Fecha 23 / 02 / 2010 Autor/a
marcgisbert
*** Relatos de bondage VIP - La diosa del mar ***
Antes de leer y conocer los relatos, visitar el artículo de presentación para conocer su historia y su leyenda.
Por primera vez en muchos años, al despertar, no vi marchar la cita nocturna enseñando su íntima lencería de raso azabache al cielo azul. El alba, cual recoge el rocío abatido sobre los limbos de las hojas, parecía haberse apresurado a desarmar el toldo opaco de la monarca noche que había cubierto la bóveda hasta perderla en el horizonte de los tejados hogaños, y a punto de marcar las saetas la hora previa al mediodía reinaba, tras el envés de los torreones que no me dejaban verlo, el espléndido aro de fuego que alumbra la corteza de la tierra.
Percibía, eso sí, el hálito mágico de su tacto paterno aunque, como es fácil de suponer, aquella mañana sus rayos no llenaban ningún valle, con los pájaros gorjeando sus lindas melodías tapizados de policrómico plumaje, violeta, amapolas, níveos, pardos, de símil girasol, ocres y castaños, ni había azucenas, ni tonos tulipanes, ni cauces de ríos con rubíes estratificados en sus limadas piedras y regueros de diamantes a torcer de las sendas boscosas.
A esos álamos de cemento no les clamaba ningún himno jocundo del amanecer.
Al contrario, pues les reemplazó una música martirio de oídos a la cual no estaba acostumbrada, voraces sirenas que se superponían las unas a las otras todo el grupo sexteto sin respeto, con sus luces fulgurantes trepando arácnidas por la fachada del edificio, mezcladas de azul turquí y anaranjadas, rebasando sin permiso concedido los tabiques donde ocultos por su amparo las gentes hacen de la alcoba su nido.
Ni cuando muy infante viví entre tales armatostes había visto jamás tal lamentable alboroto.
Los vi arrastrando mis adormecidos pasos descalzos hasta descansar las palmas de mis manos en la repisa de la ventana, justo cuando repicaban las campanas en cuya iglesia hizo famosa un rayo al carbonizar su pedrisca fachada.
Abajo, a ras de suelo, se tendía un manto de carrocerías chapadas, y de su interior salían a pares agentes uniformados, y los interfonos, los de los portales, parecían haber enloquecido, sonando desde la planta baja hasta el último de los pisos.
Cuando por fin callaron, todos fueron zapatos en abundante manada al galope por los escalones, y aporreando con sus puños las maderas de las puertas se detenían rellano a rellano.
El escándalo duró hasta casi bien entrada la tarde cuando, cubierto por una inmaculada sábana blanca y postrado sobre el lecho de la cama, retiraron al fallecido, causa del revuelo.
Coincidencias de la vida, debió de ocurrir tal fatal destino, a cuales las malas lenguas de sus vecinos decían estar aventurado, la única noche en que, por razones de incompatibilidad horaria, me quedé a dormir en el hogar de mi mejor compañera de estudios.
Disculpen si no soy más detallada, mas sólo tengo la imagen grabada de aquel individuo convertido en repelente cadáver. Mas lo sé, que ahora, ya muerto, no debe de dársele mayor importancia, pues no le restan más despertares, y valga para demostrarlo el hecho de las gentes insistentes con su previsible desenlace. Hablaban de él con frialdad, distantes y sin estima, algunos con despecho, mas ya se sabe, en los tiempos actuales, cuan de falsa valentía rebosan multitudes de ineptos.
De nombre, Phillip Line; de carácter, introvertido, huraño, exaltado por una brillante imaginación cual
  • pocas veces se dignaba a demostrar, aficionado a la lectura, porte esbelto, con sus largos cabellos oscuros dejados crecer a su libre descuido y unos ojos tintados de ocre que evitaban mirar cuanta escoria le rodeaba.
  • Rondando la mediana edad, seguía su alma ardiendo en las llamas de su eterna juventud, mas, ¡cuánto le agradaba pasear!.
  • Quien conozca la ciudad de Barcelona, bañada por el mar Mediterráneo en las costas catalanas, sabrá a donde me refiero si digo, como ubicación de su morada, el barrio de Sants, justo en una pequeña rúa a tocar de la fronteriza Riera Blanca, y sabrán del recorrido al tomar, a su paso de portantillo, las estrechas callejuelas hasta la plaza España, famosa pues, entre otras peculiaridades, a la zurda de su rotonda se organizaban años antaño, en un funesto recinto cual me niego a nombrar, espectáculos taurinos de brutal crueldad.
