Fecha 23 / 02 / 2010 Autor/a
marcgisbert
*** Relatos de bondage VIP - La casa maldita ***
Antes de leer y conocer los relatos, visitar el artículo de presentación para conocer su historia y su leyenda.
Jamás entenderé cómo a la gente le puede agradar la tediosa calor del verano, si a las puertas de su finiquito llega el bello otoño, con sus bandadas de nubes grises y las primeras gotas de la savia lluvia ante la caída de las hojas, y éstas, con su camuflaje de malva seca, esperar el azote del viento gélido cual con brío las tome de la mano para sacarlas a bailar su último tango entre las cortezas del bosque.
De pequeña, me entretenía a contarlas en sus pares a bailes, sentada sobre la vetusta valla de mi hogar, hecha de vigorosos troncos de duro haya, cuales circundan los 360º de su esplendor de antaño y por los que un día, muy infante yo, vi huir veloz una furtiva ardilla teñidas sus hebras de intenso escarlata.
Sobre sus travesías, esperaba los crepúsculos para ver cerrar la noche serena las compuertas del día, la misma cual entolda el cielo de luto para los suicidas y de rico azabache para vírgenes poetas, y me despertaba al abrirse de nuevo el colorido amanecer cuando el rocío pintaba los coruscantes azules del alba, con las forjadas ganzúas del cielo en su cinto de cuero y las cerdas del áureo febo barriendo todo rastro de halo noctívago.
A mi vera siempre yacía mi pluma, la auténtica autora de mis poesías cual, sobre un abrupto mazo de papeles en límpio níveo, trazaba en tinta de azul indudable los signos y garabatos confesos de mi alma. Pero no se preocupen, pues no es mi deseo enternecerles hasta provocar un derrame de lágrimas que no les permita leer mis letras. ¡Ni pensarlo, es tal mi deseo!.
Les hablo de tal estación porque, cumplida la segunda semana del mes de octubre del año pasado, fui principal protagonista de cuya historia me predispongo a narrarles, justo al abandonar, quebrantado ya el alba, el marco de esos parajes incomparables.
Mi destino, Corliago, un pequeño poblado a escasos treinta kilómetros de lindar con la frontera alpina, donde al alcanzar la aureola que envuelve la pintoresca aldea, de apenas doscientos el número de sus habitantes, se veía las reses pastar por los tallos desechados en los campos de cebada, trigo, centeno y avena, y mezclados éstos con flores de hierbas silvestres emergidas de los sabrosos surcos de la tierra. Había campesinos a ambos lados del camino polvoriento quienes, no acostumbrados a visitas de foráneos, detenían unos la sega de su cosecha tardía en vaivén con hoces de filo cortante, mientras el resto imitaba mismo acto en el arar sus longevas hectáreas de nueva siembra con una yunta de bueyes arrastrando su férreo bisturí.
Ciertamente, me resultaba algo aterradora la excesiva atención que me prestaban.
La costa, salvaje e indomable, quedaba a menos de una milla, famosa por su escudo de islas y cual su océano fue, ya muchos siglos pasados, una ruta de navegación atestada de mercantes hacia zonas boreales y cuyas cubiertas gozaron durante largas travesías de mi amada lluvia, pues los vientos calientes, forzados por las montañas litorales a levantarse, embaten con fiereza las masas frías del norte formando, en cuestión de horas, obesos nubarrones de marenga vestimenta que arrojan diluvios torrenciales adornados con el furioso redoble de sus tambores de combate.
En tierra firme, prevalecía incesante sobre el resto de sonidos el azote del herrero trabajar en su
  • yunque, reparando azadas, moldeando hierros y toda clase de útiles al rojo candente. Al envés de su taller, lejano, muy lejano, y apartado de toda lar u otra edificación, se erigía un gran túmulo, con su entrada bordeada de rocas y en cuyos adentros seguían enterrando sus difuntos como en tiempos ancestrales.
  • Respecto a sus casas, todos tenían los leñosos robles de las paredes rectos, con su base descansando sobre la solera hilera de piedra que era el armazón, con blocao de troncos horizontales, vigas vetustas y recias, y avellanos y sauces les servían para tejer los paneles de mimbre cuales copaban los vacíos hendidos en los postes verticales, cubiertos con zarzo de arcilla y estiércol.
  • Bajo mi gusto personal, no dejaban de ser obras de arquitectura que habían logrado honrosas sobrevivir a los siglos desde su más infancia medieval.
  • Unos contrafuertes externos ayudaban a soportar el peso del tejado curvo de secos helechos, rodeando por completo su casa.
  • Las gentes, sentados al paraíso de sus pórticos, se hablaban con respeto, y todos me saludaban educados al cruzarme frente a ellos por sus sendas libres del cansino tránsito.
  • En donde me detuve para preguntar por la casa Usher fue una cabaña cual, sin entrar en sus dominios, se veía el suelo de lapita y una plancha en el fuego donde cocían pan ázimo. Sobre su mesa, en el centro exacto del escueto habitáculo, se depositaban un par de cuencos, de esteatita y toba, tibores de porcelana con dioses mitológicos estratificados, vasijas de rebordes decoradas con alas bilobuladas, cuchillas de silcreta, platos repujados de cobre, y a tocar de su refajo taburetes tapizados por piel de oveja.
