Fecha 23 / 02 / 2010 Autor/a
marcgisbert
*** Relatos de bondage VIP - Quid pro quo ***
Antes de leer y conocer los relatos, visitar el artículo de presentación para conocer su historia y su leyenda.
La ciudad nunca ha sido ni será jamás fruto de mi devoción.
Discúlpenme si soy muy poética pero me gusta sentir, ya con el telón de la noche rasgado, venir la alba adulada de la luz a despertarme, ver paso a paso nacer el cielo azul ascendiendo desde los confines hasta presidir la bóveda cual cubre la prisión del planeta, oír el viento aún bostezante peinar con sus púas el vello de la urna del paisaje, surgir los cáliz vivos bajo la bienvenida calor, escuchando los ecos perlados de las aves bajo el sol gallardo y bello, y las abejas en tornados zumbando en la custodia de su cuna de miel.
Cuan de hermoso es, sentados sobre la hierba verde o tierra polvorienta, contemplar la puntual arribada del ocaso, ya con la fatiga en los ojos del día, quedando tras la estela del sol al acostarse en la alta bóveda el áureo polvo mancillado de rosáceos.
¡Sí! Por segunda vez lo repito, y en miles de hojas volvería a escribirlo.
Díganme, sinceramente, si encerrados en la ogra urbe no han fantaseado jamás en adormecerse con la vela preñada de la luna montando guardia frente al recuadro de su habitación, adorable y blanca princesa de coraza adamantina, cual se desabrocha para dejarles contemplar el oculto lujo divino de sus pechos, firmes, esbeltos, y vestirse frente su vista con camisón de plata largo hasta el puro tobillo.
Cuántas veces lo han deseado, quizá usted quien ahora osa negarlo, viéndola allí, serena entre el mágico panfleto de estrellas que parecen borlas de oro pendidas en la inmensidad de la selva oscura, y han anhelado acariciar su lustrosa cabellera en fina caída sobre el mar en calma.
Yo, de pequeña, soñaba con que cada noche, al acostarme, la bella luna me acolchaba en sus edredones de núbil seda, iluminada mi cama por su foco gentil, y antes de marchar besarme, y al regresar a su morada hablar en su aldea de mí, y recoger flores de su jardín para entregarme la noche después un ramo de lirios blancos, orquídeas de plata, claveles albugíneas y rosas níveas perfumadas de su cáliz virginal, y era yo feliz.
Por desgracia, dado que mi estado económico me impide gozar de un paradisíaco hogar, equipado con sinfín de lujos y caprichos, vivo como tantos millones de gentío en la ciudad, junto mi santa madre, inmersa en los enajenados hierros de las calvas atalayas edificadas donde resuena sin cesar la orate aria de su cruel tráfago navegando por infames venas de asfalto, y el rudo trajín arriba y abajo de los esclavos transeúntes.
¡Ah! ¡La ciudad! La misma de sus calles sucias que mantos de espuma infecta emergen del subsuelo al arreciar el tesoro de la lluvia; la misma que nos pierde la razón entre los álamos de piedra erguidos a ambos flancos de sus jeroglíficas trochas, y que dantesco espectáculo nos muestra día a día, el de sus súbditos transitar como ganados transhumados por sus veredas y sometidos al zascandil rito de su teatro fútil.
Mas si ya de por sí tal cuestionable evolución es cansina, a finales de esa semana acontecía una noche cual se bate en duelo por ostentar el dudoso privilegio de ser las horas más repugnantes, despreciables y descerebradas de cuantas componen todo el año por estas latitudes.
  • Me refiero a la festividad de San Juan.
  • Por si ustedes gozan del honor de no conocerla, les diré que se celebra con un imbécil jolgorio de pólvora enfundada en carcasas de artefactos, dichos petardos, que se lanzan desde tejados, plazas, aceras, y de cuantas miles de maneras y lugares un corto cerebro es capaz de deducir, realizando así una más de todas esas demostraciones mundiales de ignorancia y falta de respeto, a los ancianos, a los enfermos, a personas convalecientes, a mujeres embarazadas, y a tantos centenares más cuales al nombrarlos les prometo iba a sonrojarles de culpable vergüenza.
  • Para quienes anhelan retozarla, por favor, disfruten el rico espectáculo de tal genuina fiesta en un servicio de urgencias de un hospital, a meros espectadores de contemplar sus quemados, amputados, heridos en accidentes de tráfico o peleas, ingresos por coma etílico o sobredosis de drogas, y sin mencionar quienes irremediablemente, debido a su estado exultante obra y gracia de alucinógeno elixir, acuden a encontrarse con el fatal destino de su muerte.
