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23
/ 02 / 2010 |
Autor/a |
marcgisbert
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Relatos de bondage VIP - La casa maldita ***
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Antes
de leer y conocer los relatos, visitar el artículo
de presentación para conocer su historia y su leyenda.
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| Jamás
entenderé cómo a la gente le puede agradar la tediosa
calor del verano, si a las puertas de su finiquito llega
el bello otoño, con sus bandadas de nubes grises y las
primeras gotas de la savia lluvia ante la caída de las
hojas, y éstas, con su camuflaje de malva seca, esperar
el azote del viento gélido cual con brío las tome de la
mano para sacarlas a bailar su último tango entre las
cortezas del bosque. |
| De
pequeña, me entretenía a contarlas en sus pares a bailes,
sentada sobre la vetusta valla de mi hogar, hecha de vigorosos
troncos de duro haya, cuales circundan los 360º de su
esplendor de antaño y por los que un día, muy infante
yo, vi huir veloz una furtiva ardilla teñidas sus hebras
de intenso escarlata. |
| Sobre
sus travesías, esperaba los crepúsculos para ver cerrar
la noche serena las compuertas del día, la misma cual
entolda el cielo de luto para los suicidas y de rico azabache
para vírgenes poetas, y me despertaba al abrirse de nuevo
el colorido amanecer cuando el rocío pintaba los coruscantes
azules del alba, con las forjadas ganzúas del cielo en
su cinto de cuero y las cerdas del áureo febo barriendo
todo rastro de halo noctívago. |
| A
mi vera siempre yacía mi pluma, la auténtica autora de
mis poesías cual, sobre un abrupto mazo de papeles en
límpio níveo, trazaba en tinta de azul indudable los signos
y garabatos confesos de mi alma. Pero no se preocupen,
pues no es mi deseo enternecerles hasta provocar un derrame
de lágrimas que no les permita leer mis letras. ¡Ni pensarlo,
es tal mi deseo!. |
| Les
hablo de tal estación porque, cumplida la segunda semana
del mes de octubre del año pasado, fui principal protagonista
de cuya historia me predispongo a narrarles, justo al
abandonar, quebrantado ya el alba, el marco de esos parajes
incomparables. |
| Mi
destino, Corliago, un pequeño poblado a escasos treinta
kilómetros de lindar con la frontera alpina, donde al
alcanzar la aureola que envuelve la pintoresca aldea,
de apenas doscientos el número de sus habitantes, se veía
las reses pastar por los tallos desechados en los campos
de cebada, trigo, centeno y avena, y mezclados éstos con
flores de hierbas silvestres emergidas de los sabrosos
surcos de la tierra. Había campesinos a ambos lados del
camino polvoriento quienes, no acostumbrados a visitas
de foráneos, detenían unos la sega de su cosecha tardía
en vaivén con hoces de filo cortante, mientras el resto
imitaba mismo acto en el arar sus longevas hectáreas de
nueva siembra con una yunta de bueyes arrastrando su férreo
bisturí. |
| Ciertamente,
me resultaba algo aterradora la excesiva atención que
me prestaban. |
| La
costa, salvaje e indomable, quedaba a menos de una milla,
famosa por su escudo de islas y cual su océano fue, ya
muchos siglos pasados, una ruta de navegación atestada
de mercantes hacia zonas boreales y cuyas cubiertas gozaron
durante largas travesías de mi amada lluvia, pues los
vientos calientes, forzados por las montañas litorales
a levantarse, embaten con fiereza las masas frías del
norte formando, en cuestión de horas, obesos nubarrones
de marenga vestimenta que arrojan diluvios torrenciales
adornados con el furioso redoble de sus tambores de combate. |
| En
tierra firme, prevalecía incesante sobre el resto de sonidos
el azote del herrero trabajar en su |
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- yunque,
reparando azadas, moldeando hierros y toda clase de útiles al
rojo candente. Al envés de su taller, lejano, muy lejano, y apartado
de toda lar u otra edificación, se erigía un gran túmulo, con
su entrada bordeada de rocas y en cuyos adentros seguían enterrando
sus difuntos como en tiempos ancestrales.
- Respecto
a sus casas, todos tenían los leñosos robles de las paredes rectos,
con su base descansando sobre la solera hilera de piedra que era
el armazón, con blocao de troncos horizontales, vigas
vetustas y recias, y avellanos y sauces les servían para tejer
los paneles de mimbre cuales copaban los vacíos hendidos en los
postes verticales, cubiertos con zarzo de arcilla y estiércol.
- Bajo
mi gusto personal, no dejaban de ser obras de arquitectura que
habían logrado honrosas sobrevivir a los siglos desde su más infancia
medieval.
- Unos
contrafuertes externos ayudaban a soportar el peso del tejado
curvo de secos helechos, rodeando por completo su casa.
- Las
gentes, sentados al paraíso de sus pórticos, se hablaban con respeto,
y todos me saludaban educados al cruzarme frente a ellos por sus
sendas libres del cansino tránsito.