  • En un ángulo de la morada había desparramados de una pila decaída siete cubos, la gran mayoría con duelas de fresno unido por asas de montura esmaltada salvo uno, éste distinto, hecho de tejo y aros de latón.
  • Quizá les costará de creer, pero en aquel minúsculo espacio habitaban casi encajadas seis mujeres, cual la más anciana parecía castigada de cara al telar, manejando sus pesas de piedra para tensar la urdimbre, y su cónyuge varón, delatado su centenario por los trazos de la piel grabados año tras año, yacía postrado sobre un somier relleno de plumas y plumones en su lecho con las tablas de la cabecera talladas.
  • Sonaba recóndito un lur suave, usado por una niña que apenas rebasaba su talento innato la decena de edad, cuando por fin una señora, rondando la medianía de siglo, tras mirarme detenidamente con ojos asustadizos, se dignó a responderme.
  • - "¿Buscas la casa Usher?" - me replicó extrañada, e incluso la imberbe artista detuvo su música al escuchar por segunda vez tal nombre.
  • Casi forzada, me indicó la dirección a tomar, pues quedaba donde la falda de la ladera vecina trepaba buscando los glaciares perpetuos, y tras veinte minutos a pie de un ritmo tranquilo apareció ante mi vista, por encima de las primeras cuestas ascendentes, con un aspecto fantasmagórico que invitaba sin engaño a no adentrarse en sus terrenos.
  • Tomé a mis miedos por fruslerías y, estando ya frente al gigantesco portal, cogí el curvo picaporte de bronce para golpear, hasta en tres ocasiones consecutivas, contra la llana superficie de carbonizada madera.
  • ¡Cuan de incómoda fue la larga espera de abrirse las compuertas!.
  • Los nervios, que hasta aquel entonces había mantenido a buen recaudo, afloraron rebeldes al ver las paredes austeras y los pórticos de sus ventanales, de cristales quebrados, abiertos de par en par. Mirando a través de ellas, el efecto óptico daba un paisaje tétrico, pues fundía las cortezas de los árboles en un solo muro imposible de superar, y los tejados de las cabañas los esbozaba todos de una única capa de paja, esparcida y abandonada por el suelo que lindaba a sus dominios.
  • Del ambiente, cabe decir que era frío, amargo, abatido, con un tacto triste cual erizaba atemorizados los poros de la piel.
  • Mas, ¡señores y señoras!, yo me preguntaba quién demonios abrió la puerta, si ni una sola señal de vida habitada denotaba la morada. Pues díganme si ustedes han visto alguna vez lar sin un solo mueble, ni una mesa, ni una silla, ni tan siquiera un mundano enser caído con mala fe sobre las picadas baldosas de granate arcilla.
  • Recuerdo los sedosos hilos de espesas telarañas fijados largos metros en los recodos de las vigas, pendiendo a modo de estalactitas, y el tropel de insectos forcejeando en vano por zafarse de sus pegajosas redes, con las arañas centinelas ávidas de su presa.
  • Si, tal como imagino, aún no logran comprender qué loco misterio me condujo a visitarla, se lo contaré. Su propietario, Bronck Usher, fue sobrino de mi padre, con quien, además del vínculo familiar, compartían una gran amistad. Pero un día, cuando apenas el uso de mi razón alcanzaba más allá de los arduos deseos de jugar, tal hombre sufrió una gran depresión, y colocando el cañón de su escopeta besándose la propia sien diestra, empujó el férreo gatillo hacia atrás para culminar así con cual él decía era su suplicio secreto.
  • Dejó escrito, en una nota cuya letra delataba agitación nerviosa, unas frases donde decían se percibía sin error una aguda esquizofrenia paranoide, mas la rotundidad con cual las gentes de la época hablaban del suceso no me hacían plantearme ni una sola duda en cuanto se refiere a la veracidad del asunto.
  • Por lo visto, a excepción de la fantástica relación mantenida con mi vástago, el señor Usher era excesivamente reservado, totalmente opuesto a sus antepasados, personas de exquisita sensibilidad y amabilidad, famosos por ser generosos con los más pobres de la aldea, y quienes, desgraciadamente, perecieron trágicamente en un vuelo de cuando la aviación aún era pura prehistoria.
  • Dicha fatalidad decían marcó el destino del señor Bronck Usher, tal como le hubiera ocurrido a cualquier mortal que, dos días antes de su sexto aniversario, hubiese perdido al completo su más directa genealogía. La casa en sí, en sus años de esplendor, debió de ser digna de la más honorable riqueza. Observándola detenidamente, mi imaginación se excitó al punto de lograr discernir el clásico mobiliario de la época, la bóveda gótica bien iluminada cobijando a los ilustres invitados, los lienzos al óleo rindiendo tributo a los creadores de su imperio, y las puertas cediendo sin parar, sirviendo los escuderos y los mayordomos portadores de jofainas y privados manjares en zapatas de plata.
