquito, se ensañó en la mano de él, y quizá
les parezca exagerado, pero aquel hombre, muy cabreado pues el
muy traidor insecto huyó tras su agresión, fijó sus ojos en el
vacío de las paredes, desde la calma marea de las baldosas hasta
el cielo de ladrillos, palmo a palmo, y no contento en su búsqueda
alzó la vista al techo, lento y atento, de esquina a esquina.
- Su
mirada desorbitada esbozó un guiño de locura que le hacía capaz
de cualquier salvaje ocurrencia.
- -
"¿Dónde estás, cobarde?" - vociferó desnudo mientras la chica,
férreamente vendada, murmuraba acosada por una notable falta de
oxígeno.
- Hubo,
ancianos de aquella época, escandalizados por cuya agonía la joven
sufrió, quienes convencidos afirmaban que habría visto ella, engalanada
en su túnica de momia, al rostro opaco de su verdugo de luto bajo
la tétrica capucha de la Muerte, arropada con su abrigo negro
hasta cubrir en centímetros las plantas de los pies y asida en
su mano diestra la gélida y corva guadaña de plata metalizada,
cual le firma al segar las almas de sus infieles, pero creerles…
¡he ahí cada uno con su fe!.
- Mientras
tanto, él, que por alguna extraña razón que escapa a la lógica
humana se adueñó de su mente una estrepitosa locura, levantó su
puño cerrado de donde emergió un dedo, el índice, y lo subió hasta
besar sus mismos labios para pedir respeto por el sublime silencio,
como si la misma Muerte cual la rea contempló le hubiera mascullado
su destino.
- Sin
embargo, tal era su funesta obsesión con el dichoso mosquito que
apenas le prestó la más mínima atención. Olvidado de su cómplice
morbosa, afinó su oído, percibiendo un silencio que era absoluto,
salvo por los lamentos ahogados de su víctima y el zumbido clásico
de un vuelo bimotor que por fin divisó. Un par de metros hasta
la pared frontal del cabezal, un par de segundos, y un gigantesco
estallido reventó contra el muro de la habitación.
- Quedó,
como prueba del impacto exacto, la mancha de rojo pasión sobre
el nevado yeso.
- Pero
la Muerte, dispuesta a desempeñar su oficio, le balbuceaba su
tragedia, y el hombre, de espíritu sordo, se miró el rastro de
sangre dejado por el fiambre en la palma de su mano, y estalló
a gritos pues la simple visión del robicundo líquido, por una
mísera gota que fuese, le producía auténtico pánico.
- Salió
presto hacia el baño, viendo a la Muerte, si ciertamente así aconteció,
hacer de sus últimos pasos una funesta caricatura, mas ya en el
aseo expandió su palma abierta sobre la pica, y tomando un cepillo
con púas de hierro, cual tantas veces con éxito había usado él
los domingos de tedioso bricolaje, frotó con violencia pretendiendo
librarse de cualquier infección, ademán de eliminar rastro alguno
de su matanza.
- Pero
todo intento, por más celo con que ludió, fue en vano. Su piel
se alborotó como si fueran ciclópeas olas de un piélago bravo,
y los profundos surcos de las palmas se deformaron abriendo golosos
ríos de lava rúbea.
- ¡Cuanta
sangre!.
- En
menos de un minuto, ese intenso granate oscuro cual fluía a chorros
vistió todo su antebrazo. Incapaz de soportar tal visión, de una
esquina del altillo en el propio techo del baño tomó una pesada
hacha de talar, la izó por encima de sus hombros, con su afilada
hoja de acero al frente, y pareció, por su escandaloso silbido
al caer, cortar el viento, pero cayó golpeándole por encima de
sus muñecas.
- Una...
Dos... Tres veces...
- Se
mezclaban sus bramidos de dolor con las astillas del radio y el
cúbito al resquebrajarse. La carne se despedazaba en decenas de
trozos, saltando tendones rodeados de sus vainas sinoviales y
los retináculos despedidos hasta yacer en la aureola de Muerte
cual le rodeaba. Una lluvia de sangre le salpicó, su cuerpo, las
mejillas, la frente, el cabello, su torso, la cadera y más abajo,
hasta un tarsiano cual a duras penas lograba sostenerlo en pie.
- Allí,
sobre el cándido mármol, quedó seccionada su mano vigorosa de
torpes dedos y apáticas uñas, mas andando zigzagueante se supo
regresó a la alcoba donde la joven, inocente la pobre, permanecía
sometida a una terrible y creciente asfixia, pues dejó tras de
sí un reguero de lodo bermellón cernido a su paso por todo lo
largo del pasillo, como si fuese vereda cual lleva al asilo del
infierno.
- Sus
oídos tabicados no pudieron percibir ni un insignificante decibelio,
de cual estruendo gritó el gatillo al culminar la escena, sucumbiendo
aquel huraño personaje al plomo traidor de las armas que no conocen
de amigos ni de enemigos.
- Bastó
una de las balas de su bombo entrarle por la sien diestra y algo
cruzada para poder la Muerte celebrar su fiesta.
- En
el informe póstumo, se relata que la chica forcejeó hasta la extenuación
por librarse de las ataduras, a veces con tanto ahínco que, de
entre las lesiones productos de tales esfuerzos, incluía un esguince
cervical. Deshidratada, maloliente por sus básicas necesidades,
hambrienta, sucia, aterrada por la hedor asquerosa que invadía
el último recodo del sarcófago, copado su aire irrespirable por
cantidades mortales de dióxido de carbono, la muchacha agonizó,
soportó lo indecible esperando en vano su salvación, y así, con
una terrible tortura que la mató muy poco a poco, murió dos horas
más tarde.
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