- En
donde me detuve para preguntar por la casa Usher fue una cabaña
cual, sin entrar en sus dominios, se veía el suelo de lapita y
una plancha en el fuego donde cocían pan ázimo. Sobre su mesa,
en el centro exacto del escueto habitáculo, se depositaban un
par de cuencos, de esteatita y toba, tibores de porcelana con
dioses mitológicos estratificados, vasijas de rebordes decoradas
con alas bilobuladas, cuchillas de silcreta, platos repujados
de cobre, y a tocar de su refajo taburetes tapizados por piel
de oveja.
- En
un ángulo de la morada había desparramados de una pila decaída
siete cubos, la gran mayoría con duelas de fresno unido por asas
de montura esmaltada salvo uno, éste distinto, hecho de tejo y
aros de latón.
- Quizá
les costará de creer, pero en aquel minúsculo espacio habitaban
casi encajadas seis mujeres, cual la más anciana parecía castigada
de cara al telar, manejando sus pesas de piedra para tensar la
urdimbre, y su cónyuge varón, delatado su centenario por los trazos
de la piel grabados año tras año, yacía postrado sobre un somier
relleno de plumas y plumones en su lecho con las tablas de la
cabecera talladas.
- Sonaba
recóndito un lur suave, usado por una niña que apenas rebasaba
su talento innato la decena de edad, cuando por fin una señora,
rondando la medianía de siglo, tras mirarme detenidamente con
ojos asustadizos, se dignó a responderme.
- -
"¿Buscas la casa Usher?" - me replicó extrañada, e incluso la
imberbe artista detuvo su música al escuchar por segunda vez tal
nombre.
- Casi
forzada, me indicó la dirección a tomar, pues quedaba donde la
falda de la ladera vecina trepaba buscando los glaciares perpetuos,
y tras veinte minutos a pie de un ritmo tranquilo apareció ante
mi vista, por encima de las primeras cuestas ascendentes, con
un aspecto fantasmagórico que invitaba sin engaño a no adentrarse
en sus terrenos.
- Tomé
a mis miedos por fruslerías y, estando ya frente al gigantesco
portal, cogí el curvo picaporte de bronce para golpear, hasta
en tres ocasiones consecutivas, contra la llana superficie de
carbonizada madera.
- ¡Cuan
de incómoda fue la larga espera de abrirse las compuertas!.
- Los
nervios, que hasta aquel entonces había mantenido a buen recaudo,
afloraron rebeldes al ver las paredes austeras y los pórticos
de sus ventanales, de cristales quebrados, abiertos de par en
par. Mirando a través de ellas, el efecto óptico daba un paisaje
tétrico, pues fundía las cortezas de los árboles en un solo muro
imposible de superar, y los tejados de las cabañas los esbozaba
todos de una única capa de paja, esparcida y abandonada por el
suelo que lindaba a sus dominios.
- Del
ambiente, cabe decir que era frío, amargo, abatido, con un tacto
triste cual erizaba atemorizados los poros de la piel.
- Mas,
¡señores y señoras!, yo me preguntaba quién demonios abrió la
puerta, si ni una sola señal de vida habitada denotaba la morada.
Pues díganme si ustedes han visto alguna vez lar sin un solo mueble,
ni una mesa, ni una silla, ni tan siquiera un mundano enser caído
con mala fe sobre las picadas baldosas de granate arcilla.
- Recuerdo
los sedosos hilos de espesas telarañas fijados largos metros en
los recodos de las vigas, pendiendo a modo de estalactitas, y
el tropel de insectos forcejeando en vano por zafarse de sus pegajosas
redes, con las arañas centinelas ávidas de su presa.
- Si,
tal como imagino, aún no logran comprender qué loco misterio me
condujo a visitarla, se lo contaré. Su propietario, Bronck Usher,
fue sobrino de mi padre, con quien, además del vínculo familiar,
compartían una gran amistad. Pero un día, cuando apenas el uso
de mi razón alcanzaba más allá de los arduos deseos de jugar,
tal hombre sufrió una gran depresión, y colocando el cañón de
su escopeta besándose la propia sien diestra, empujó el férreo
gatillo hacia atrás para culminar así con cual él decía era su
suplicio secreto.
-
Dejó escrito, en una nota cuya letra delataba agitación nerviosa,
unas frases donde decían se percibía sin error una aguda esquizofrenia
paranoide, mas la rotundidad con cual las gentes de la época hablaban
del suceso no me hacían plantearme ni una sola duda en cuanto
se refiere a la veracidad del asunto.
- Por
lo visto, a excepción de la fantástica relación mantenida con
mi vástago, el señor Usher era excesivamente reservado, totalmente
opuesto a sus antepasados, personas de exquisita sensibilidad
y amabilidad, famosos por ser generosos con los más pobres de
la aldea, y quienes, desgraciadamente, perecieron trágicamente
en un vuelo de cuando la aviación aún era pura prehistoria.
- Dicha
fatalidad decían marcó el destino del señor Bronck Usher, tal
como le hubiera ocurrido a cualquier mortal que, dos días antes
de su sexto aniversario, hubiese perdido al completo su más directa
genealogía. La casa en sí, en sus años de esplendor, debió de
ser digna de la más honorable riqueza. Observándola detenidamente,
mi imaginación se excitó al punto de lograr discernir el clásico
mobiliario de la época, la bóveda gótica bien iluminada cobijando
a los ilustres invitados, los lienzos al óleo rindiendo tributo
a los creadores de su imperio, y las puertas cediendo sin parar,
sirviendo los escuderos y los mayordomos portadores de jofainas
y privados manjares en zapatas de plata.