  • En realidad, el rasgo dominante ahora era el de tener una enferma antigüedad. Trágica, por decirlo con el calificativo más suave, se mostraba la decoloración de todas las piedras sufrida por los años de letal descuido, e incluso, en los recovecos donde la humedad yacía perpetua, hongos de todo tipo se habían instalado afelpando de un tono muscíneo la sombra centinela. Sin embargo, su aspecto no era de ruina inminente. Tan sólo una fisura, de un grosor apenas perceptible, que se deslizaba desde la base del tejado abriéndose paso zigzagueando por una pared frontal hasta perderse en el piélago del sótano, podría crear una ridícula confusión.
  • Segura de su estabilidad, decidí adentrarme poco a poco por un pasadizo oscuro e intrincado que conducía a las estancias interiores. Mucho de cuanto contribuyó a tomar dicho acto valeroso fue la impetuosa inquietud que sacudía mi alma, pero los malditos miedos no tardaron en aflorar producto de la extraña decoración cual de pronto me rodeaba, tales como oscuros tapices clavados en las paredes, abruptos relieves en sus sinuosas figuras, y el fantasmagórico rechinar de mi suela al avanzar sin prisas por el lugar.
  • Yo me asombraba en las insólitas fantasías que tan lóbrego presente provocaban en mí, y cuyas imágenes, por no ser tildada de cobarde, no les voy a reproducir.
  • Al fondo, unas escaleras de provecta piedra con un renglón de roble como adorno subían a los íntimos aposentos.
  • De cuantas habitaciones se repartían decidí aventurarme en una, muy probablemente cual fue en vida del señor Usher, pues era la única en cuya cancela leñosa se había grabado con mucho esmero un retrato, rostro cual mezclaba en su mirada una profunda astucia y un poderoso gesto de perversidad. Respecto al recinto, era muy amplio, de solemne altura, con dos largas ventanas de ojo estrecho y cornisa de granito. Débiles fulgores de luz carmesí, a punto de caer el atardecer, penetraban a través de su rectángulo enrejado para alumbrar con sanas intenciones los principales objetos del cuarto, aunque ni con soberbio esfuerzo lograban alcanzar los remotos ángulos de las dos esquinas a mi diestra.
  • Mas…. ¡que terrible era la ornamentación!.
  • Había argollas de grilletes liados en los barrotes opuestos del cabezal de la cama, y un juego de éstas, abiertos sus aros, pendía por la larga cadena desde la única viga cual cruzaba de norte a sur hasta quedar inmóviles a casi dos metros justos de donde reposa la planta baja de los pies. De muebles sólo uno, antiguo y destartalado, que dejaba un trozo de su ala sin uso, donde se erigía firme una cruz en aspa, con correas de cuero a los cuatro puntos, útiles para atar brazos y piernas.
  • En silencio, observaba minuciosa todos los detalles, repleta en parte de curiosidad, en parte de espanto. Se respiraba una incontenible atmósfera de dolor, que sólo el viento, cual se levantó por sorpresa de su letargo, pretendió arrebatar, mas sólo consiguió empujar la puerta con tanta violencia que la cerró de un golpe seco.
  • A duras penas pude admitir tal acto hostil, y decidí salir.
  • Mientras tanto, el duro céfiro silbaba casi con sorna a mis oídos, y daba la impresión de mascullar mi nombre, ¡Eva! ¡Eva!, susurrando las letras, pícaro, tenebroso, incómodo.
  • Y la puerta… ¡maldita puerta!.
  • Muy probablemente, producto del deterioro al paso de los años, aquel arcano pomo se había oxidado, o partido, o bloqueado, o quién demonios sabía qué, pero su forma oronda no obedecía a mis órdenes de virar. Segundos más tarde, en un tono fantasmal, oí ya más perceptible la palabra cual me identifica.
  • - "¡Eva!" - pronunció una sola vez la cándida voz.
  • Eclipsada por un terror jamás sentido, ladeé mi cuello adonde había identificado su origen.
  • No supe qué decir. La tez cadavérica; los ojos, de cuencos sin párpados, grandes, luminosos, esbozaban la pupila felina de un intenso alabastro; los labios, finos y de un níveo resplandeciente, cuya curva erógena invitaba a besarlos; la nariz, respingona; los pómulos, bien moldeados, revelaban en su pálido pigmento la falta de fuego vital; los cabellos, sedosos, similares a la tela de araña, habían crecido con descuido, cayendo circundando por ambos lados y la fachada trasera de su faz espectral; los pechos, firmes, marcaban dos profundas heridas de trayecto ascendente, y cuya entrada abierta quedaba justo encima de sus pezones, casi con simetría; su cintura, de avispa, y el resto de su apariencia desnuda y traslúcida, me aterraron hasta límites insospechados.
  • Aquella imagen fantasmal no parecía tener más de veinte años por sus rasgos juveniles, y daba todo el aspecto de ser dócil y obediente.
  • - "¡Ven, Eva!" - me rogó extendiéndome su mano.
