Fecha 23 / 02 / 2010 Autor/a
marcgisbert
*** Relatos de bondage VIP - El crimen de Lórgora ***
Antes de leer y conocer los relatos, visitar el artículo de presentación para conocer su historia y su leyenda.
- "¡Mi princesa!"- clamó el caballero con cariño antes de tomar esos sucios asfaltos de ida y vuelta cual manto de bacterias conducía a la ciudad - "¡duerme tranquila, tu latir desprovisto de disfraces y máscaras de tutela, reposa el dulce resplandor de tus besos, pues antes de tu despertar al alba te doy mi palabra de que ya habré regresado!".
Poco más de sesenta millas les distanciaban al embutirse en las tripas de esos armazones de cemento.
A esas horas, yacían en tinieblas las prisiones de las oficinas donde los reos encadenados graban los soles sobre la espuma contusa de sus butacas, cerradas herméticamente desde cuando la corona de fuego viró a levante dejando tras su amago, en las finadas nubes pintadas en el lienzo del firmamento, su estela de coral. En los hogareños baluartes contemplaba los ventanales con sus celosías caídas, salvo cuales rebeldes restaban alumbrados obra y gracia de los velones, y por los ánditos no era costoso ver deambular dispersos maldecida escoria, bandadas de bufones saltimbancos enjaretados con casacas de cuero, los de gabanes, los que portaban zamarras, los vestidos de corazas y coseletes plateados.
- "¡Ogros de mierda!"- vociferó enfurecido - "¡he aquí estoy!"- añadió anunciando su presencia en la maldita metrópolis cual odia, pues cree ser el divino paraíso y ni tan siquiera logra asemejarse a una burda imitación.
- "¡Si tan valientes sois, mostradme ahora a solas, cara a cara y sin vuestra corte de jueces corruptos amparando los delitos, las viles pasiones que arrojáis en los estadios!"- susurró impaciente en un acentuado tono agresivo.
Quizá, por cuyo monólogo en soledad emprendió, deducen hablo de un loco, pero díganme si en ese caso tal sujeto conduce siempre atento a las mansedumbres luces de los semáforos regular sin tregua su rojo bermellón, el ámbar y su cetrina sonrisa; díganme, si es de locos dedicar su descanso a tostar la frágil piel bajo el sol canicular, rey sultán en su imperio estival cual a quien en verdad baña de oro es a la tierra, o si es demencia entregar al fortín de su amor los tesoros de su alma, los convulsos temores y la nítida imagen de su sexo nudo ardoroso de goloso placer.
¿Loco? ¡No! Loco es quien no contempla descender la lluvia del pináculo, donde el cielo se esconde bajo el tapiz de las nubes bruñidas de gris arrojando sus lívidos fulgores, porque al fin y al cabo el agua es vida, mas no él, pues no es enajenado sentir la ansia de atravesar en honrosa contienda con la cúspide de su daga la hinchada vanidad de sus pudientes esclavos.
Cuerdo de sus ideas, estalló a carcajadas, regodeándose en el gozo de bañar esas praderas de infecto alquitrán oscuro con el jugo sanguíneo de sus cobardes, y pasear por encima de sus lagunas espesas escuchando el chapoteo al aplastar con regocijo la engomada suela de los zapatos sus malheridas soberbias.
Sonrió sin parar hasta alcanzar un lóbrego callejón en el barrio de Lórgora, de edificios con fachadas enfermas y miserables parásitos habitando en sus pisos.
Justo enfrente, ironías de la vida, le bañaba el mar con aquel cándido murmuro que le identifica,
  • congénere al susurro de los cerros lotanzos donde se oye el agua, cernida tras la arboleda, reptar como amantes nóveles aún con el paso de los siglos, y por cuya bóveda los fríos cierzos silban al oído en busca de la víspera virgen de la orilla.
