|
|
| Fecha |
23
/ 02 / 2010 |
Autor/a |
marcgisbert
|
|
|
***
Relatos de bondage VIP - La estación ***
|
|
|
|
Antes
de leer y conocer los relatos, visitar el artículo
de presentación para conocer su historia y su leyenda.
|
|
|
|
|
|
| La
cándida doncella de cual a continuación les voy a hablar,
y ese ingenuo muchacho con quien comparte protagonismo,
se reencontraron tan sólo tres días después de haberse
conocido, justo cuando ella pisó el último escalón de
metal que descendía del vagón hasta posar la fina suela
de su lustroso zapato en el solitario andén alfombrado
de rica tierra. |
| La
aguardaba su príncipe desde bien entrada la mañana en
la destartalada estación, quien goza de ser la más aledaña
al norte de cuantas anidan junto a la madre nodriza de
la vía férrea, mas es ése su único privilegio pues para
colmo de los desprecios consta en los mapas como un vago
apeadero, apesadumbrado de su mala suerte al devenir,
ya que cuentan los ancianos la vieron siendo ellos muy
infantes toda engalanada, con sus muros pintados de esbelto
zarco y los relucientes cristales abrillantados a cada
lunes marcando el inicio de cada semana. |
| Quizá
fue el paso de los años quien la deterioró, o tal vez
la escasa productividad en un mundo cual sólo olfatea
el olor al prado de la ciudad, verdea, azules, dorados,
plateados, anaranjados sin pétalos y alguno más que ruego
me perdonen si olvido, pero no son flores sino papel y
dinero cuyo nombre es señor don dinero y que en mi humilde
morada reina por su ausencia. |
| Fuese
cual fuese la causa, la muy desgraciada cayó en el funesto
descuido de sus domadores hasta ser abandonada sin más. |
| En
verdad desconozco la razón exacta, pero daba lástima ver
sus paredes roñosas con el pulido esmalte de su maquillaje
caído a trozos, los cendales rotos de sus marcos de madera
podrida cerrados a cal y canto, y los trenes, que durante
tantos lustros la reverenciaron, copados de plebeyos pasajeros
cuales ahora la miraban burlescos ignorando su antaño
esplendor, apenas tenían el honroso detalle de detener
máximo un par de ellos cada día, sumando sendos sentidos
de su única vía. |
| Sí,
señores, desgraciado es el huraño apeadero, cuales escenas
frente su dolida fachada no son como siempre nos hemos
imaginado, despedirse familiares en un mar de lágrimas
y pañuelos en manos alzadas como banderas, y los entristecidos
rostros de los viajeros amarrados a las mamparas de los
carruajes, con sus ojos envueltos en lúgubre penumbra
y anclados firmemente en sus seres queridos que pronto
ya no verían. |
| El
consuelo, el del pobre apeadero, era el de saber que sobre
sus tejas de barro cocido por sombrero posaban a menudo
su vuelo las aves, y sentir sus zócalos, antes pintados
con una gruesa franja del más galán azabache, repleto
de flores silvestres quienes con suaves caricias le ayudaban
a soportar las horas de más dura soledad, a él, al vetusto
apeadero, a quien al partir los convoyes nadie se abrazaba
abatido en el arcén, ni quedaban contemplando con añoro
el férreo trasero del ferrocarril retomar su destino a
la frontera por encima de los paralelos raíles hasta desaparecer
al torcer por allá el firmamento. |
| Pero
de cual día yo hablo fue cuando unas pupilas de verde
zafiro vertiendo destellos de pasión se dignaron tiernos
a visitarlo, sentándose junto a las tibias sombras que
en alguno de sus flancos a cualquier hora se hallaba refugio
de la canícula estival, y el mundano apeadero renació
de |
|
|
- sus
cenizas.
- Por
fin pudo gozar de un reencuentro anunciarse con un beso cual se
posó en sus mutuos labios, en los de ella y su amado.