  • A decir verdad, yo no estaba preparada para enfrentarme a una situación de semejante naturaleza. Sus gestos, tacaños y lentos, no coincidían con su modo de hablar, enérgico, pesado, y provisto de un eco hueco que le delataba su condición de no mortal.
  • Así, con ese timbre, comenzó a balbucear palabras cual terrorífico significado me negaba a aceptar.
  • -"¡Siente el dolor! ¡Siente el dolor!" - expresaba su vehemente deseo.
  • Nerviosa, aterrada, me volví de inmediato a lidiar con ese rebelde pomo que se negaba a ceder, aporreando con el canto de los puños la forma de la vertical madera, mientras se manifestaban dentro de mí una multitud de sensaciones anormales.
  • De pronto, sentí a mi espalda, poco más debajo de la escápula y al flanco zurdo, una terrible punzada, como si una lanza en punta roma me hubiera enristrado a traición, provocándome un agudo dolor que me impedía comprender cual nueva situación vivía, ya con el torvo fantasma apoderado de mi cuerpo y mis deseos.
  • Durante algunos segundos quedé caída en el suelo, desconcertada, con la cuenca de los ojos cubierta de una bruma cual poco a poco se despejó, mas al recobrar el equilibrio vi estupefacta, frente a mí, la puerta completamente abierta. La luz, un solo fluorescente en el centro de la cúpula cubierta, donde en torno a él revoloteaban mariposas de liviana harina blanca, iluminaba con un cierto aspecto mórbido toda la estancia, y un jolgorio de gentes, embriagadas de júbilo, se escuchaba desde el vestíbulo hasta mi alrededor.
  • Perfumes de todos los estilos oprimían el aire estancado, y muchachas clavaban sus ojos en mí con ardientes deseos. Vestían algunas de cuero, con su espalda recta, el cabello alborozado por los retozos del sexo, y todo tipo de sádicos artilugios asidos entre los dedos de sus finas manos. De hombres, tan sólo dos, un esclavo sometido a una suerte de dolor infernal atado en la canga, y el señor Bronck Usher.
  • - "¡Te prometí este momento!" -me espetó con voz sensual.
  • Quizá vayan a pensar que un pánico atroz me asoló temiendo los sucesos del futuro, tanto sus actos como sus resultados, o tal vez me estremecí dibujando cualquier tortura actuando sobre mi cuerpo indefenso, pero no fue así, mis estimados lectores, pues… ¡peligro!… ¡Sí!… ¡Más peligro!… Y sonreía erótica fantaseando en cuanto de salvaje me podía ocurrir.
  • Ni un destello de resistencia opuse cuando dos de las doncellas se acercaron a desvestirme; es más, yo misma, por iniciativa propia, recorrí a paso firme el corto recorrido que me separaba de la tenebrosa aspa y, colocando muñecas y tobillos a tocar de los cintos fijos, cerraron sus hebillas dejándome bien atada.
  • El señor Usher, mi Usher, mi cari, abreviatura de cariño con cual en tono dulce yo solía referirme a él, me miraba apasionado, incapaz de contener la tremebunda erección cual emergía bajo el algodón de sus prendas textiles. Alargando su mano, sentí con gusto tocarme, rozar suave las carnes que cubren mi radio y cúbito, seguir por el húmero, bajar por las costillas, y con un halo cruel ignorar cuanto ardía en mi cintura pélvica, hasta deleitarse en la zona interior de cada fémur.
  • Fue, al gemir yo de agrado, que acercó sus labios a los míos, lo suficiente para embriagar mis sentidos con sus besos, y cerrando los ojos busqué con mi lengua la suya, empezando dentro de su boca y terminando en un lascivo vals al vuelo, fuera de su cuenca protección.
  • Cuando se detuvo, desapareció un instante, y aún hoy me es imposible explicar cuales sentimientos me invadían. Oía sus pasos, cercanos, y un rumor, a muebles abrirse, cerrarse, y sonidos fríos impactar entre sí, y chasquidos, y cada uno de ellos oprimía si cabía aún más mis inconfesables deseos.
  • Impaciente, aguardaba el devenir en contemplar el suplicio del esclavo. Tenía hasta el último milímetro de sus dotados genitales cubiertos por una dulce capa de miel y azúcar mezclado, y una marabunta de hormigas rojas se relamían los colmillos hasta la saciedad por tal sabroso banquete. Pero, por sus gemidos amordazados, ¡con qué saña debían de morder!. Un intenso escozor le recorría donde hincaban los dientes, provocando incluso abruptos hinchazones producto del veneno.
  • Ademán de ello, el sujeto era sometido a otro martirio. Sobre él había una especie de altar, hecho de madera y con una veintena de velas, si al contar no erré, erguidas de pie. Una ranura, en forma de círculo casi completo, rodeaba su base, y la cera, cual gota a gota se derretía, resbalaba por el torso del fálico cirio, penetraba por susodichos orificios y en lluvia incesante caía sobre su lomo desnudo.
  • Ya a esas alturas, presentaba severas quemaduras de las que él presumía satisfecho.