  • Pero, ajenos a tal sublime belleza, la infecta metrópoli da a sus calles el permiso de comerciar, tiendas de vestidos, un par de zapaterías, tantas de igual en número de supermercados, tres o cuatro de panaderías y eso sí, bares por doquier, a decenas y docenas entre ambas esquinas, antros repugnantes con enjambres de moscas libando sobre sus mesas sin limpiar y las baldosas convertidas en un océano estercolero que a pesar del asco estaban repletos de feligreses venerando las sinuosas curvas de sus botellas.
  • - "¡Malditos seáis!" - pronunció enrabiado desde sus foráneos eriales - "¡oleadas de mis súbditos filibusteros os prometo desembarcarán en vuestras costas, armados con venablos y más azagayas a exprimir hasta la última migaja del plasma de vuestras carnes!"- y resopló entre sus labios con salvaje tensión.
  • Ni uno solo de esa inmundicia llegó a oír el más mínimo rumor de su firme edicto.
  • De entre todas las tabernas, se fijó en una cual a través de su pequeña ventana, mal horadada en el grueso muro de la pared, podía ver los concurrentes de los estantes ahítos de su sagrado licor, capaz de encender la sangre y embriagar los despoblados cerebros de sus presas, fuese cual fuese el mote de su bautizo.
  • Discutan cuanto se les antoje, mas tal vivaracho tumulto locura y otras tantas demencias a su zaga rebosaba, pues en los largos diez minutos que allí estuvo apostado nadie se fijó en él, invisible a su presencia.
  • Había un hombre, tabernero enano y rechoncho, que sembraba las copas de sus clientes con los cartuchos cristalinos cuales al agotarse rotaba la espita dorada de cada cuba, en los toneles alzados en castillo de chasca decúbita arrimados a la pared más longa de la cantina, para renovar su descendencia.
  • ¡Mis queridos lectores, qué lamentable espectáculo!.
  • - "¿Y tu hija?"- berreó alguien de los citados ignorantes - "¡dile a tu hija que venga!". Hablaban de la chica jactándose, apalancados mientras atiborraban de aguardiente sus panzas, bramando absurdos modismos de letras tartamudas y el tabernero, su padre, hijo de puta donde los halla, dio dos palmadas al aire como noble quien reclama su sirvienta.
  • Justo de detrás de un apestoso cortinaje salió la chica, zagala damisela aún lejos de la mayoría de edad, vestida por una pundonorosa túnica cubriendo su imberbe juventud, y sus cabellos de tonos azabache con mechas de oscuro caoba cayendo en ondulada melena hasta donde las púas podían tocar las aristas de los omóplatos.
  • - "¡Christine!"- la llamaron con escándalo, y sus ojos de bello ocre miraban avergonzada cual basurero le rodeaba.
  • La pobre, sin pronunciar vocablo alguno, portaba una patena en garbosa silueta de luna llena donde, serpenteando entre el júbilo y alborozo de los meandros formados por los comensales, depositaba las cráteras y la cantidad exagerada de sus discípulos vacíos.
  • Ni en horrendas fantasías son capaces de imaginar cual servil suplicio hubo de sufrir, soportando las impertinentes miradas a sus novicios pechos y todo tipo de piropos de mal gusto por parte de esos imbéciles de nauseabunda verborrea.
  • Al terminar, humillada y herida, salió a sentarse en uno al azar de cuyos bancos de madera alababan la sabia naturaleza, y en una blanca servilleta de papel trazó un dibujo hurtado a los sueños en vela, cual bien no sabría describir, mas si en verdad supiera tampoco estaría dispuesta a revelar tal privado secreto.
  • Cuanto si les voy a contar es que por aquel entonces el viento arrastraba hasta el otro ándito todo el hedor a zumo hipnótico y el estridente bullicio de sus jocosas risas.
  • De su enjambre de parroquianos había uno, apostado en una esquina de la pequeña barra, que tomó su copa, lanzó también una de esas carcajadas sin sentido, la levantó como si venerara su licor bajo el sagrado foco de la magistral tulipa para bendecir hasta la última gota de su elixir, y de un solo trago se bajó todo el embozo.