- ¡Que
enorme júbilo sacudió su atmósfera vacía!.
- Aquello,
para el roído apeadero, fue su paraíso, el poder ver a dos amantes
mirarse embelesados de la jaranera razón... ¡y cómo gozó!.
- Me
refiero al desvanecerse los minutos remansos por el antojo arrumaco
de los obscenos besos, al empezar los labios brindar, fundiendo
las lenguas en un estrecho abrazo al albergue de sus ansiosas
bocas, y la calma, aquella perpetua cual merodeaba al dejado apeadero,
estalló en jadeos monosílabos, o a lo más generoso bisílabos,
y desvistieron sus carnes no como cuando uno se acuesta sino al
desearse con ardor, arrancándose casi a jirones las prendas hasta
dejarse ya sin fraques, con las manos blasfemas de él abiertas
y llameantes tocando los pechos libres de la princesa y ella,
que le circundaba por su cintura desnuda, derritiéndose al amoroso
tacto.
- ¡Que
enorme deleite le supuso al olvidado apeadero!.
- De
nuevo los besos chasquearon, las turbulencias de sus lenguas siguieron
siendo rúbricas del primer encuentro... ¡y cómo revivió el senil
apeadero sus recuerdos de juventud!.
- En
segundos, la distancia entre los dos amantes se hizo añicos, las
pupilas se seducían a mordiscos, los verbos del querer se conjugaban
en santa confesión, y ese tacto, el de las yemas mimosas sobre
los senos descubiertos, el delator erizo naciente del pezón con
su vértice de gredosas nieves perpetuas, les enloqueció.
- ¡Resultó
increíble a ventanales del apeadero!.
- Jamás,
ni en su era dorada, vio tal acto sucumbir, con el cráter del
íntimo volcán emanar su preaviso delirio de lava, y los deseos
convertidos en tan fuego vivo que incluso al besarse se doraban
los labios hechos anillos de alianza.
- ¡Qué
menos, pensó el vivo apeadero, podía hacer por él la diosa fortuna
que concederle el afortunado honor de relamer sabores añejos!.
- Pero
de pronto los dos amados se vistieron, predispuestos a marchar,
y se entristeció al verlos alejarse de su fornido cobijo.
- Tal
acto infiel el triste apeadero, cual de una cornisa lagrimeó,
no podía consentirlo, mas le fue imposible evitarlo cuando ambos
subieron al vehículo, quien impaciente les aguardaba para huir
raudos de tal hostil territorio.
- ¡Oh,
qué hermoso paisaje les recibió!... ¡Demasiado hermoso para ser
real!.
- Eran
hermosos los senderos de suelo berrendo que torcían a este y oeste,
las sendas suntuosas calcadas por las cortezas de los bosques
doradas al sol, y la tierra masajeada por los rayos del astro
febo cuales trepaban paso a paso hasta alcanzar la nieve de las
cumbres más altas.
- Las
aves parecían haber organizado una comitiva de bienvenida, pues
volaban juntas casi en formación garzas, grullas y faisanes, y
por doquier se veían más bandadas, éstas con sus plumas camufladas
de alabastro, posadas sobre las ramas de los sauces a ambos lados
de la riba de un caudaloso río que apareció casi por arte de magia,
alisándose con el pico las plumas o agitando salvajes las alas
espolvoreándose el plumaje, mientras miraban a diestro y siniestro
con calma precavida.
- De
fondo, se escuchaba con fervor los cantos de un coro congénere
entre los pámpanos del bosque, y aún más lejano se divisaba una
cima, la misma cual en el crepúsculo vibraban oblicuos y desfallecidos
los rayos del sol dando en un último esfuerzo tirabuzones de rubíes
a los nubosos mechones del cielo y donde al caer la noche, exactamente
sobre el perno de su cúspide, se mostraban las estrellas encendidas
en el negro jardín como ricas petitas de oro.