  • Justo entonces, al verle estremecerse violentamente ante un nuevo lagrimeo, regresó mi cari.
  • - "¡Siento la tardanza!" - se excusó con tono perverso.
  • Portaba entre sus manos un maletín de piel cual no pude ver su contenido pues, sólo deslizar su cremallera, una de las chicas cuales le acompañaban se apresuró a cubrir mis ojos con un antifaz de cuero ciego. Tal hecho, aún no estando los dos solos, me hizo sentir con él una intimidad cómplice, cual me introdujo sin reserva en lo más abismal de mi alma fantasmagórica, e iba advirtiendo en mí un espíritu positivo, ansioso, valiente, y encerrado en un oscuro reino de tinieblas pornográficas.
  • A mi mente vinieron presentes los recuerdos de tantos años que hemos pasado a solas en momentos de privada intimidad. Siempre había sabido de sus gustos sádicos, y de su idealidad exaltado en cuanto se refiere a la función del sexo. Tampoco quiero decir que cual día detallo fuese nuestra primera experiencia de tal calibre. Prueba fehaciente puede dar las fotografías y los vídeos caseros donde aparezco sometida a severas ataduras, o donde en mis nalgas se percibe, más o menos intensas, las marcas escarlatas de sus firmes azotes.
  • Sin embargo, él, hombre de respeto, jamás quebrantó la porción de fantasía comprendida en los límites de las meras palabras confesadas, y si aquel día así aconteció fue por mi expresa autorización.
  • Por lo tanto, como podrán imaginar, aún privada de visión sabía cuanto objeto contenía aquel recipiente, y no se escandalicen, pues a centenares de miles de personas guardan tal ardiente secreto en los recovecos de su cerebro.
  • Mas aún conocedora del suceso, la opresión de la primera pinza metálica sobre mi erecto pezón me retorció de dolor.
  • - "¿Duele?" - me preguntó indeciso al verme denotar un vaivén caído con la cabeza.
  • Digo indeciso, pues él también ardía en deseos de someterme a tal castigo, aguardando paciente mi permiso a tal momento, y ahora, ya enfrascados, cual gesto negativo, cual por supuesto yo no estaba dispuesta a conceder, iba a hundir toda esperanza de cumplir el sueño de ambos.
  • Mi respuesta fue una sola palabra.
  • - "¡Sigue!" - susurré trémula, intentando acostumbrarme a aquel dolor que iba a acosarme bastantes horas.
  • Sin más interrupción, tomó un mayúsculo manojo de pinzas, compradas únicamente con esa intención, y de una en una fue copando cuanto aún restaba libre de mi pezón.
  • ¡Cómo me retorcía de dolor al notar su salvaje opresión! Mas al no haber ya lugar disponible donde asentar las siguientes, continuó por el halo de la aureola, pellizcando profundo y duro, mientras yo apretaba violentamente mis dientes para intentar contener el brutal dolor cual me atenazaba.
  • Tardó poco más de cinco minutos en lograr encajar hasta una decena de pinzas en cada una de la zona descrita de mis pechos.
  • ¡Sí! ¡Dolía barbaridades! Como si de las calderas del mismo infierno se tratase, sentía fuego en mis carnes, pero ¡cómo gozaba! ¡Cuán de excitante me resultaba la opresión de sus mandíbulas!.
  • Una fantasmal concepción de mi querido Bronck, quien culminada su tarea se quedó absorto en mi figura atormentada, esbocé vagamente de una manera débil, confusa, borrosa, pues la función de mi tormento eclipsaba cualquier intento de pensar. Sumida en una erótica oscuridad, no era consciente ni de adornos ni gestos, ni fui capaz de presentir cual de las chicas presentes se arrodilló frente al triángulo de mis piernas, y arqueó su espalda adelante hasta aterrizar sus jugosos labios sobre mi rasurado vello púbico.
  • Cuando sacó la lengua de su madriguera, flotaba por todo el espacio un conjunto de pornográficos aromas que circundaban las figuras espectrales mientras yo, ansiosa, sentí resbalar su órgano muscular hasta rozar las terrazas húmedas de mis labios mayores.
  • Su extremo redondeado bajó por las laderas, y cesó su descenso al depositar su base sobre la cima erecta de mi clítoris.
  • Por aquel entonces, el impresionante dolor ya era más controlable, y se tornó inapreciable cuando dió sus primeras palabras por encima de la erógena colina, de arriba abajo y viceversa en muy breve recorrido.
  • - "¡Oh! ¡Sí!" - exclamé incapaz de contenerme.
  • La muchacha, quien había depositado sus palmas calientes sobre los cantos externos de mis muslos, ejercía con soberano hacer, apegándose tanto a mi vulva que incluso notaba el tacto de su nariz en mis soterraños pélvicos, y su atlética lengua, majestuosa, maravillosa, derretía mis sentidos en un paraíso de sexo, lamiendo gozosa cuanto de mi exquisito dulce le ofrecía, mientras mi cintura se agitaba hasta tocar los límites de su libertad.