- En
realidad, el rasgo dominante ahora era el de tener una enferma
antigüedad. Trágica, por decirlo con el calificativo más suave,
se mostraba la decoloración de todas las piedras sufrida por los
años de letal descuido, e incluso, en los recovecos donde la humedad
yacía perpetua, hongos de todo tipo se habían instalado afelpando
de un tono muscíneo la sombra centinela. Sin embargo, su aspecto
no era de ruina inminente. Tan sólo una fisura, de un grosor apenas
perceptible, que se deslizaba desde la base del tejado abriéndose
paso zigzagueando por una pared frontal hasta perderse en el piélago
del sótano, podría crear una ridícula confusión.
- Segura
de su estabilidad, decidí adentrarme poco a poco por un pasadizo
oscuro e intrincado que conducía a las estancias interiores. Mucho
de cuanto contribuyó a tomar dicho acto valeroso fue la impetuosa
inquietud que sacudía mi alma, pero los malditos miedos no tardaron
en aflorar producto de la extraña decoración cual de pronto me
rodeaba, tales como oscuros tapices clavados en las paredes, abruptos
relieves en sus sinuosas figuras, y el fantasmagórico rechinar
de mi suela al avanzar sin prisas por el lugar.
- Yo
me asombraba en las insólitas fantasías que tan lóbrego presente
provocaban en mí, y cuyas imágenes, por no ser tildada de cobarde,
no les voy a reproducir.
- Al
fondo, unas escaleras de provecta piedra con un renglón de roble
como adorno subían a los íntimos aposentos.
- De
cuantas habitaciones se repartían decidí aventurarme en una, muy
probablemente cual fue en vida del señor Usher, pues era la única
en cuya cancela leñosa se había grabado con mucho esmero un retrato,
rostro cual mezclaba en su mirada una profunda astucia y un poderoso
gesto de perversidad. Respecto al recinto, era muy amplio, de
solemne altura, con dos largas ventanas de ojo estrecho y cornisa
de granito. Débiles fulgores de luz carmesí, a punto de caer el
atardecer, penetraban a través de su rectángulo enrejado para
alumbrar con sanas intenciones los principales objetos del cuarto,
aunque ni con soberbio esfuerzo lograban alcanzar los remotos
ángulos de las dos esquinas a mi diestra.
- Mas….
¡que terrible era la ornamentación!.
- Había
argollas de grilletes liados en los barrotes opuestos del cabezal
de la cama, y un juego de éstas, abiertos sus aros, pendía por
la larga cadena desde la única viga cual cruzaba de norte a sur
hasta quedar inmóviles a casi dos metros justos de donde reposa
la planta baja de los pies. De muebles sólo uno, antiguo y destartalado,
que dejaba un trozo de su ala sin uso, donde se erigía firme una
cruz en aspa, con correas de cuero a los cuatro puntos, útiles
para atar brazos y piernas.
- En
silencio, observaba minuciosa todos los detalles, repleta en parte
de curiosidad, en parte de espanto. Se respiraba una incontenible
atmósfera de dolor, que sólo el viento, cual se levantó por sorpresa
de su letargo, pretendió arrebatar, mas sólo consiguió empujar
la puerta con tanta violencia que la cerró de un golpe seco.
- A
duras penas pude admitir tal acto hostil, y decidí salir.
- Mientras
tanto, el duro céfiro silbaba casi con sorna a mis oídos, y daba
la impresión de mascullar mi nombre, ¡Eva! ¡Eva!, susurrando las
letras, pícaro, tenebroso, incómodo.
- Y
la puerta… ¡maldita puerta!.
- Muy
probablemente, producto del deterioro al paso de los años, aquel
arcano pomo se había oxidado, o partido, o bloqueado, o quién
demonios sabía qué, pero su forma oronda no obedecía a mis órdenes
de virar. Segundos más tarde, en un tono fantasmal, oí ya más
perceptible la palabra cual me identifica.
- -
"¡Eva!" - pronunció una sola vez la cándida voz.
- Eclipsada
por un terror jamás sentido, ladeé mi cuello adonde había identificado
su origen.
- No
supe qué decir. La tez cadavérica; los ojos, de cuencos sin párpados,
grandes, luminosos, esbozaban la pupila felina de un intenso alabastro;
los labios, finos y de un níveo resplandeciente, cuya curva erógena
invitaba a besarlos; la nariz, respingona; los pómulos, bien moldeados,
revelaban en su pálido pigmento la falta de fuego vital; los cabellos,
sedosos, similares a la tela de araña, habían crecido con descuido,
cayendo circundando por ambos lados y la fachada trasera de su
faz espectral; los pechos, firmes, marcaban dos profundas heridas
de trayecto ascendente, y cuya entrada abierta quedaba justo encima
de sus pezones, casi con simetría; su cintura, de avispa, y el
resto de su apariencia desnuda y traslúcida, me aterraron hasta
límites insospechados.
- Aquella
imagen fantasmal no parecía tener más de veinte años por sus rasgos
juveniles, y daba todo el aspecto de ser dócil y obediente.