- De
todas las cimas, era la de mayor envergadura.
- ¡Ah,
mi querido lector, cuan bello paraje disfrutaban, a pronto de
ser acosados por la ardiente venganza de un ahora perverso apeadero!.
- Ajenos
al peligro, ellos se deleitaban embobados en contemplar a través
de las lunas contiguas cuanto yo acabo de narrarles.
-
Kilómetros más allá, observaban salpicados los cultivos de pigmentos
amapolas, dorados, púrpuras y tallos verdes, aguardando como sus
vecinos la verduga siega de la guadaña aunque éstos sólo fueran
pasto del ganado, y a los campesinos hendir con esmero surcos
para arar tenaces a mano o con los bueyes tardos la tierra crasa
heredada o arrendada, sin arañar, y su grano sembrado anhelando
brotar en su época lozano cuantos evitasen ser pasto de las glotonas
aves.
- Todos
tenían en su piel el calco del trabajo rudo bajo la reina esfera
de fuego, cual tiñe oscura su epidermis blanca con ese clásico
tono de ocre barnizado, su torso tosco, el músculo de sus gemelos
al descubierto y cuanto resta de pierna desnuda hasta poco más
arriba de las rodillas, camisetas sin mangas, sombreros de paja
sobre las testas, y los líquidos salinos brotando a raudales por
sus glándulas sudoríparas.
- Ciertamente,
hasta la dura profesión era insólitamente hermosa de contemplar,
dando la apariencia de que tal imagen la esbozaba un falso mosaico
colocado al azar.
- Más
allá, donde las doradas espigas del trigo confunden los lingotes
del sol con el oro de la tierra, se escuchaba el plácido sonido
de las esquilas en los libres prados, y el desfilar del viento
en procesión, y ¡cuan de hermoso era!.
- Casi
diez minutos después de cuanto les narro, desviados por un precinto
camino despoblado de inútiles jaeces y no más ancho de dos metros,
vieron por fin su meta, una vieja casa reconvertida en campestre
hotel y cuyos vastos ventanales enrejados a modo de prisión dilataban
sus pupilas a los álgidos céfiros del norte.
- A
distancia, se confundía con una roca despeñada.
- Una
valla, de travesías compuestos por vigorosos troncos de dura haya,
la envolvía, mas... ¡qué extraño, pues el único camino cual conducía
a ella sólo hacía que torcer y torcer, sin alcanzar jamás su magno
pórtico!.
- Las
horas se demoraban agónicas, con las saetas del reloj aún restándole
un trecho para que la mayor rebasara el linde de la media tarde,
mientras la diabólica senda se alejaba sin cesar de su anhelado
destino, pero ellos, locos por retozar sobre hilos y más hilos
de las sábanas, donde los trineos del amor recorren las ardientes
autopistas de las almas, ansiosos por pasar de las manos tocarse
a buscarse su íntimo cofre de tesoros, con sus ojos eclipsados
de luz mágica y las arpas de sus labios entonando bellas rimas
de galanes adjetivos, mostraban una increíble paciencia digna
de premiar.
- Sin
embargo, al tomar un nuevo giro de la senda, la sólida efigie
de la morada desapareció tras los tabiques cetrinos de unos árboles
que sin prisa fueron poblando el suelo y cuya corteza parecía
un armazón que cubría las carnes leñosas bajo sus corazas. En
sus sayas, a la sombra de sus musculosas ramas, atiborraban la
tierra bajos arbustos y zarzales que lo hacían impenetrable, mas
poco a poco se tornaba el paraje envuelto de bosques frondosos,
copiosos de fresnos, castaños, acacias, abedules y especies de
hoja caduca enarbolando con ansia el plumaje que los vestirá hasta
la próxima fronda del otoño.