  • - "¡Sigue! ¡Sigue!" - grité alocada, y así aconteció, pues la misteriosa chica entró su longa lengua por mi conducto vaginal cuanto máximo pudo, y yo sentí crecer un incesante cosquilleo por todo el terreno húmedo de mi vulva.
  • No pueden imaginarse como atronaron, acaso tres minutos más tarde, los jadeos de mi orgasmo en todo el privado recinto.
  • Mas… ¡mis lectores!… ¡Cuánto les narro con orgullo fue tan sólo los preliminares!.
  • Las condiciones, hasta aquel presente, habían sido cumplidas por el orden predeterminado en las horas conversas de los días previos. De ello era clara evidencia el gesto gozoso esbozado en mis labios, aunque aún restaban por suceder otros actos, cuales no vayan a creer, por cuan salvajemente crueles son, fueron sin mi permiso.
  • Recuerdo que durante el largo reposo me quedé allí, atada, inmóvil, regocijándome en los siguientes acontecimientos y escuchando un silbido, el de las afiladas colas del látigo, cortar el aire estancado para chocar contra las indefensas nalgas del sumiso.
  • De nuevo, el dolor causado por las pinzas volvió a hacerse más notable, y Usher, mi querido Usher, de quien sabía, pues así se lo solicité, no iba a dejarme en libertad hasta el último segundo de mi suplicio, debía de estar terriblemente excitado, contemplando a primera línea mi sufrimiento.
  • No voy a negar que, cuando en mi imaginación evoqué su siniestro aspecto, con su mirada penetrante, ansioso por infringirme mayor castigo, sentí algo de fabulado pánico, y un calambre aterrador me azotó al fantasearme capturada por un malvado sin escrúpulos, encerrada en una celda pequeña, húmeda, cuya única luz la formaban cuatro antorchas de llama moribunda en los altos recovecos del lóbrego recinto, y de donde escapar era completamente imposible, no tan sólo por las ataduras, sino también por una inmensa puerta de hierro macizo cual su inmenso peso, al deslizarse con esfuerzo sobre sus oxidados goznes, producía un chirrido insólito.
  • Mi rostro de impaciente pasión delató mis secretos pensamientos.
  • Acto seguido, oí murmuros muy leves entre mi cari y las demás partícipes en el juego, mas al callarse un fino repiquetear de tacón alto se encaminó hacía mí, andar de mujer, con aplomo, decidida, la sentí frenar frente mi figura, y tomando una bolas de hierro, de forma redonda, cuyo grosor, anchura y altura no excedían de los dos centímetros, unidas entre sí por hilos de algodón con un fino filamento de cobre pegado a éstos, introdujo de una en una todo el quinteto a lo más hondo de mi tubo vaginal.
  • Un sonido agudo, el de arrastrar el generador eléctrico a mis cercanías, le sucedió, y un zumbido, idéntico al producido por accionar su mecanismo, le reemplazó.
  • Fueron cinco segundos justos el tiempo prolongado de la descarga, a muy baja intensidad, pero resultaron interminables.
  • Mas se trataba tan solo del primero.
  • - "¡Cinco segundos!" - me confirmó mi amado - "¡pausa de treinta segundos, y retornamos!" - añadió con un cierto tono interrogativo.
  • Yo respondí positiva oscilando mi cabeza en un corto vaivén de norte a sur, pues la sólida mordaza que acababan de fijarme me impedía articular ni un mísero monosílabo.
  • ¡Treinta segundos!… ¡Y de nuevo el tormento de la breve descarga!.
  • Mis piernas se convulsionaban al sentir recorrer las corrientes eléctricas todo mi sistema nervioso, de principio a fin, y pude dar gracias a las ataduras de no caer desplomada contra las baldosas. Mas luchar en vano por desatarme, esforzándome imposible por demandar auxilio, con las únicas fuerzas recuperadas en los efímeros descansos, me volvía loca de placer.
  • A la decena de descargas, vencida, me limité ya a sentir y dejar hacer.
  • Oí un ruido, un cascabeleo de metal contra una capa plastificada, abrirse una solapa, y una terrible punzada, como si un aguijón hubiera atravesado mi piel, percibí en mis pechos.
  • ¡Que dolor! ¡Que dolor!. La afilada púa del alfiler se abría paso con crueldad entre mis carnes hasta que su cabezal aplastado, al término de sus tres centímetros de largo, detuvo su avance. Un mar de lágrimas anegaban mis ojos y resbalaban por mis mejillas, brotando gota a gota sin cesar de debajo del alabastro antifaz.
  • Hasta una docena de esas lanzas llegaban a hincarme aprovechando la insuficiente pausa de las descargas eléctricas.
  • Quizá los estrechos límites que mútuamente nos habíamos confiado, o tal vez el cansancio producto del martirio, me provocaban la confusión actual. Pero ahora, ni era el momento de dar marcha atrás, ni mi pavoroso honor estaba dispuesto a rendirse. Mi mente debía de ser mi salvación, buscando recogerme en otras fantasías al dolor sufrido. Tarea difícil, pues las descargas y las punzadas de las agujas confundían mis audaces ideas, o cualquier espejismo de éstas.