  • Vacío ya, dio un golpe con la culata de cristal sobre el mostrador, con una turba de moscas relamiendo su piélago atestado de aguardiente, y el inepto tabernero, fiel mayordomo de su amigo, llenó su copa de nuevo de un líquido de brillante albugíneo cual sin demora la asió en las yemas de sus dedos diestros y se la embutió humedeciendo sus anhelos sedientos.
  • Ya borracho perdido, berreaba incongruente a su público no sé qué falsas proezas, mas por fin, ya satisfecho de su bárbara charlatanería, se calló, bostezó, tomó del bolsillo de su diestra pernera un fajo de billetes, se desprendió de cuantos debió hasta alcanzar el octano de ellos, asió la ganzúa de su calabozo, y alzando con desdén la palma extendida de la mano se despidió en rito gesto de su camarada fámulo.
  • Aquella miseria salió de la kiva habiendo vaciado él sólo más de cinco cántaros, con sus ojos cegados por el reflejo de una chispa loca, mirando atento al suelo por si esparcido en su lona lograba encontrar algo parecido a su dignidad. Sus pasos lentos se tambaleaban de derecha a izquierda tropezando con todo aquello que delimitaba la senda de su mortal destino, sin prisas, quizá porque mayor velocidad su embriaguez no le permitía, y torció la primera calle en dirección contraria al mar, pateando por su asfalto deshabitado de carruajes hasta donde confluía su afluente con la Avenida Charles Triumph.
  • A diferencia de las anteriores, ésta gozaba de fama para el gran público porque justo al terminar su cauce de alquitrán se suplantan los bloques de hormigón por una colosal explanada polvorienta en cuyos márgenes espontáneos anidan de madrugada hileras nutridas de prostitutas, de cabellos mojados, sueltos, crespados, dorados o castaños, vestidas en cuero o negrales de terciopelo, con sugerentes espaldas abiertas, provocativos escotes, enfundadas en sus bajas plantas zapatos de tacón de aguja o botas altas, o mostrando sus piernas desnudas hasta donde las exiguas minifaldas lograban cubrirles las nalgas, su rostro pícaro teñido de maquillaje y sus estrechas cinturas de ombligos descubiertos por los ceñidos tops a sus sobados pechos que tensan con violencia.
  • Tenues luces de dispersas farolas acentuaban la lóbrega oscuridad que circundaba el recinto y del cual, a pesar de la agradecida variedad, aquel escuálido saco de estiércol hubo de recorrer un largo trecho en actitud persuasiva hasta lograr que uno de esos maniquíes se dignara a prestarle sus servicios.
  • A paso rápido, se adentraron en la penumbra azabache camino de un solitario rincón donde se tendía, a modo de frontera con el mar, un manto de espigonas rocas que en ese tramo de litoral sustituía a la alfombra de la plana arena.
  • Al engendro humano se le veía loco por enfrascarse en sufrir la recompensa de los orgasmos frutos del sexo que bulle los deseos de las almas, justo cuando su verdugo ya se había aproximado lo suficiente a ellos como para poder escuchar a leves susurros su conversación.
  • - "¡Suelta!" - escuchó reclamarle la fémina refiriéndose a los treinta dólares de su trabajo.
  • El hombre, que superaba por muy poco el metro y sesenta centímetros de altura, desenfundó de su cartera tres billetes, cada uno de diez dólares su valor, y se lo entregó a mano a la prostituta, cual antes que nada se los guardó a cobijo de un tacaño bolso que pendía de una larga tira por su hombro zurdo.
  • Segundos después, ella esbozó con mayúsculo esfuerzo un rostro morboso, lujurioso, se arrodilló frente aquel varón, armazón de huesos, y desabrochó el botón de sus pantalones, empujando hacia abajo, mientras él palpaba con sus epilépticas manos sobre los hombros de carnes no correspondidas.