- -
"¡Ven, Eva!" - me rogó extendiéndome su mano.
- A
decir verdad, yo no estaba preparada para enfrentarme a una situación
de semejante naturaleza. Sus gestos, tacaños y lentos, no coincidían
con su modo de hablar, enérgico, pesado, y provisto de un eco
hueco que le delataba su condición de no mortal.
- Así,
con ese timbre, comenzó a balbucear palabras cual terrorífico
significado me negaba a aceptar.
- -"¡Siente
el dolor! ¡Siente el dolor!" - expresaba su vehemente deseo.
- Nerviosa,
aterrada, me volví de inmediato a lidiar con ese rebelde pomo
que se negaba a ceder, aporreando con el canto de los puños la
forma de la vertical madera, mientras se manifestaban dentro de
mí una multitud de sensaciones anormales.
- De
pronto, sentí a mi espalda, poco más debajo de la escápula y al
flanco zurdo, una terrible punzada, como si una lanza en punta
roma me hubiera enristrado a traición, provocándome un agudo dolor
que me impedía comprender cual nueva situación vivía, ya con el
torvo fantasma apoderado de mi cuerpo y mis deseos.
- Durante
algunos segundos quedé caída en el suelo, desconcertada, con la
cuenca de los ojos cubierta de una bruma cual poco a poco se despejó,
mas al recobrar el equilibrio vi estupefacta, frente a mí, la
puerta completamente abierta. La luz, un solo fluorescente en
el centro de la cúpula cubierta, donde en torno a él revoloteaban
mariposas de liviana harina blanca, iluminaba con un cierto aspecto
mórbido toda la estancia, y un jolgorio de gentes, embriagadas
de júbilo, se escuchaba desde el vestíbulo hasta mi alrededor.
- Perfumes
de todos los estilos oprimían el aire estancado, y muchachas clavaban
sus ojos en mí con ardientes deseos. Vestían algunas de cuero,
con su espalda recta, el cabello alborozado por los retozos del
sexo, y todo tipo de sádicos artilugios asidos entre los dedos
de sus finas manos. De hombres, tan sólo dos, un esclavo sometido
a una suerte de dolor infernal atado en la canga, y el señor Bronck
Usher.
- -
"¡Te prometí este momento!" -me espetó con voz sensual.
-
Quizá vayan a pensar que un pánico atroz me asoló temiendo los
sucesos del futuro, tanto sus actos como sus resultados, o tal
vez me estremecí dibujando cualquier tortura actuando sobre mi
cuerpo indefenso, pero no fue así, mis estimados lectores, pues…
¡peligro!… ¡Sí!… ¡Más peligro!… Y sonreía erótica fantaseando
en cuanto de salvaje me podía ocurrir.
- Ni
un destello de resistencia opuse cuando dos de las doncellas se
acercaron a desvestirme; es más, yo misma, por iniciativa propia,
recorrí a paso firme el corto recorrido que me separaba de la
tenebrosa aspa y, colocando muñecas y tobillos a tocar de los
cintos fijos, cerraron sus hebillas dejándome bien atada.
- El
señor Usher, mi Usher, mi cari, abreviatura de cariño con cual
en tono dulce yo solía referirme a él, me miraba apasionado, incapaz
de contener la tremebunda erección cual emergía bajo el algodón
de sus prendas textiles. Alargando su mano, sentí con gusto tocarme,
rozar suave las carnes que cubren mi radio y cúbito, seguir por
el húmero, bajar por las costillas, y con un halo cruel ignorar
cuanto ardía en mi cintura pélvica, hasta deleitarse en la zona
interior de cada fémur.
- Fue,
al gemir yo de agrado, que acercó sus labios a los míos, lo suficiente
para embriagar mis sentidos con sus besos, y cerrando los ojos
busqué con mi lengua la suya, empezando dentro de su boca y terminando
en un lascivo vals al vuelo, fuera de su cuenca protección.
- Cuando
se detuvo, desapareció un instante, y aún hoy me es imposible
explicar cuales sentimientos me invadían. Oía sus pasos, cercanos,
y un rumor, a muebles abrirse, cerrarse, y sonidos fríos impactar
entre sí, y chasquidos, y cada uno de ellos oprimía si cabía aún
más mis inconfesables deseos.
- Impaciente,
aguardaba el devenir en contemplar el suplicio del esclavo. Tenía
hasta el último milímetro de sus dotados genitales cubiertos por
una dulce capa de miel y azúcar mezclado, y una marabunta de hormigas
rojas se relamían los colmillos hasta la saciedad por tal sabroso
banquete. Pero, por sus gemidos amordazados, ¡con qué saña debían
de morder!. Un intenso escozor le recorría donde hincaban los
dientes, provocando incluso abruptos hinchazones producto del
veneno.
- Ademán
de ello, el sujeto era sometido a otro martirio. Sobre él había
una especie de altar, hecho de madera y con una veintena de velas,
si al contar no erré, erguidas de pie. Una ranura, en forma de
círculo casi completo, rodeaba su base, y la cera, cual gota a
gota se derretía, resbalaba por el torso del fálico cirio, penetraba
por susodichos orificios y en lluvia incesante caía sobre su lomo
desnudo.