  • Las voces, las de los demás comensales a mi fiesta, las percibía difusas, pero también era consciente de que mi tórrido sueño lo estaba dando por satisfecho, aunque no lograba librarme del infundado temor de finiquitarlo demasiado pronto, mientras perpleja escuchaba cómo, producto de la tremenda excitación que le apoderaba, las elegantes maneras de mi querido habían desaparecido. Andaba errante por delante de mí, con paso presuroso, desigual, sin rumbo, jactándose de la palidez que mi semblante agotado había adquirido. Decía, con tono burlesco, tenía un tinte espectral, y una vacilación trémula caracterizó de pronto su pronunciación.
  • Por los comentarios de una chica, supe estaba ya desnudo, pero el increíble dolor me impedía valorar lo más mínimo la situación. Tan sólo atisbé a pensar que una exultante pasión, incontenible ya, dominaba su mente sin descanso.
  • En cuanto a mí, ya no sabría bien qué decirles, pues mi conocimiento se balanceaba, como si ardiera en deseos de desfallecer de una maldita vez, y así dejar de sentir tan cruenta tortura. Otras veces, en cambio, deseaba advertir al detalle las agujas hundiéndose hasta la más posible profundidad, y notar sin reposo las descargas eléctricas que apenas me permitían recobrar el ritmo plácido de respirar.
  • ¡Cuantas divagaciones me acosaron!.
  • Las correas, más que atar mis brazos, los sostenían, débiles, cansados, extasiados, quienes no se desplomaban por el amarre en torno a sus muñecas. Sólo gozaba de las fuerzas suficientes para percibir la sonrisa lasciva de Bronck y sus pasos acercarse a mí por el costado zurdo.
  • - "¡Escucha, my Lady!" - me susurró al oído con un contagioso tono erótico - "¡vamos a dejarte disfrutar tú sola!".
  • Tal último frase, cual aterró mi ánimo por fin con el pavor cual yo fantaseaba, lo expresó con un tremendo acento de sensual maldad.
  • Cuanto balbuceó seguidamente, apenas lo entendí. Luego, oí los andares de todos los participantes salir de la estancia, la puerta cerrarse, la llave asegurar en su ojete el control implacable de la cerradura, y de pronto, ya en solitud, experimenté de manera especial y con toda su fuerza los sentimientos de mi cautiverio, de las ataduras y del extremo e insoportable dolor que me acechaba.
  • Un botón, cuyo mítico apodo en tantos miles de aparatos es el de automático, se encargaba de mantener activa la funcionalidad del generador. Yo no podía más pero, puesto que la mordaza mantenía a buen recaudo mis súplicas, luché por racionalizar la tensión cual me atenazaba, tratando de convencerme de que tarde o temprano debía de llegar el fin de tal suplicio.
  • A pesar de este acertado pensar, desconocía cómo lograrlo. Resonaban casi sin pausa, a mayor o menor intensidad, los gemidos amordazados provocados por los violentas punzadas de los alfileres, y las lágrimas, las de un dolor insufrible, ya caían más allá de mi cuello, por encima de mi pecho y a pronto de ahogarse una avanzada en el pozo de mi ombligo. Por debajo, la pelvis se balanceaba espasmódica a cada nueva sacudida, de aquí para allá y hacia no sabía donde, y luché, si acaso a tales ridículos forcejeos se les puede llamar luchar, por desatarme, pero los pocos esfuerzos fueron infructuosos.
  • Un temblor invadió gradualmente mi cuerpo, y una vigorosa percepción de horror me conquistó totalmente desamparada en la más absoluta soledad.
  • Afuera, en los parajes aledaños, se había alzado de su almohada una tormenta infernal, cuyos estruendos rezongaban en voz alta, ahogando los retumbos de mis jadeos exhaustos. De lluvia, ni una sola gota, pues aquel fardo de nubes se deleitaba en arrojar sus relámpagos como si éstos fueran un digno espectáculo de la furia naturaleza.
  • Apenas minutos más tarde, un olor a chamuscado envolvió mis fosas nasales, impregnando apestoso hasta la última partícula del liviano aire, y me asustó un terrible rugir, sañudo y voraz.
  • ¡Ah, el bosque! ¡Ardía!.
  • A punto de desfallecer, me despertó imaginar el destello de tonos tangerinos con estrépita alarma, devorando la hechura de las cenceñas lagartijas, cubriendo de ceniza infausta el bálsamo de la algaida, y no muy lejos, por encima de las copas donde anidaban las hermosas aves entre su follaje, se abalanzaba directa contra la casa Usher un macizo de puntiagudas cimas llameantes, que derramaban amazacotadas formas y tamizaban los mortecinos coníferos sus refulgentes canceladas.
  • ¡Que terror!. Se podía percibir los gritos de los comensales quienes huían espantados. Las aves, cuales estuvieron a tiempo, batían raudas las alas en evasión por encima de las viseras de la centenaria casa, y la fauna más vivaz corría despavorida por entre los abedules que se desplomaban como un castillo de naipes.