  • Los ágiles dedos de la muchacha le desprendieron veloces de todas las prendas que ocultaban más debajo de la cintura el fruto de treinta dólares, cual producto del mísero alcohol no se trataba de ninguna envidiable reliquia mas ella, cumplidora eficiente de su oficio, progresó su boca con ansia, sin intención de morder, arqueó su femenina espalda, con sus cabellos ya desmelenados agitados en furia salvaje, se sumergió tras el valladar de una mole rocosa y él, que quedó misógino en superficie, exhalaba por la mueca de su bocaza entreabierta burbujas de júbilo, de frenesí y pasión, con la gozosa nuca recostada hacia atrás y emanando en la improvisada alcoba un sinfín de aromas.
  • - "¡Oh! ¡Sí!" - se le oyó exclamar de gozo.
  • La chica, cual rondaba la treintena de edad, balanceaba su testa, adelante, atrás, deslizando las papilas filiformes por su verga erecta y él, a quien el placer le doblegaba la raquítica estructura de sus piernas, gemía poseso.
  • Sin embargo, por aquel entonces tan cercano se hallaba el asesino que podía percibir con nitidez el perfume etílico cual exhalaba sus neuronas.
  • - "¡Sigue! ¡Sigue!" - jadeaba jolgorioso, ajeno al inminente peligro.
  • Un vapor de su garganta impregnaba el aire de una funesta falsificación del húmedo rocío cual cae bruñido sobre las cetrinas frazadas de los valles mientras la prostituta, con increíble profesión, cumplía la amargura de su tarea.
  • Por el gesto de los hombros, se intuía reposar las palmas sobre los muslos de él descubiertos, mas un arqueo alzado denotó llevar sus manos más arriba, acariciando la bolsa de su escroto, palpando por donde el epidídimo y rotar las yemas hasta trepar a lo más alto de su órgano erótico.
  • Tal era el gusto que el sujeto no cabía más en sí de tanto ardor.
  • - "¡Me corro! ¡Me corro!" - espetó en repetidas ocasiones a gritos.
  • Sin más demora, bordeando arriesgado los límites de la eyaculación precoz, su blanco semen cayó en torrente por el vas deferens, tomó la uretra y al término de su tubo salió despedido impactando a una velocidad de vértigo contra la faz de la joven, quien con los dedos en forma circular ayudó a exprimirle hasta la última gota contenida.
  • A miles y miles de homúnculos resbalaban por sus mejillas.
  • Ya expirando los últimos jadeos de pasión, el misterioso personaje se había acercado hasta apenas dos metros con el mismo sigilo de un tigre de pelo fino e ijar apretado, cual anda a trancos amordazados mostrando amenazante sus largos colmillos de blanco marfil, mas fue entonces cuando de un increíble brinco saltó de roca a roca hasta lindar a su cuerpo.
  • Los dos, ocupados en sus quehaceres, se sobresaltaron al ver su tan cercana presencia.
  • - "¡Se acabó la fiesta!" - clamó escocido de sus forajidos sofocos a quemarropa, cual habían abrasado de tal modo su enojo que ya era demasiado tarde para cualquier banal excusa.
  • Como tigre colérico, ondeaba su cuerpo gladiador con garbo y bizarría, con los músculos hinchados en tensión bajo su piel hirsuta.
  • Un ojo, el zurdo, le chispeaba de furia, mas ella se asustó al contemplar el fulgor asesino en mi iris.
  • Pretendió huir, pero la cogió fuertemente por el antebrazo, la zarandeó con violencia hasta lanzarla contra el celestino muro de piedras abolengas de las canteras, y le espetó un conciso "si huyes, te mataré".
  • Atrapada por un miedo atroz, la chica no se movió ni un milímetro de donde cayó sentada al empujarla ni hizo ademán de chillido alguno, mientras él torcía su robusto cuello rumbo al nefasto borracho y exhalaba a su jeta, a modo de un suspiro mortal, un rugido devastador.
  • Aquella escoria tembló como ni el alcohol era capaz de lograrlo.
  • - "¡Ayúdame!" - increpó a la prostituta, cual a saberle fruto de su ambición negaba una y otra vez con la cabeza.