- Ya
a esas alturas, presentaba severas quemaduras de las que él presumía
satisfecho.
- Justo
entonces, al verle estremecerse violentamente ante un nuevo lagrimeo,
regresó mi cari.
- -
"¡Siento la tardanza!" - se excusó con tono perverso.
- Portaba
entre sus manos un maletín de piel cual no pude ver su contenido
pues, sólo deslizar su cremallera, una de las chicas cuales le
acompañaban se apresuró a cubrir mis ojos con un antifaz de cuero
ciego. Tal hecho, aún no estando los dos solos, me hizo sentir
con él una intimidad cómplice, cual me introdujo sin reserva en
lo más abismal de mi alma fantasmagórica, e iba advirtiendo en
mí un espíritu positivo, ansioso, valiente, y encerrado en un
oscuro reino de tinieblas pornográficas.
- A
mi mente vinieron presentes los recuerdos de tantos años que hemos
pasado a solas en momentos de privada intimidad. Siempre había
sabido de sus gustos sádicos, y de su idealidad exaltado en cuanto
se refiere a la función del sexo. Tampoco quiero decir que cual
día detallo fuese nuestra primera experiencia de tal calibre.
Prueba fehaciente puede dar las fotografías y los vídeos caseros
donde aparezco sometida a severas ataduras, o donde en mis nalgas
se percibe, más o menos intensas, las marcas escarlatas de sus
firmes azotes.
- Sin
embargo, él, hombre de respeto, jamás quebrantó la porción de
fantasía comprendida en los límites de las meras palabras confesadas,
y si aquel día así aconteció fue por mi expresa autorización.
- Por
lo tanto, como podrán imaginar, aún privada de visión sabía cuanto
objeto contenía aquel recipiente, y no se escandalicen, pues a
centenares de miles de personas guardan tal ardiente secreto en
los recovecos de su cerebro.
- Mas
aún conocedora del suceso, la opresión de la primera pinza metálica
sobre mi erecto pezón me retorció de dolor.
- -
"¿Duele?" - me preguntó indeciso al verme denotar un vaivén caído
con la cabeza.
- Digo
indeciso, pues él también ardía en deseos de someterme a tal castigo,
aguardando paciente mi permiso a tal momento, y ahora, ya enfrascados,
cual gesto negativo, cual por supuesto yo no estaba dispuesta
a conceder, iba a hundir toda esperanza de cumplir el sueño de
ambos.
-
Mi respuesta fue una sola palabra.
- -
"¡Sigue!" - susurré trémula, intentando acostumbrarme a aquel
dolor que iba a acosarme bastantes horas.
- Sin
más interrupción, tomó un mayúsculo manojo de pinzas, compradas
únicamente con esa intención, y de una en una fue copando cuanto
aún restaba libre de mi pezón.
- ¡Cómo
me retorcía de dolor al notar su salvaje opresión! Mas al no haber
ya lugar disponible donde asentar las siguientes, continuó por
el halo de la aureola, pellizcando profundo y duro, mientras yo
apretaba violentamente mis dientes para intentar contener el brutal
dolor cual me atenazaba.
- Tardó
poco más de cinco minutos en lograr encajar hasta una decena de
pinzas en cada una de la zona descrita de mis pechos.
- ¡Sí!
¡Dolía barbaridades! Como si de las calderas del mismo infierno
se tratase, sentía fuego en mis carnes, pero ¡cómo gozaba! ¡Cuán
de excitante me resultaba la opresión de sus mandíbulas!.
- Una
fantasmal concepción de mi querido Bronck, quien culminada su
tarea se quedó absorto en mi figura atormentada, esbocé vagamente
de una manera débil, confusa, borrosa, pues la función de mi tormento
eclipsaba cualquier intento de pensar. Sumida en una erótica oscuridad,
no era consciente ni de adornos ni gestos, ni fui capaz de presentir
cual de las chicas presentes se arrodilló frente al triángulo
de mis piernas, y arqueó su espalda adelante hasta aterrizar sus
jugosos labios sobre mi rasurado vello púbico.
- Cuando
sacó la lengua de su madriguera, flotaba por todo el espacio un
conjunto de pornográficos aromas que circundaban las figuras espectrales
mientras yo, ansiosa, sentí resbalar su órgano muscular hasta
rozar las terrazas húmedas de mis labios mayores.
- Su
extremo redondeado bajó por las laderas, y cesó su descenso al
depositar su base sobre la cima erecta de mi clítoris.
-
Por aquel entonces, el impresionante dolor ya era más controlable,
y se tornó inapreciable cuando dió sus primeras palabras por encima
de la erógena colina, de arriba abajo y viceversa en muy breve
recorrido.
- -
"¡Oh! ¡Sí!" - exclamé incapaz de contenerme.
- La
muchacha, quien había depositado sus palmas calientes sobre los
cantos externos de mis muslos, ejercía con soberano hacer, apegándose
tanto a mi vulva que incluso notaba el tacto de su nariz en mis
soterraños pélvicos, y su atlética lengua, majestuosa, maravillosa,
derretía mis sentidos en un paraíso de sexo, lamiendo gozosa cuanto
de mi exquisito dulce le ofrecía, mientras mi cintura se agitaba
hasta tocar los límites de su libertad.