  • Soberano esfuerzo realizo para mal disimular cuyo odio por dicha celebración reboso, y que como bien supondrán, ni un solo pie oso poner fuera de mi hogar durante tal ruin acontecimiento.
  • Yo suelo acostarme temprano, aguardando paciente conciliar el sueño enfrascada en enriquecedoras lecturas, pero la noche del año pasado, a pronto de tocar la una de la madrugada, harta de convertirse en épica tarea todo intento de poder dormir, decidí levantar mi fina figura de la vaga cama, azotada por un creciente malhumor, y me encaminé hasta el aseo. Accioné el interruptor, volteé hasta en tres ocasiones y en dirección contraria a las agujas del reloj los sendos grifos, cuyos aros circundantes eran de tono azul templado y escarlata su opuesto, para llenar cual cóncavo de la bañera tardó casi media hora en coparse a mi agrado.
  • Sentada en un mundano taburete con aposento de madera y sus cuatro patas de hierro cubiertas por un barnizado de aluminio, esperaba toda desnuda y desprovista de abalorio u objeto alguno tal momento, ya con su ponto tibio cubierto por las espumosas crestas del jabón.
  • Allí, en esa paz, con el maldito estruendo de los petardos amortiguado por los tabiques de las estancias, cerré los ojos, relajada, tranquila, enfrascadas en venganzas personales y amores pasionales cuales con les voy a dar el placer de descubrir.
  • Respecto a cuantas voces lejanas resonaban por el tragaluz, discernía con claridad la de Eric, un chico de mi misma edad quien tenía un excelente gato persa de espesas hebrillas níveas y cuyo nombre, Clifford, respondía al personaje protagonista de una famosa serie de televisión de años antaño.
  • Oía con tanta claridad su maullido que resonaba incluso por todo el aseo.
  • - "¡Clifford! ¡Ven!" - oía reclamarle en un tino cariñoso.
  • Eric y yo nos conocíamos desde muy infantes, siendo incluso compañeros de pupitre en las aulas de preescolar mas, si soy sincera, por aquellas épocas apenas me fijaba en él, a no ser de verle máximo como mi mejor amigo, aunque ahora figuraba en un lugar de honor entre mi lista de candidatos hermosos, pues es muy alegre, simpático, activo y otros más adjetivos calificativos que por suerte no se asemeja en nada al imbécil de su vástago.
  • ¡Ah, caballeros! ¡Menudo ruin sujeto éste!.
  • El hecho que marcó para siempre la infancia de Eric ocurrió por su culpa ante mis ojos, justo en la onomástica de su séptimo aniversario, y estoy segura de que tal acto cual les voy a narrar no le producirán ninguna otra impresión que el horror.
  • Por lo visto, aquel hombre, siendo muy impúber él, fue dócil, de humano carácter y tan tierno corazón que por desdicha de ello se convirtió en el asno de los golpes de sus compañeros. Sentía una auténtica pasión por los animales, de los que gozaba por permisos paternos de tener una gran variedad, y de cuya compañía fiel y sagaz gozó sin interrupción hasta el día de su temprana boda.
  • Mas, aún casado, siguió gozando del afecto animal, llegando a tener un sinfín de variedad, destacando de éstos pájaros, peces de colores, un can magnífico y un bello gato de nombre Plutón, notablemente gordo, negro y dotado de una sagacidad sorprendente.
  • Eric lo amaba con locura, pues al fin y al cabo ambos fueron alumbrados por las mismas fechas, ambos crecieron juntos, ambos fueron inseparables compañeros de juegos día tras día, y ya, cuando Eric gozaba de su propia autonomía, sólo él le daba de comer.
  • Sin embargo, aquel hombre amante de los animales cambió de carácter enfermo de alcohol, a cuyas funestas curvas de sus botellas se aferraba sin cesar devorando cuanto alucinógeno elixir contenía. Se volvió taciturno, irritable, distante, y utilizaba con su mujer un lenguaje brutal en quien con el tiempo llegó incluso a usar el muy cabrón la violencia personal.
  • Los animales, tal como es de suponer, los maltrataba, y Eric, atormentado, sólo buscaba cómo proteger al pobre Plutón de sus estúpidas furias.
  • Aún, a fecha de hoy, conservo nítida y presente la imagen suya de aquella tarde, cuando al llegar a su casa completamente ebrio de uno de sus recorridos por los antros de la ciudad tuvo la impresión de que el gato, el pobre ya viejo y huraño, evitaba su presencia. Lo atrapó, pero él, asustado de su violencia, le clavó los dientes provocándole una pequeña herida, y de él se apoderó una furia demonial, como si su alma original hubiera huido de su cuerpo y una malignidad más que endiablada, embriagada de ginebra, se hubiera filtrado por cada una de las fibras de su ser.