  • Si les digo que aquel caballero no era humano, sino mitad fiera y el resto juez de Dios, quizá no me crean, mas no dudarían ni un instante de mi palabra cuando, justo colocando la palma de su mano abierta a pocas pulgadas de su vista, mostró sacando en las púas de sus dígitos las zarpas cuyo filo tajante sólo el sílex divino podía otorgar.
  • - "¡Es increíble!" - le vociferó desollando su faz al tiempo que le hacía conocedor de sus exitosos deméritos - "¡vivir para morir sin llegar a existir!".
  • Su rostro, de ojos beodos, le miraban con espanto, casi orgulloso de su indigno porte postrado en las rocas ante tal emperadora figura, suplicando por su platónica fortuna, mas debería de saber que jamás un mar embravecido se calma a rezos ni las rigurosas llamas de un fuego devastador se extinguen soplando con cariño, pero bufón de la incultura, él continuaba una y otra vez cantando la aria nana de su pena como si fuera su maldita desdicha culpa del ejecutor al temerse lo peor.
  • Con un odio sin igual, la bestia verduga atenazó con el pulgar y su séquito cuarteto el dipsómano gaznate de la inmunda alimaña, que por primera vez en muchos años su boca abierta no injuriaba, empleada a fondo en aspirar descomunales bocanadas de aire puro.
  • Incapaz de abastecer las exigencias de sus pulmones, se escuchaba boyar su cansino bufido en la opaca frontera de la vida, pero no fue tal necesidad cual eliminó su existencia, sino hendir las herrumbrosas garras en sus carnes.
  • Digno resultó ser verle con la derrota en el semblante, emanando sangre a doquier a través de cuyos cortes le daban su tan merecida muerte. Su voz sonaba a luto, con su agonía besando el umbral de su premiado infierno, pues nada le podía curar unas heridas tan graves que le hicieron afligirse lo suficiente como para abandonar cualquier estúpido intento de combatir.
  • Tan sólo atisbó a exclamar un gañido bilioso, y volvió a clamar socorro con voz exhausta a la prostituta, la cual, aterrada, sollozaba derramando a cortos intervalos lágrimas baladís de salado sabor.
  • ¡Ah, infausto! Lo dicho al aire, éste se lo lleva, y para lo jamás nombrado siempre es tarde recordarlo.
  • Lo repitió una segunda vez, su último intento, más ahogado si cabía, mientras con los anhelos de victoria la fiera alzó su otra mano, como si ésta fuera cobre empuñadura y sus garras afiladas hojas de largos cuchillos, y lo arboló a lo alto hasta donde su brazo no daba más de sí.
  • A su paso el acero suplantaba las carnes, y donde reventaba su ira brotaba más sangre, cual rugía como un volcán airado que declina la ansia de vivir.
  • En las sombras quienes llevaban siglos caídas en las esquinas, desafiando a la incesante búsqueda con que la luz de plata la sometía, sonreían los ángeles negros de las tinieblas, viendo sus pestañas caer sumidas poco a poco en la siesta oscura de la muerte, mientras el carnicero aplacaba tantas horas de contenida rabia conduciendo en perversa coláctea sus garras hasta el torso de su adversario.
  • Caían haciendo a cada embate en su fino torso un hondo nido, con el pálido canela de su piel sepultado por las rúbeas lágrimas de sus viscosas arterias. Torbellinos de luctuosos lamentos brotaban en donde antes se erigían sus mastodónticas bravuconerías, y torrentes de lágrimas derramaban sus ojos desentendidos de todo futuro, ahora que sus labios se tornaban glaciares y que ni un solo gesto pugnaba por levantarle.
  • Sus manos moribundas ensortijaban impotentes sus bárbaras heridas, incapaces de esbozar ni el vago señuelo de las cicatrices mientras detenía el latir su dudosa hombría, cada vez que alzaba su arma y la bajaba en picado contraviento hasta hundirla toda completa en él.
  • El último tajo de su carnívoro mandoble, más allá de la veintena, rebanó un buen trozo por la gola el cuello del rival hasta acallar por fin su tétrica aria, y un profundo aroma a primitivo óxido reemplazaba al fatídico elixir de su funesto ser, cuando ya finiquitó los típicos chasquidos de la carne cortarse.