- Una
aura tenebrosa, diabólica, rodeaba la aureola de sus copas. Pigmeos
saúcos insinuaban maliciosos sus ofrendas en forma de frutos azucarados,
teñidos por los elfos de un precioso violáceo que tentaba al pecado
de tastarlos.
- Por
primera vez tuvieron la impresión de haber tomado el camino equivocado,
mas era tan descomunal su estrechez que resultaba inviable virar
ciento ochenta grados el vehículo.
- Sin
remedio, siguieron adelante, viendo cómo a ambos lados se fundía,
en un insólito sentido del humor, frutos de un rojo intenso y
encendido, capaces de hacer las exquisiteces de paladares exigentes,
con astillosas lanzas de leña sustentadas por las ramas surgidas
de cual esqueleto profería a la vista un deslumbrante albar.
- Sobre
tal reino inconcebible, cayó implacable una espeluznante cortina
de traslúcida bruma, espesa, viscosa, quien obviando sus deseos
los atrapó en la tupida maraña de su más céntrico regazo.
- Perdidos,
desorientados, oían a débil rún rún aquel incansable sonido, el
del río que en ningún momento se distanció, bogando camino de
su piélago, cual desprendía su venus melodía entre los limados
pedrascales con sublime poderío, satisfecho de cenar en deshielos
cristalinos.
- Mas
por si no fuera ya bastante desdicha su infortunio, el motor,
sin previo aviso, desfalleció entre sus malditos clamores de mala
suerte.
- ¡Ojalá
no se encuentren ustedes jamás en afín situación!.
- Aún
así, mostraron una paciencia inconmensurable, digna de alabada
mención pues allí, soliviantando las horas en charlas de todo
tipo, esperaron cuya anhelada mejoría del clima se demoraba cruelmente.
Los cantos de las aves les rondaban en inusual mordaza, y los
pocos quienes avecinaban sus cuerdas vocales sonaban a llanto
al impregnarse del mucilaginoso vapor.
- Cumplida
ya la cuarta hora, puesto que la niebla se negaba a marchar y
su vehículo a funcionar, decidieron alcanzar la casa a pie, regresando
por el mismo trayecto ya recorrido para evitar perderse.
- Tal
intento sabían les suponía una hazaña, pues la velosa oscuridad
se había apoderado sin fisuras del halo cual circundaba su escena
romántica, haciéndolos andar a ciegas con pasos cortos que resonaban
casi de un modo maldito en medio de ese tenebroso silencio.
- Los
dos, cogidos firmemente de la mano, anduvieron cuanto no se pueden
imaginar. Hervían las plantas de sus pies, y los vigorosos músculos
de las piernas, cuales tan convencidos se mostraron al inicio,
comenzaban a plantearles serias dudas de su larga resistencia.
- Agotados,
con las espaldas curvadas por cual cansancio les azotaba, ni mediándose
palabras entre ambos, escucharon entre la orquesta de la viva
naturaleza un violento golpe imposible de concebir, como el de
una puerta cerrarse. Las pantallas de los relojes ceñidos en sus
muñecas figuraban vacías, hartos quizá de marcar un tiempo que
no existía, mas entonces, cuando el temor se ciñió en serio a
los hondos seres de sendos amantes, se alzó una cálida brisa que
a una velocidad endemoniada disipó por completo la espesa niebla.
-
- "¡Dios mío!" - exclamó el muchacho sorprendido al contemplarse
rodeados de cuatro recias paredes, con su pintura caída a pedazos
y a cobijo de un techa cuyas vigas rectas de vetusta argamasa
cruzaba todo lo longo de norte a sur.
- Los
dos, aturdidos y confundidos, se formularon una pregunta tras
otra, interrogaciones sin arte rebuscado sino más bien clásicos
vulgares... dónde estamos... qué es esto... y tantas emparentadas
que se les hicieron imprescindibles, pero sólo un abominable eco,
similar a los sórdidos ecos de catacumbas, respondió con sorna
idéntica a cada una de todas éstas.