  • Sin vacilar, sacó una navaja del bolsillo de su armilla, la abrió, cogió el pobre Plutón por el cuello y deliberadamente le vació un ojo.
  • Sólo recordarlo ya me hace estremecerme de tal abominable atrocidad.
  • Los días, las semanas, e incluso todo el mes siguiente, Eric y yo nos volcamos en el pobre Plutón, encerrados con él en cuya habitación el lindo gato se sentía a salvo de aquella infeliz escoria humana ahogando en vino todo vago pensamiento de su acción, mientras el pobrecito se iba recuperando poco a poco, y aunque hacía el efecto de no sufrir dolor alguno de su amputación bien es verdad que la cuenca del ojo presentaba un aspecto espantoso.
  • Pero aquel día, estando yo también aquí, acicalándome en la bañera, oí llegar a su padre, y su espíritu perverso alforó con todas sus fuerzas, de hacer el mal por el mero gusto de hacerlo, y Plutón, cual rondaba por la casa como de costumbre cuando restaba de su presencia, maulló aterrido al regresar ese inmundo salvaje. Se oyeron golpes, cristales rotos, y un tremendo alboroto que tardó casi media hora en finiquitarse, y al volver Eric, quien aquella tarde había tenido clase de natación en la piscina colindante a nuestra escuela, vio al pobre Plutón, ceñido a sangre fría un nudo corredizo alrededor de su cuello, cual extremo opuesto de la cuerda pendía tan sólo medio metro del pescante de la lámpara, justo en lo alto de su habitación.
  • Es curiosa su loca ironía, pues se enorgullecía de haberlo hecho con los ojos llenos de lágrimas y un remordimiento amargo en el corazón, sin un solo motivo para detestar al bonito gato, pero de todas formas lo ahorcó porque sabía que al hacerlo cometía un pecado mortal que comprometía su alma inmortal hasta el punto de colocarla más allá del alcance de la misericordia infinita de Dios.
  • Desde entonces, y durante bastantes años, cuando veía a aquel conjunto de estiércol carnoso, con su rostro demacrado por los surcos deteriorados del alcohol estratificados en toda su faz, me alejaba de su cercanía, sin dignarme ni tan siquiera a devolverle recíproco el saludo al estar con Eric, mas él no protestaba, pues por lo menos su detestable cerebro alcanzaba a percibir mi profundo asco por su efigie.
  • ¡Qué se podía esperar de aquel sujeto capaz de detestar a esa pobre criatura, cual siempre le había mostrado todo su amor acomodándose en el regazo de su falda!
  • Por su parte, el pobre Eric jamás ha podido olvidar la espeluznante imagen de Plutón ahorcado y fue, ya alcanzado los quince años de edad, que un gato, el persa susodicho, sentado sobre los tablones de madera en su banco preferido cual queda de frente a nuestra longeva fachada, le llamó la atención.
  • De tamaño era idéntico a Plutón, con su misma mirada tierna, su gesto cándido de relamerse los bajos del hocico, y acercándose a él comenzó a tocarlo, acariciando suave su lomo mientras el gato, desquitándose de la modorra, ronroneaba de sumo agrado.
  • - "¡Tú serás la venganza!" - le masculló antes de bautizarlo, y Clifford debió de entenderle, pues dice le sonrió complacido.
  • Quizá sea cierto porque, casualidades de la vida, jamás se ha dejado acariciar por el ogro de su cónyuge, sino todo lo contrario, pues esquiva su compañía, y la pupila brillante de sus ojos se clava con desdén en la oronda forma de su ser.
  • Fue siempre así hasta la noche cual tal historia alcanza su cenit, en la festividad de San Juan.
  • Mientras yo percibía el agua estancada en la bañera acariciar mi piel, alguien llamó al timbre de mi puerta desde el rellano, una, dos, tres veces, y tras una pausa breve insistía de nuevo, una, dos, tres veces, así cinco incansables minutos y también sus sucesivos.
  • De pronto, afiné el oído entre el rebomborio de la pólvora y escuché la voz de Eric pronunciar mi nombre a pie del umbral.
  • - "¡Eva!" - repetía únicamente casi a gritos.
  • Visto su desespero, me sequé cuanto más rápido pude, enfundé mis pies en unas cómodas zapatillas, y cubierta sólo por un fino albornoz de algodón, sin botones e impedido de mostrar mi desnudez por un cinto de gemela tela, me dirigí rauda a abrir la cancela de mi piso.