- -
"¡Sigue! ¡Sigue!" - grité alocada, y así aconteció, pues la misteriosa
chica entró su longa lengua por mi conducto vaginal cuanto máximo
pudo, y yo sentí crecer un incesante cosquilleo por todo el terreno
húmedo de mi vulva.
- No
pueden imaginarse como atronaron, acaso tres minutos más tarde,
los jadeos de mi orgasmo en todo el privado recinto.
- Mas…
¡mis lectores!… ¡Cuánto les narro con orgullo fue tan sólo los
preliminares!.
- Las
condiciones, hasta aquel presente, habían sido cumplidas por el
orden predeterminado en las horas conversas de los días previos.
De ello era clara evidencia el gesto gozoso esbozado en mis labios,
aunque aún restaban por suceder otros actos, cuales no vayan a
creer, por cuan salvajemente crueles son, fueron sin mi permiso.
- Recuerdo
que durante el largo reposo me quedé allí, atada, inmóvil, regocijándome
en los siguientes acontecimientos y escuchando un silbido, el
de las afiladas colas del látigo, cortar el aire estancado para
chocar contra las indefensas nalgas del sumiso.
- De
nuevo, el dolor causado por las pinzas volvió a hacerse más notable,
y Usher, mi querido Usher, de quien sabía, pues así se lo solicité,
no iba a dejarme en libertad hasta el último segundo de mi suplicio,
debía de estar terriblemente excitado, contemplando a primera
línea mi sufrimiento.
- No
voy a negar que, cuando en mi imaginación evoqué su siniestro
aspecto, con su mirada penetrante, ansioso por infringirme mayor
castigo, sentí algo de fabulado pánico, y un calambre aterrador
me azotó al fantasearme capturada por un malvado sin escrúpulos,
encerrada en una celda pequeña, húmeda, cuya única luz la formaban
cuatro antorchas de llama moribunda en los altos recovecos del
lóbrego recinto, y de donde escapar era completamente imposible,
no tan sólo por las ataduras, sino también por una inmensa puerta
de hierro macizo cual su inmenso peso, al deslizarse con esfuerzo
sobre sus oxidados goznes, producía un chirrido insólito.
- Mi
rostro de impaciente pasión delató mis secretos pensamientos.
- Acto
seguido, oí murmuros muy leves entre mi cari y las demás partícipes
en el juego, mas al callarse un fino repiquetear de tacón alto
se encaminó hacía mí, andar de mujer, con aplomo, decidida, la
sentí frenar frente mi figura, y tomando una bolas de hierro,
de forma redonda, cuyo grosor, anchura y altura no excedían de
los dos centímetros, unidas entre sí por hilos de algodón con
un fino filamento de cobre pegado a éstos, introdujo de una en
una todo el quinteto a lo más hondo de mi tubo vaginal.
- Un
sonido agudo, el de arrastrar el generador eléctrico a mis cercanías,
le sucedió, y un zumbido, idéntico al producido por accionar su
mecanismo, le reemplazó.
- Fueron
cinco segundos justos el tiempo prolongado de la descarga, a muy
baja intensidad, pero resultaron interminables.
- Mas
se trataba tan solo del primero.
- -
"¡Cinco segundos!" - me confirmó mi amado - "¡pausa de treinta
segundos, y retornamos!" - añadió con un cierto tono interrogativo.
- Yo
respondí positiva oscilando mi cabeza en un corto vaivén de norte
a sur, pues la sólida mordaza que acababan de fijarme me impedía
articular ni un mísero monosílabo.
- ¡Treinta
segundos!… ¡Y de nuevo el tormento de la breve descarga!.
- Mis
piernas se convulsionaban al sentir recorrer las corrientes eléctricas
todo mi sistema nervioso, de principio a fin, y pude dar gracias
a las ataduras de no caer desplomada contra las baldosas. Mas
luchar en vano por desatarme, esforzándome imposible por demandar
auxilio, con las únicas fuerzas recuperadas en los efímeros descansos,
me volvía loca de placer.
- A
la decena de descargas, vencida, me limité ya a sentir y dejar
hacer.
- Oí
un ruido, un cascabeleo de metal contra una capa plastificada,
abrirse una solapa, y una terrible punzada, como si un aguijón
hubiera atravesado mi piel, percibí en mis pechos.
- ¡Que
dolor! ¡Que dolor!. La afilada púa del alfiler se abría paso con
crueldad entre mis carnes hasta que su cabezal aplastado, al término
de sus tres centímetros de largo, detuvo su avance. Un mar de
lágrimas anegaban mis ojos y resbalaban por mis mejillas, brotando
gota a gota sin cesar de debajo del alabastro antifaz.
- Hasta
una docena de esas lanzas llegaban a hincarme aprovechando la
insuficiente pausa de las descargas eléctricas.
- Quizá
los estrechos límites que mútuamente nos habíamos confiado, o
tal vez el cansancio producto del martirio, me provocaban la confusión
actual. Pero ahora, ni era el momento de dar marcha atrás, ni
mi pavoroso honor estaba dispuesto a rendirse. Mi mente debía
de ser mi salvación, buscando recogerme en otras fantasías al
dolor sufrido. Tarea difícil, pues las descargas y las punzadas
de las agujas confundían mis audaces ideas, o cualquier espejismo
de éstas.