  • Quedó su vil patraña amortecida como un alborozo supino tendido sobre su fúnebre dojo. Un velo, el de la muerte, cubría su atuendo, preso del único destino cual es parte indisoluble de un cadáver y en compañía de un silencio totalmente distinto al clásico orfeón de la noche, ese cual poesía inspira la isócrona melodía de los grillos o el silbar de la brisa noctívaga a los oídos dormirse.
  • Es otro silencio, desgarrador, conmovedor, aterrador, que sólo el goteo sanguíneo cual se precipitaba desde la clepsidra carne hasta la húmeda tierra osaba resquebrajar.
  • Su piel, atravesada por incontables tajos, languidecía a un adusto tono pálido, sus ojos no reposaban en una modorra jovial pero inerte, y sus labios terriblemente amoratados parecían pedir con porfiado desespero un beso que le despertara del hechizo, mas no estaba hechizado sino muerto. De sus poros emanaba un advenedizo frío, ni aterido ni crudo sino frígido, envueltos por una inimitable aura helada que era solo suyo.
  • En cuanto a ella, estaba increíblemente fea, mutante, sus cabellos alborotados con dilapidado arte y el rímel de sus ojos derretidos al deshielo de sus lágrimas. Sus empolvadas mejillas habían dilapidado al arte de su brillo, rodeada de un aire tenso, punzante, azotada por un salvaje temor que la retenía embebida en la escena, mirando incrédula frente a ella el espanto de la muerte estratificado sobre sus párpados caídos, sus desolladas palmas abiertas rogando perdón al cielo, y las inmóviles perneras sobrevenidas en segundos del presente a historia.
  • De cerca, se podía percibir el rechinar de sus dientes y las manchas del violento amaranto a todo lo largo de su erótico vestido que pronto podría convertirse en su mortaja.
  • Lo dedujo, aún a pesar de su saturación mental, porque le vio encaminarse a ella, y agarrándola de un manojo de pelos por encima de su cráneo la obligó a ponerse en pie.
  • Desbordada por los sucesos e inocente donde las halla, con la mueca de dolor grabada en su cara pues le estiraba violentamente de sus cabellos, balbuceó una súplica que no venía a cuento. Denotaba estar de muy mal humor, con el cerebro desgranándole soberbias palabras de locura mientras ella, de tritónica melena y caderas estrechas, contemplaba con pánico el furioso fulgor en sus ojos de tizones sangrantes. Apenas se atrevía a pestañear en medio de una tensión cual iba en aumento. La sangre, todavía fresca de su cliente, resbalaba de un modo lascivo por las garras del depredador, y en cuyo marfil lúcido se reflejaban los destellos de la luna plateada.
  • Palabras muy bajas le musitó al oído, mas la muchacha al instante sonrió dibujando el calco del pánico en la forma de sus labios. Cayó en cuclillas, pues las piernas le temblaban con tal pavor que eran incapaces de sostenerla erguida, y él, con andar calmoso, recorrió la cándida orilla guiado allí en la penumbra por el acelajado fulgor aurífero de las farolas erguidas, cruzó una, dos, tres esquinas, ya resiguiendo el laberinto de la urbe entre las persianas cerradas de los pretenciosos establecimientos y la baraúnda de los hervidos motores aletargados a tocar del grueso bordillo, hasta llegar a su vehículo.
  • ¡Sí! ¡Quedó libre y en vida!.
  • No hacía quizá más de cinco minutos que se había levantado de su almohada soplos de leve ventisca que rozaba aún adormecido las fachadas de las casas.
  • Luego, como promesas son promesas y más es la palabra de honor, cumplió con su cometido de regresar antes de despuntar el alba, ahí, con su dulce princesa, acostándose con sumo esmero de no despertarla, gloria dormida en la alcoba, y deslizó serpenteando suave la mano por encima de su camisón de seda, la abrazó con cariño, unió su frente a su rostro pavoroso de sueño, y no tardó en compartir con ella la placidez del descanso.