  • Tenía una mirada espantosa, alborotada, como si algún suceso terrorífico hubiera ocurrido, pero confundían sus gestos faciales que ardían en deseos de rebasar esas vergonzosas fronteras que limitan la amistad del sexo.
  • - "¡Sólo quiero pedirte perdón, Eva!" - fueron sus zagueras palabras mientras yo observaba estupefacta cómo marcaba bajo la prenda de sus pantalones, enfocando a la izquierda, el prominente bulto de su verga hambrienta.
  • Yo no comprendía nada, ni el por qué de sus disculpas ni el tono derrumbado de su voz, y hubiera querido preguntarle por tal extraño comportamiento, pero fue imposible pues, tras cerrar la puerta empeñándola gracias al talón, se abalanzó violentamente sobre mí, tapando labios y mis fosas nasales con un esponjoso paño empapado de un intenso aroma a menta.
  • Aturdida, no tanto por el acto sino por la profunda carga del cloroformo, sentí flaquear mis anestesiadas piernas hasta caer adormecida.
  • Minutos más tarde, al despertar, me encontraba en una situación muy distinta, tendida sobre la cama, totalmente desnuda, boca arriba, en forma de cruz si dos ojos voyeurs me hubieran observado desde el techo, con cuerdas de algodón jaspeadas enrolladas con fuerza a mis tobillos y muñecas, y su otro extremo del segmento atado a las barras laterales.
  • - "¡Desátate!" - me retó Eric muy perverso al verme recobrar el conocimiento.
  • Lo intenté, revolviéndome bruscamente por encima de las sábanas, intentando acercar los dedos a mi mordaza, buscando los nudos fijados, pataleando al máximo los escuálidos tramos que las ataduras me permitían, mas todos los esfuerzos fueron en vano.
  • Es curioso, pero aquellos escarceos sembraron en mí una ávida fantasía hasta entonces desconocida.
  • Quizá, producto de tales devaneos, me encantó ver la palma abierta de su mano encaminarse a mi cintura, cual un temblor agitó de gusto al sentir el tacto de sus yemas reptando por el halo de mi ombligo hacia arriba, surcando las costillas, con aquella dulzura que lograba estremecer incluso el último poro de mi piel, camino de escalar mis pechos y en segundos coronar la cumbre de los pezones erectos.
  • - "¡Pobrecita!" - exclamó bufón - "¡no puedes desatarte!".
  • Sin embargo, a pesar de gustarme la escena creada, no encontraba una lógica explicación a su inesperada actitud. En sus ojos brillaba una confusa mezcla de excitación y temor, que absolutamente en nada me ayudaba a despejar mis dudas, mas si con ese inusual comportamiento no bastaba, se alzó de la cama, ignorándome de un modo rotundo, casi despectivo, y se encaminó directo a abrir las sendas puertas con luna biselada de mi íntimo armario.
  • Resignada por las severas ataduras, me limité a vigilarle mientras él empezaba a registrar minucioso el único armario de mi cuarto, arrimado a la pared cual quedaba al flanco izquierdo de mi cama. Empeñó hacia él las asas de las puertas, y deslizaba de lado a lado por las barras metalizadas cubiertas por una capa de tono cobre las perchas de plástico.
  • - "¡Cuantos vestidos!" - exclamó pasmado.
  • Los miraba todos, de uno en uno, con su pupila en examen, mostrando si cabía más entusiasmo en todas las prendas de falda muy corta, justo cuales terminan donde las piernas emergen tras superar los montículos de las nalgas, fantaseando en cuanto es fácil de intuir al observar los abiertos escotes de su parte delantera, y con ruin descaro los arrojaba sobre las baldosas, formando ya a la última de las prendas una caótica colina de vestimentas amontonadas como si fueran producto de una avalancha.
  • Yo ignoraba por completo el insólito propósito que le había conducido a cometer semejantes hechos, pero sentía en mi alma el aval de nuestra sólida amistad, aunque reconozco que al verle emprenderla con los tres cajones que a las sayas del mueble había, comencé a cuestionar seriamente dicho argumento.
  • ¡Ni un sólo trozo de tela sin revolver!.
  • Arrojó con desdén al suelo todo el largo etcétera de aditamentos, toallas, camisetas de algodón, blusas de lino, mis concisas minifaldas, el grueso enredo de medias cual llevaba mas de un mes prometiéndome que iba a ordenar llegada la próxima mañana, y mi rica colección de secreta lencería, conjuntos eróticos que hacen las delicias de miles de hombres, sujetadores de encaje, raso o aros, tangas de excelsa brevedad o braguitas de blonda transparente, entre otras piezas cuales no se ofendan por no mencionar.