- Había
un reloj, más o menos tres metros por encima del nivel establecido
a partir de las inmundas baldosas de arcilla alfombrando el centenario
suelo, fallecido a las veintitrés horas y doce minutos del día
catorce, de un tal año cuya decena final era el diecinueve, última
fecha cual indicaba la cruz de tinta roja que tachaba citada onomástica.
- Sobre
ellos, esculpido con punzón en una tabla leñosa sin alijar, pendía
una inscripción: Apeadero de Est Bellien.
- -
"Estamos en la estación" - clamó estupefacto, aunque si hubieran
escuchado su tono de voz dirían que tal hecho inconcebible le
resultó incluso gracioso.
- Cabe
decir que tal actitud, al intentar abrir la única puerta y comprobar
que no era factible pues la manecilla interior estaba rota, sufrió
un vuelco radical.
- -
"¿Alguien puede abrirnos?" - chilló a viva voz, y puesto que no
obtuvo respuesta golpeó la cancela con los nudillos de su puño
zurdo cerrado, flojo... una... dos... pero a la tercera ya azotó
con más violencia, más... mucho más... ¡y como se malhumoró el
pobre apeadero al notar aporrear sus labios sellados!.
- ¡Con
que permiso osaba agredirlo!.
- Su
espíritu, el de las arcaicas estaciones que han visto a las buenas
gentes de siglos pasados suplantarse por una generación egoísta
sin igual, se enfureció, resollando bocanadas de aire que a plomo
caían sobre los tórtolos, y el habitáculo, hasta entonces cincelado
por una fresca atmósfera, comenzó a caldearse.
- ¡Calor!
¡Mucho calor! Como si el fuego célico, ese mismo cual ciega los
ojos irreverentes que le desafían a mirarse con reto, hubiese
abandonado, justo encima de su cabeza, polvos de oro y torbellinos
de chispas doradas mientras recorría implacable la bóveda de este
a oeste.
- Fustigados
por la cola de tal hervoroso látigo, chorros de sudor emergieron
por los poros de los amantes aunque, si me permiten una puntualización,
la temperatura se quedó estancada cuando el ambiente cerrado rondaba
los cuarenta grados.
- Aún
así, ¡cuanta calor! ¡Insoportable! Harta de sufrirla, la joven
desabotonó su blusa de un níveo traslúcido mas, visto su resultado
insuficiente, decidió desprenderse de la prenda y con mala fe
arrojarla contra la franja del zócalo diestro.
- De
excitante imagen la tildó la estación, vista luciendo sus pechos
bajo la única coraza de su erótico sujetador tintado de sensual
murice.
- Respecto
a los sonidos, sólo se escuchaba el concierto de sus voces rogando,
más bien suplicando, por el regreso de la libertad, pues en ambos
imperaba la macabra sensación de sentirse ova prisionera en una
mundana charca frente la vaga sombra de la daga de la muerte,
cual día y noche no cesa de acechar.
- Pero
sus loas, sus pregones, o como ustedes deseen tacharlos, no iban
más allá de cuyos sólidos barrotes de piedra impedían también
huir sus carnes.
- Con
su uso de la razón perdido, la chica continuó desvistiendo su
figura, y ya no les hablo de exhibir la lencería a conjunto, sino
de quedar completamente desnuda, salvo por unos zapatos de tacón
alto y tiras finas que acrecentaron la lasciva forma de sus carnes.
- Todo
intento de calmar su histeria resultó infructuoso, con palabras,
abrazándola o acariciando suave su efigie de color canela.Sus
tiernas pupilas se miraban a los ojos, cómplices, apasionadas,
buscando en esa escena sofocante templar los ánimos atenazados
por un pánico quizá irracional, y sin apenas pretenderlo llegaron
a atraerse como imanes, y el borde los labios chocar uno contra
otro.