- Las
voces, las de los demás comensales a mi fiesta, las percibía difusas,
pero también era consciente de que mi tórrido sueño lo estaba
dando por satisfecho, aunque no lograba librarme del infundado
temor de finiquitarlo demasiado pronto, mientras perpleja escuchaba
cómo, producto de la tremenda excitación que le apoderaba, las
elegantes maneras de mi querido habían desaparecido. Andaba errante
por delante de mí, con paso presuroso, desigual, sin rumbo, jactándose
de la palidez que mi semblante agotado había adquirido. Decía,
con tono burlesco, tenía un tinte espectral, y una vacilación
trémula caracterizó de pronto su pronunciación.
-
Por los comentarios de una chica, supe estaba ya desnudo, pero
el increíble dolor me impedía valorar lo más mínimo la situación.
Tan sólo atisbé a pensar que una exultante pasión, incontenible
ya, dominaba su mente sin descanso.
- En
cuanto a mí, ya no sabría bien qué decirles, pues mi conocimiento
se balanceaba, como si ardiera en deseos de desfallecer de una
maldita vez, y así dejar de sentir tan cruenta tortura. Otras
veces, en cambio, deseaba advertir al detalle las agujas hundiéndose
hasta la más posible profundidad, y notar sin reposo las descargas
eléctricas que apenas me permitían recobrar el ritmo plácido de
respirar.
- ¡Cuantas
divagaciones me acosaron!.
- Las
correas, más que atar mis brazos, los sostenían, débiles, cansados,
extasiados, quienes no se desplomaban por el amarre en torno a
sus muñecas. Sólo gozaba de las fuerzas suficientes para percibir
la sonrisa lasciva de Bronck y sus pasos acercarse a mí por el
costado zurdo.
- -
"¡Escucha, my Lady!" - me susurró al oído con un contagioso tono
erótico - "¡vamos a dejarte disfrutar tú sola!".
- Tal
último frase, cual aterró mi ánimo por fin con el pavor cual yo
fantaseaba, lo expresó con un tremendo acento de sensual maldad.
-
Cuanto balbuceó seguidamente, apenas lo entendí. Luego, oí los
andares de todos los participantes salir de la estancia, la puerta
cerrarse, la llave asegurar en su ojete el control implacable
de la cerradura, y de pronto, ya en solitud, experimenté de manera
especial y con toda su fuerza los sentimientos de mi cautiverio,
de las ataduras y del extremo e insoportable dolor que me acechaba.
- Un
botón, cuyo mítico apodo en tantos miles de aparatos es el de
automático, se encargaba de mantener activa la funcionalidad del
generador. Yo no podía más pero, puesto que la mordaza mantenía
a buen recaudo mis súplicas, luché por racionalizar la tensión
cual me atenazaba, tratando de convencerme de que tarde o temprano
debía de llegar el fin de tal suplicio.
- A
pesar de este acertado pensar, desconocía cómo lograrlo. Resonaban
casi sin pausa, a mayor o menor intensidad, los gemidos amordazados
provocados por los violentas punzadas de los alfileres, y las
lágrimas, las de un dolor insufrible, ya caían más allá de mi
cuello, por encima de mi pecho y a pronto de ahogarse una avanzada
en el pozo de mi ombligo. Por debajo, la pelvis se balanceaba
espasmódica a cada nueva sacudida, de aquí para allá y hacia no
sabía donde, y luché, si acaso a tales ridículos forcejeos se
les puede llamar luchar, por desatarme, pero los pocos esfuerzos
fueron infructuosos.
- Un
temblor invadió gradualmente mi cuerpo, y una vigorosa percepción
de horror me conquistó totalmente desamparada en la más absoluta
soledad.
- Afuera,
en los parajes aledaños, se había alzado de su almohada una tormenta
infernal, cuyos estruendos rezongaban en voz alta, ahogando los
retumbos de mis jadeos exhaustos. De lluvia, ni una sola gota,
pues aquel fardo de nubes se deleitaba en arrojar sus relámpagos
como si éstos fueran un digno espectáculo de la furia naturaleza.
- Apenas
minutos más tarde, un olor a chamuscado envolvió mis fosas nasales,
impregnando apestoso hasta la última partícula del liviano aire,
y me asustó un terrible rugir, sañudo y voraz.
- ¡Ah,
el bosque! ¡Ardía!.
- A
punto de desfallecer, me despertó imaginar el destello de tonos
tangerinos con estrépita alarma, devorando la hechura de las cenceñas
lagartijas, cubriendo de ceniza infausta el bálsamo de la algaida,
y no muy lejos, por encima de las copas donde anidaban las hermosas
aves entre su follaje, se abalanzaba directa contra la casa Usher
un macizo de puntiagudas cimas llameantes, que derramaban amazacotadas
formas y tamizaban los mortecinos coníferos sus refulgentes canceladas.
- ¡Que
terror!. Se podía percibir los gritos de los comensales quienes
huían espantados. Las aves, cuales estuvieron a tiempo, batían
raudas las alas en evasión por encima de las viseras de la centenaria
casa, y la fauna más vivaz corría despavorida por entre los abedules
que se desplomaban como un castillo de naipes.