  • Pero cuanto a él en verdad llamó su atención fue una cantidad insignificante, hallada bajo susodicho vestuario, que por escasos céntimos no alcanzaba la suma total de trescientos euros.
  • - "¡Algo es algo!" - alardeó satisfecho, y los tomó con sus manos enfundadas en unos guantes de látex gruesos.
  • ¡Dios mío! ¡Aquel sujeto no podía ser Erik! Jamás él osaría robarme. Yo nunca he mostrado inconveniente cuando, por cuales razones fuesen, me había pedido dinero, ni jamás le he reclamado las deudas impagadas de mis préstamos, y ahora, desagradecido como ninguno, ¡me estaba robando!.
  • A tocar de los billetes había, repartidas en sus estuches individuales, mis joyas, cuales no suelo usar muy a menudo a pesar de ser todas oro de veinticuatro quilates. Lo componían desde un precioso juego de pendientes hasta un collar trenzado adornado con un minúsculo rubí en su colgante.
  • Yo murmuraba tanto cuanto me permitía la boca amordazada, al verle depositarlos en su bolsa de lona, mientras agitaba mi cabeza en un vaivén de gesto negativo.
  • - "¿Qué te ocurre?" - exclamó en un tono cual le delataba haber entendido la única intención de mis súplicas.
  • Por supuesto, aquellas joyas gozaban de gran valor mas él, como cabe suponer, me hizo caso omiso.
  • Me confundían sus gestos corporales, pues aunque simulaba arrepentirse de su villana fechoría, continuaba adelante con su delito, que no detuvo hasta estar ya satisfecho del botín obtenido.
  • - "¡Tengo que hacerlo!" - masculló quejoso acentuando a profeso su tono intrigante.
  • Erik estaba irreconocible, con sus ojos humedecidos por unas lágrimas contenidas que intentaban disimular el seco ardor de sus incontinencias sexuales. Sus pies temblaban indecisos de venir hacia mí, mientras una sensación de culpa abatía la entereza de su rostro, y ojalá hubiera podido abrazarlo.
  • Ciertamente, su apariencia daba pena, frágil, temeroso, apoderado como por una especie de tremendo secreto que no osaba profanar y del cual pareció balbucear su primera frase, pero de pronto se calló, y subiéndose a la cama empezó con la palma abierta palpar mis muslos por el lado interior, deleitándose en acariciar desde la patera a la cadera, y por todo lo largo y ancho del cuádriceps femoral.
  • ¡Que tacto más suave! ¡Cuan delicados resultaron sus roces!.
  • Tardó un minuto aproximadamente en buscar mi pelvis, erguir un dedo, el corazón para ser más exactos, y sin parafernalia previa atacar de frente a mi cálida gruta. Al instante, las paredes de mi latente vagina abrieron las compuertas de sus pantanos a una velocidad de vértigo, inundando la acanalada caverna de tibio flujo, y por cuyo cauce buceaba a contracorriente el cabezal de su yema intentando llegar a lo más hondo de la cérvix.
  • Rastreaba perdido a través de esas largas tinieblas, en círculos, rotando al inicio según las agujas del reloj para después tomar dirección contraria y así sucesivos, en mayor o aminorada velocidad, mas no había ni pasado un minuto cuando tocó el turno de adjuntar un segundo dedo, oscilando a dúo dentro de mi cuenco vaginal, y a cuya pareja sumó sin demora un tercer integrante.
  • ¡Oh! ¡Sí! ¡Tres! ¡Tres dedos! Si acaso, ahora leyendo, se plantean si me gustó, de sobras saben mi respuesta afirmativa.
  • Agitándome por encima del lecho cuantos centímetros de libertad me daban las cuerdas, con los ojos nublados de placer, sometida a su ritmo acompasado cual me producía un insoportable cosquilleo que hacía temblar mis entrañas de ardiente gozo, noté un cuarto dedo, y justo después el último soprano del quinteto musical. Unidos los cinco en un sólido abrazo, cerró el puño, con sumo esmero de evitar arañarme, y empujó muy levemente el brazo en dirección a mis trompas de Falopio, introduciéndolo hasta quedar su muñeca detenida en la aduana de los labios menores.
  • ¡Oh, con que colosal perforación entró su duro puño!.
  • Aún amordazada, jadeaba de lujuria con ese clásico murmuro que les identifica, conquistada por una excitación cada vez mayor y cual lograba apiolar toda acción reflexiva de mis ofuscadas neuronas.