  • De entre todo el alborozo un trote veloz en las escaleras de la morada atrajo mi atención, y reconocí, por el modo al pisar, el paso de mi amado. Un instante después, colocó la ganzúa y con celeridad abrió la puerta, mas sus rodillas temblaron al contemplar mi faz de una apariencia casi cadavérica.
  • - "¡No te preocupes!" - le exclamé en un tono pícaro - "¡la fantasía!… ¡insuperable!" - añadí pudiendo esbozar una sonrisa en mis labios.
  • En los ojos del pobre Usher se reflejaba el espanto por la escena, mas no se detuvo y me libró de las firmes correas que me ataban.
  • - "¡No hay prisa!" - volví a decir - "¡pues ya soy espíritu sin carcasa!".
  • Perplejo, mi cari acogió mi cuerpo en su regazo al desplomarse inerte, asfixiado por un denso humo que copó el oxígeno de mis pulmones.
  • ¡Y la tarde!… Se tornó noche tempestuosa de una belleza severa, extrañamente singular en su terror y en su hermosura, aún sin ver una estrella ni la arrumbada luna, pero las llamas que asediaban la casa amortajando su fachada hacían resplandecer todos los objetos de un modo infernal.
  • Por las buenas o por las malas, pronto, muy pronto, sería toda la casa una pira descomunal, y las gentes, ya a salvo, miraban incrédulos desde la lejanía cómo el señor Usher no huía.
  • - "¡Ha muerto! ¡Ha muerto!" - le oyeron gritar desolado a él, quien era tomado por hombre fuerte y valeroso entre sus vecinos.
  • Pero yo, allí, testigo presente, vi brotar de sus conductos lacrimales un sinfín de tristes gotas cuales no eran suficientes para desavivar la furia de las llamas.
  • Fue, sintiendo un insoportable dolor en lo más profundo de su ser, que la maza del fuego se abrió paso por las más norteñas estancias de la morada, rompiendo cuanto se cruzaba a su cauce, y él, derrumbado, cerró la puerta, quedando los dos solos, en la panza de aquel devastador infierno donde se escuchaban los gritos sofocados de las maderas al perecer, tomó su escopeta de caza, cargó dos cartuchos de pólvora, y colocó su sien a tocar de la bola del cañón.
  • No parecía nervioso, sino más bien seguro de su próximo acto.
  • En su piel desnuda se reflejaba el fulgente candor de las llamaradas, dándole ese clásico aspecto sonrosado.
  • - "¡Mi princesa!" - pronunció acongojado y postrado en rezo junto mi cuerpo - "¡esto de no debía de haber ocurrido!" - sumó abatido y con una amargura que, quien lo hubiera escuchado, jamás podría olvidar - "¡pero no te preocupes, pues yo, el último de la antigua saga de los Usher, vendrá contigo para siempre!".
  • Créanme, si les digo que el alma fantasmal le besó grata, justo antes de escucharse una tremenda explosión y un olor mortal emanara por la ventana abierta de par en par. Había hundido su testa descuartizada entre las piernas de ella, y una palidez inusual comenzó a extenderse como odiosa epidemia por toda su figura carnosa. Mas sus ojos miraban a su amada, muy abiertos, fijos, con la alegría de un reencuentro, y las llamas, como por arte de magia, se difuminaron, y se tornó todo en una lóbrega oscuridad, inquebrantable, cegadora, y de pronto un rayo de sol penetró por la ventana, poco a poco, sin prisas, sin ninguna prisa.
  • ¡Ah! ¡La puerta! ¡Abierta! Y yo… yo… ¡era yo!.
  • Ruego me comprendan, pero era incapaz de contener mis nervios. Una sonrisa malsana tembló en mis labios, con mi vista anclada adelante, y huí aterrada.
  • Crucé su umbral y corrí, corrí tan lejos y veloz como pude hasta que, ya jadeando de cansancio, me volví para ver la vasta casa, cual quedaba toda sola en su ubicación, y mirándola su fachada se tiñó de un pigmento rúbeo, y aquella fisura de la cual ya les he hablado, se ensanchó a una velocidad de vértigo, y en un instante se desmoronaron sus poderosos muros.
  • Hubo un largo y tumultuoso clamor, como los gritos de las cascadas, mas quedó tranquila la casa Usher, pues por fin pudo desvelar su historia real y hoy, a los ancianos del lugar, les oigo contar que donde se erigía tal morada, ahora se yergue de nuevo el bosque aún lozano, hangar de esbeltas acacias, encinas, hayas, y cándalos y parapetos de zarzales y cuantos más perdonen no nombre, y bajo sus fértiles raíces hay madrigueras, cobertizos de reptiles cuyos antepasados perecieron en ruda catástrofe, y vuelven las aves a cobijar su plumaje al amparo de las frondas verdosas, y a tejer los arácnidos sus redes de pesca entre los recodos de silvestres tallos, y supongo que ellos, estén donde estén, juntos, amantes, apegados a su vetusta casa, se alegrarán de tal renovado esplendor.