- De
entre todo el alborozo un trote veloz en las escaleras de la morada
atrajo mi atención, y reconocí, por el modo al pisar, el paso
de mi amado. Un instante después, colocó la ganzúa y con celeridad
abrió la puerta, mas sus rodillas temblaron al contemplar mi faz
de una apariencia casi cadavérica.
- -
"¡No te preocupes!" - le exclamé en un tono pícaro - "¡la fantasía!…
¡insuperable!" - añadí pudiendo esbozar una sonrisa en mis labios.
- En
los ojos del pobre Usher se reflejaba el espanto por la escena,
mas no se detuvo y me libró de las firmes correas que me ataban.
-
- "¡No hay prisa!" - volví a decir - "¡pues ya soy espíritu sin
carcasa!".
- Perplejo,
mi cari acogió mi cuerpo en su regazo al desplomarse inerte, asfixiado
por un denso humo que copó el oxígeno de mis pulmones.
- ¡Y
la tarde!… Se tornó noche tempestuosa de una belleza severa, extrañamente
singular en su terror y en su hermosura, aún sin ver una estrella
ni la arrumbada luna, pero las llamas que asediaban la casa amortajando
su fachada hacían resplandecer todos los objetos de un modo infernal.
- Por
las buenas o por las malas, pronto, muy pronto, sería toda la
casa una pira descomunal, y las gentes, ya a salvo, miraban incrédulos
desde la lejanía cómo el señor Usher no huía.
- -
"¡Ha muerto! ¡Ha muerto!" - le oyeron gritar desolado a él, quien
era tomado por hombre fuerte y valeroso entre sus vecinos.
- Pero
yo, allí, testigo presente, vi brotar de sus conductos lacrimales
un sinfín de tristes gotas cuales no eran suficientes para desavivar
la furia de las llamas.
- Fue,
sintiendo un insoportable dolor en lo más profundo de su ser,
que la maza del fuego se abrió paso por las más norteñas estancias
de la morada, rompiendo cuanto se cruzaba a su cauce, y él, derrumbado,
cerró la puerta, quedando los dos solos, en la panza de aquel
devastador infierno donde se escuchaban los gritos sofocados de
las maderas al perecer, tomó su escopeta de caza, cargó dos cartuchos
de pólvora, y colocó su sien a tocar de la bola del cañón.
- No
parecía nervioso, sino más bien seguro de su próximo acto.
- En
su piel desnuda se reflejaba el fulgente candor de las llamaradas,
dándole ese clásico aspecto sonrosado.
- -
"¡Mi princesa!" - pronunció acongojado y postrado en rezo junto
mi cuerpo - "¡esto de no debía de haber ocurrido!" - sumó abatido
y con una amargura que, quien lo hubiera escuchado, jamás podría
olvidar - "¡pero no te preocupes, pues yo, el último de la antigua
saga de los Usher, vendrá contigo para siempre!".
- Créanme,
si les digo que el alma fantasmal le besó grata, justo antes de
escucharse una tremenda explosión y un olor mortal emanara por
la ventana abierta de par en par. Había hundido su testa descuartizada
entre las piernas de ella, y una palidez inusual comenzó a extenderse
como odiosa epidemia por toda su figura carnosa. Mas sus ojos
miraban a su amada, muy abiertos, fijos, con la alegría de un
reencuentro, y las llamas, como por arte de magia, se difuminaron,
y se tornó todo en una lóbrega oscuridad, inquebrantable, cegadora,
y de pronto un rayo de sol penetró por la ventana, poco a poco,
sin prisas, sin ninguna prisa.
- ¡Ah!
¡La puerta! ¡Abierta! Y yo… yo… ¡era yo!.
- Ruego
me comprendan, pero era incapaz de contener mis nervios. Una sonrisa
malsana tembló en mis labios, con mi vista anclada adelante, y
huí aterrada.
- Crucé
su umbral y corrí, corrí tan lejos y veloz como pude hasta que,
ya jadeando de cansancio, me volví para ver la vasta casa, cual
quedaba toda sola en su ubicación, y mirándola su fachada se tiñó
de un pigmento rúbeo, y aquella fisura de la cual ya les he hablado,
se ensanchó a una velocidad de vértigo, y en un instante se desmoronaron
sus poderosos muros.
-
Hubo un largo y tumultuoso clamor, como los gritos de las cascadas,
mas quedó tranquila la casa Usher, pues por fin pudo desvelar
su historia real y hoy, a los ancianos del lugar, les oigo contar
que donde se erigía tal morada, ahora se yergue de nuevo el bosque
aún lozano, hangar de esbeltas acacias, encinas, hayas, y cándalos
y parapetos de zarzales y cuantos más perdonen no nombre, y bajo
sus fértiles raíces hay madrigueras, cobertizos de reptiles cuyos
antepasados perecieron en ruda catástrofe, y vuelven las aves
a cobijar su plumaje al amparo de las frondas verdosas, y a tejer
los arácnidos sus redes de pesca entre los recodos de silvestres
tallos, y supongo que ellos, estén donde estén, juntos, amantes,
apegados a su vetusta casa, se alegrarán de tal renovado esplendor.
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