  • Desconozco cuanto se prolongó aquel inmenso júbilo que me dejó increíblemente agotada. Respiraba como toro de lidia enfurecido, aunque ésta no se asemejase ni remotamente a la correcta razón de mis resollos nasales, mientras una afable sonrisa esbozaban los labios de Erik quien, alargando su brazo, pellizcó un canto de la cinta y empujó de ella a su flanco opuesto para liberarme de la mordaza.
  • Pero ni todo el jolgorio que habíamos compartido logró borrar de su rostro la penumbra triste que sin descanso le asolaba. Sus párpados caían apenados, los ojos giraban perdidos en la celda de mi cuarto, y armándose de valor se predispuso a desvelarme el brutal secreto cual despiadadamente le atormentaba.
  • Cuanto contó me estremeció.
  • Ocurrió pasadas las once de la noche, habiendo regresado su padre totalmente beodo de la taberna. Eric, quien le aguardaba paciente desde bien entrada la tarde, empuñaba entre sus manos, enfundadas en guantes de látex por no dejar huellas, una hacha de talar, y dominado por la ira de tantos años convivir junto a tal individuo putrefacto, descargó un golpe mortal contra su vástago tan sólo hacer éste acto de presencia en la morada.
  • Acertó sin error, hundiendo casi toda la hoja afilada en su cráneo aturdido de drogada pócima, y allí mismo, a puertas del salón, cayó muerto al acto, sin proferir ni un solo gemido.
  • Lo narraba orgulloso de su hecho, denotando un inmenso alivio cual no me costó en absoluto comprender, pero la sola imagen de verse encerrado en la cárcel le aterrorizaba como no se logran imaginar.
  • Consciente en que no podía sacar de casa el cadáver sin correr el riesgo de ser visto por los vecinos, planeó que hacer con él... Cortarlo a trocitos bien pequeños y tirarlos repartidos en varias bolsas de basura, semana a semana, para así quedar esparcido en el interminable vertedero de Dragá… Envolverlo en plásticos, cubierto por una capa de cal viva para acelerar su putrefacción, y amagarlo en el pestilente altillo repleto de enseres inútiles… Emparedarlo tras una columna construida, por ejemplo, en el salón, de modo que tomara la forma de una vetusta lar de fuego tabicada… Incluso pensó en embalarlo en una caja, como si fuese una mercadería de desechos, y hacerlo arder en cualquiera pira de San Juan, que aún consumían en las plazas de la urbe.
  • Mas el pobre Eric, desolado, ido, necesitaba urgente mi ayuda para encontrar aquellas dos o tres ideas cuya irrevocable perfección le obsesionaba.
  • - "No te preocupes" - le transmití con el tono menos lascivo que buenamente me salió.
  • Para el óptimo resultado del plan cual en mi mente tramaba, Eric debía de ser en verdad un asqueroso ladrón abusando sexualmente de una chica que en su santa inocencia se atrevió, en una noche donde son comunes los excesos, a irse con el primer individuo amable que en la algarabía de la fiesta se cruzó.
  • Lo imaginé de mediana edad, con aquellos galanes atuendos que lucen todos los ladrones, compuestos por americana abrochada en su segundo botón, pantalones a conjunto y una corbata de seda anudada bajo el cuello de su camisa.
  • Los zapatos, los recuerdo de charol azabache rebosantes de betún.
  • Donde lo conocí, bien pudo ocurrir en la algazara pública del parque de los Albetes.
  • Tenía el pelo de un oscuro castaño, cuyo peinado se sustentaba en quilos de gomina, recogido en una pequeña coleta tras su nuca, pero cuanto más me gustó de él fue su coche, un precioso todoterreno pintado en turquesa metalizado, sus lunas tintadas y donde en sus mullidos asientos traseros podían acostarse desnudas un mínimo de tres personas juntas.
  • En eso pensé al sentarme en el sillón de copiloto, mas de pronto cerró los seguros, y me esgrimió a casi tocar de mi gaznate una hacha, con su largo mango de madera pulida y la pesada hoja afilada manchada de sangre reseca por doquier en lo más abrupto del filo.
  • - "¡Oh, agentes!" - pensé en justificar con una falsa voz sollozante - "¡sentí un pánico atroz cuando levantó su arma amenazante a mí!".
  • Eric me miraba con asombro por la historia cual estaba fabulando.
  • - "¡No! ¡No! ¡No me mates!" - le imploré a aquel individuo, y sin espera me cubrí rauda el rostro por no ver cómo sin rastro de culpa me tajaba el futuro.