- Sus
manos, las de él, la rozaron desde los hombros a la cintura, con
sus besos asolando primero la boca de su amada para luego descender,
por el cuello, los pechos turnados, y seguir por el músculo abdominal
hasta donde, más allá del ombligo, aguardaba ella la gloria de
sus proposiciones indecentes.
- Por
supuesto, tal cinéfilo acto encantó a la vengativa estación. Se
sabía porque, con sus puños encogidos, se frotó los cristales
para soliviantarlos de la sucia red tejida a través de los años,
y fue gracioso, ahora ya conseguidas sus pretensiones, ver sus
parapetos enrojecerse de la desvergonzada decisión de la pareja.
- Entre
tanto, el muchacho, ya libre de inútiles telas que afeaban la
escena, había hincado sus rodillas en el suelo y acercado, con
ávidos deseos, su faz de frente a la entrepierna de la cándida
novia.
- ¡Créanse
como disfrutó la estación!.
- Cara
a cara con su vulva, la lengua de él cruzó la aduana de los labios
menores, husmeó por su abertura, sita en torno a su baja pelvis,
y sin más demora entró las papilas por cuya cavidad profundizaba
a la otra riba de la frontera.
- Un
ronco gemido exhaló de la garganta femenina, no de terror sino
de gusto, mientras ladeaba su cabeza hacia atrás, como si tras
la pantalla de sus párpados sellados pretendiera mirar al cielo
de las pasiones.
- Innumerables
gotas saladas resbalaban por si piel con gestos tan perversos
que parecían haberse sumado al festín, surcando las candentes
mejillas, arrojándose desde el mentón a la erógena aureola de
sus fálicos pezones, dejando a su cauce el clásico rastro del
rocío, y ella, quien tenía las piernas separadas una de la otra
a casi no poder más, obligada por los vigorosos músculos de su
príncipe, se revolcaba de placer.
- Si
no hubiera sido por la perfecta insonorización de aquellos tabiques
carceleros, se habrían escuchado atronar sus gemidos en centenares
de metros a la redonda.
- Con
horrorosa lujuria sentía relamerse hasta la saciedad su ansioso
sexo, y su alma, enloquecida por los reprimidos deseos tanto tiempo
en silencio, rogaba sumisa más y más. Su pícaro tono resonaba
con un ardor que ni la aura cual les envolvía lograba superar
y cuyo acento desvarió el control del muchacho, pues una formidable
erección dio vida propia al viril periscopio de su cintura.
- ¡Cuánto
gozo añejo invadió a la estación! Décadas y décadas había fantaseado
su esbelta estructura en presenciar tal arte, allí mismo, en la
sala de espera, o en esa especie de sótano cuadrado usado años
antaño como desván trasero donde almacenaba equipajes de viajeros
y bultos de carga.
- ¡Por
fin! Qué delicia, verlos regocijarse de júbilo en su íntimo abrigo,
y compartir los tres juntos sus vaivenes alocados al invadirle
la recompensa de su orgasmo, desmelenados sus cabellos, retorciendo
sus cuellos sin rumbo fijo y balanceando las cinturas, adelante,
atrás, mientras ademes de esperma volaban hasta caer yardas más
allá sobre la insaciable panza del ignorado apeadero.
- Desde
aquel día, luce los cristales pulidos como en su era dorada, con
su fachada pintada de un reluciente zarco cual se bate en duelo
a la hermosura del paisaje, su maquillaje cuidado día a día, los
cendales de madera noble, y los pasajeros, quienes bufones la
detestaban, ahora la miraban impresionados por ser la estación
más bella de todo el largo trayecto de la vía férrea.
- Nadie
entiende la razón de su increíble rejuvenecer, ni nadie jamás
podrá dar una exacta explicación a tal suceso, salvo una joven
pareja, huraña a su propia especie, que tantas veces merodean
por sus lindantes y cuya actitud las hordas de incrédulos nunca
entenderán.
|
|