  • Aquel hombre de quien hablo, hasta entonces cordial y educado, que sonreía enseñando el blanco reluciente de sus dientes esmaltados, se tornó violento, llamándome de cuantas ocurrencias tuvo, y cuales por muy desagradables no voy a reproducir.
  • Con todo el mal gusto posible, me amenazó en matarme, y una vez muerta aseguró escondería mi cadáver, envuelto en plásticos por la peste, en los sótanos de su hogar. Presumía de saber cómo hacerlo, pues ayudándose de una palanca separaría los ladrillos que taponaban un saliente en uno de los muros, producido por una falsa chimenea, mas tras lograrlo iba a colocar cuidadosamente mi cuerpo contra la pared interior, y lo mantendría en aquella posición mientras reconstruía, con no mucho esfuerzo gracias al vigor presumido de sus músculos, la pared tal como era antes.
  • Por último, sin obviar ni el más mínimo detalle, prepararía con mortero y arena un arrebozado con el cual, cubriendo los nuevos tramos de la pared, impediría distinguir esta capa susodicha de su primitiva. Recalcaba, orgulloso de su éxito, haber emprendido con anterioridad tal tarea, mas si aún yo gozaba de vida entonces, me prometía ser testigo in situ de comprobar que el muro no presentaba ni la más ligera señal de haber sido tocado.
  • - "¿Qué podía hacer yo?" - ideé reseñar en mi disertación al atestado policial con una voz angelical.
  • Quizá duela a más de una persona cuanto voy a decir, pero no hay juez implacable ni rudo policía que no se enternezca al simular esa voz rota y fina, al borde del mismo llanto, que ningún hombre es capaz de imitar.
  • Por supuesto, no usé tal tono con el sujeto sino otro distinto, de auténtico terror, mirando durante todo el trayecto a la maqueta de los bajos mientras él, quien al registrar mis pertenencias en busca de dinero halló mi dirección escrita en el dorso del documento nacional de identidad, conducía hasta la presente ubicación.
  • Fue mis llaves cuales usó para abrir la pesada puerta del portal, y también la cancela de mi piso.
  • - "Luego" - les contaré en clara actuación de atormentada y con ese timbre tartamudo propio de las frágiles víctimas - "¡fue terrible!".
  • En silencio, aguardaré el consuelo de la autoridad judicial, sentir sobre mi hombro el tacto acogedor de sus manos, y con un arte inigualable simularé dejarme convencer cuando insistan en concluir de relatarles mi angustiosa vivencia.
  • - "¡Tenía miedo! ¡Mucho miedo!" - iniciaré la segunda parte, donde con eróticos detalles les desvelaré cómo me obligó a ponerme de cara a la pared, en forma de aspa y las palmas abiertas apoyadas en la nívea cal. Balbuceó algo muy morboso, cuyas palabras por suerte no escuché con claridad, dejó su arma de pie apoyada en la esquina del tocador, tomó mi ropa y muy lentamente me la fue quitando, haciendo resbalar los finos tirantes de mi vestido, desabrochando mi sujetador con copa de encaje transparente y terminando por el tanga a conjunto.
  • Totalmente desnuda, me condujo a tenderme supina sobre mi cama, estiró de mis brazos bien rectos camino al cabezal, y con cuerdas cuales llevaba escondidas en el bolsillo interno de su americana ató mis muñecas a los barrotes de cada extremo, sujetándolos con fuerza antes de repetir idéntica escena por mis tobillos.
  • - "¡Es muy duro!" - añadiré tras una breve pausa, ocultando mi desencajado rostro roto de dolor tras la mampara de las manos.
  • En apenas segundos, aquel vil sujeto ya se había despojado de toda su ropa, se subió a la cama y andando casi a gatas se colocó en posición entre mis rodillas, desnudo y a punto de acoplarse encima de mí, apuntando con su predispuesto órgano viril al íntimo orificio de mi sexo.
  • A ustedes, estimados lectores, les desvelaré la verdad de los siguientes hechos, para no herir superfluas sensibilidades con ansias protagonistas de fama, pues en realidad, aprovechando mi vía libre concedida, fue Eric quien metió toda su verga de golpe.
  • - "¡Oh! ¡Sí!" - gemí yo alzando pocos centímetros mi cabeza del colchón ensabanado.
  • ¡Con que ganas embestía Eric!... ¡Salvaje!... ¡Ardiente!... ¡Apasionado!... Y a cada acometida, aún a pesar de permanecer yo bien atada, lograba arrastrarme al máximo por el piélago del candoroso catre, comportándose como un auténtico animal, bravo y astuto, reptando por lo más hondo de mis túneles cuales ríos de flujo anegaban las cavidades soterrañas, y ¡qué deleite!.
  • Gemía, sí, él y yo, los dos a la vez, aunque fueron sus gritos mayores mientras más avecinaba las tensas corrientes de su orgasmo.
  • - "¡No pares! ¡No pares!" - le pedía loca de pasión.
  • De ningún modo estaba dispuesta a dejarle detener tal majestuosas arremetidas, y si no hubiera sido por cuyas cuerdas me apresaban, habría hincado muy erótica las púas de las uñas en sus nalgas para imantarlo si cabía aún más contra mi ansiosa pelvis.
  • - "¡Ya! ¡Ya! ¡Me corro!" - gritó Erik, y no pasaron más de cinco segundos que el cohete de su enhiesto miembro abrió la escotilla del frenillo y comenzó a derramar litros y litros de su blancuzca gasolina por todo el cuenco de mi depósito.
  • - "¡Sí, agentes!" - se me ocurrió insertar en mi confesión con voz derrumbada - "¡aquel salvaje abusó de mí!".
  • Tras un intervalo, el justo para reponer fuerzas e intentar reprimir mis carcajadas internas, me supondré al villano levantarse con la jeta en paz y curvar su espalda en pretensión de tomar nuevamente su disfraz, mas entonces se reavivó un reflejo de salvaje locura en el iris de sus ojos, y tomando su hacha la alzó dejándola caer para clavarla en mis carnes.
  • - "¡Aún tiemblo cuando revivo la imagen!" - comentaré a tono bajo - "pero por alguna extraña razón no lo hizo".
  • Dicho esto, resoplaré agotada de alivio.
  • La siguiente media hora regiró todas mis pertenencias, el armario, el tocador, inmiscuyéndose incluso entre mis prendas íntimas, hasta conseguir la recompensa susodicha de las joyas y un fajo de billetes cuya cantidad ascendía en algunos cientos de euros más a la suma verídica.
  • Mas a pronto de marcharse halló, pendiendo en una pared del vestíbulo, las llaves del vecino, pues por la amistad de tantos años nos habían confiado un juego parejo de éstas, para imprevistos siempre de mal pensar.
  • Dos números, escritos en tinta bruna en una solapa del llavero, anunciaban su esclava cerradura.
  • A pesar de quedar atada, abandonada en la soledad de mi alcoba con la simple compañía de la luz encendida, una sensación de alivio me invadió al oírle marchar, pero pasado un intervalo máximo de tres minutos escuché gritos, el alborozo propio de una pelea, zancadas correr por todo lo longo del hogar colindante, objetos de adorno caer, cristales resquebrajarse en miles de pedazos, y cuando por fin regresó la calma solo pude rogar por no ser grave el infortunio.
  • Sin embargo, una pestilente olor a carbón cual no era fruto de mi frívola fantasía afloró a través de las ventanas, y el rugir de las llamas empezó a invadir malhumorado el reino por una noche de la estruendosa pólvora.
  • Hubo el tiempo justo de vestirnos y nada más, pues las llamas ya rugían haciendo resonar los tambores del atroz infierno.
  • De cuanto extraño aconteció en la huida, fue un grito, un lamento, que nació ahogado, roto, y que se tornó mayúsculo con el paso voraz de los fulgores ardientes, más alargado, prolongado, agudo, mezcla de venganza y triunfo, como aquellos bramidos que sólo pueden subir de las gargantas de los condenados al infierno, tan terrorífico que hasta las gentes que corrían escalones abajo se quedaron paralizados al escucharlo.
  • Incluso hubo vecinos, los más tardíos al alcanzar la salvaguarda del ancho ándito por culpa de ser los de más alta vivienda, que aseguraron haber visto un gato, sonriente, con la boca roja abierta y un único ojo flameando, que maullaba sarcástico entre las atalayas de abrasador ambarino.
  • La destrucción del inmueble fue total, como si el mismo diablo se hubiera paseado con las antorchas de su reino por el inmueble del que sólo quedó una triste radiografía de su esqueleto. Salvo una pared, no muy gruesa, situada de cara a la calle y cual dividía el espacio del salón al dormitorio del padre de Eric, todas las demás se habían hundido o cubierto de un quemado halo negruzco.
  • Dicha pared estaba intacta, y una multitud se agolpaba con sus ojos lejanos mirando en torno a ella, ávida de extrañez, pues como si fuese un bajo relieve esculpido sobre la superficie blanca había la figura de un gato gigantesco, idéntico en todos los aspectos al grácil Plutón, con una soga rodeando su cuello.
  • A pies de él una inscripción: Quid Pro Quo.