  • Producto de su agorafobia, torcía por la Avenida María Cristina, evitando los vivarachos tumultos de los malditos gentíos quienes sin más preocupación no cesan de darse voces, en los bancos, en los ánditos o bajo las sombras de las fachadas, entablando luchas dialécticas, bregas, bullas, y gritaban y más mascullaban, y con mérito su inteligencia bien amagaban pues si no eran sus frases tácticas de camuflaje estaba el pobre hombre inmerso ante la más abrumadora convención de analfabetos.
  • Muy sencillo me resulta comprenderlo, y aún con más facilidad asumo su gusto de caminar por la emblemática montaña de Montjuich.
  • Subía por sus cuestas de cetrinos vellos a los flancos de las aceras y bajo la sombra de cuyos árboles se erigen como más bien se puede en el infierno de la urbe. A su paso quedaba un poblado amurallado, de cuando la esclava ciudad sólo era fábula de caciques, o el estadio olímpico repleto de su magia divina que justifica los segundos, y cercano al cual, en un discreto parque ignorado por la mayoría, donde tantas veces alentaba al abrazo de las sábanas noctívagas el tic tac de su reloj de pulsera, se sentaba a leer cuanta poesía le agradaba escribir, embelesado en las dignas reinas mayúsculas de cada párrafo y pimpolla minúscula sus ansiados plebeyos, entrelazadas con finos apéndices cuales conducían su destino de oeste a este, en artista caligrafía de lindo trazo y teñido en abisal negro.
  • Pero su fantasía le hacía loco a los ojos de los demás incrédulos.
  • Presumía de haber conocido, en la solitud hivernal de esos parajes, a la doncella de quien hablaba con ido amor, de que decía que su voz le sonaba a ese timbre de senzontes que hacen enrojecer las vergüenzas de las rosas embriagadas, y que supo sin error, al devolver en eco cuyo nombre le pertenece desde la fecha de su bautizo, que ésta era la bella dama de sus sueños.
  • ¡Con que devoción hablaba de su amada! ¡Cómo olvidar su belleza, y el genio de su inteligencia!.
  • Describía con increíble pasión los paseos de ambos por las anchas aceras de sus avenidas, embelesados no en el paraje sino en su amor, hasta ver la noche aplacar la destellante luz del día, mientras el cielo se entoldaba de un rico alabastro que hacía las delicias de cual romántica balada muchos toman con sorna.
  • Acogidos en su abrigo, bajaban por la ladera de la montaña, en busca de esa nocturna soledad frente al vasto mar.
  • A su zurdo cantil, veían los veleros de recreo deserizar sus velas de lona en los mástiles que siglos y siglos oran por el privilegio de recibir los empujes del viento, mientras a tocar de la costa opuesta, mar adentro, bogaban maltrechas barquillas de pescadores cuales rogan todo lo contrario, para que el embate de las olas bravas no las arrojara contra las escarpadas rocas donde los percebes y más moluscos hallaban su refugio.
  • Tres míseros euros les costó navegar en una burda embarcación de remos entre sendos imperios.
  • La completa oscuridad de una noche donde la luna cumplía sus compromisos oficiales en el antónimo hemisferio les permitió surcar las aguas sin ser vistos a ojos foráneos, tan lejanos de la orilla que se percibía ésta como un pequeño trazo ambarino allá en el firmamento.
  • Fue por el énfasis con que él remaba.
  • Miraba encandilado los ojos de su princesa, de un verde esmeralda cual fundía el reflejo de su iris con el agua en calma, y de pronto, a salvo de todo odioso abordaje, la chica se arboló en pie sobre esa tambaleante plataforma de madera, luciendo su vestido informal que en atrevido escote dejaba contemplar el desfiladero donde sus pechos se alzaban, y flexionando sus dos codos empujó los finos tirantes quienes evitaban a la tela desplomarse con incomodo.
  • Podrán imaginar qué deseo irradió en las cuencas del novio.
  • Centenares de yardas les distanciaban de tierra firme cuando ella, completamente desnuda, subió sus brazos en paralelo por encima de su cabeza, bien estirados, con las palmas abiertas, ladeó su figura un ángulo recto, y de un brinco saltó de la barca para zambullirse en las profundidades oceánicas.
  • Desde la cubierta, él, quien comenzó apresurado a desvestirse, la vio bucear, pero al cabo de unos metros, mientras iba la reina de su alma sumergiéndose en el espejo traslúcido, la fue perdiendo de su campo de visión.
  • Segundos más tarde, con el ceño fruncido por un incesante congojo, la buscaba con ansia entre los dominios del mar. Sin embargo, la intensidad de las tinieblas abismales se convirtió en impenetrable para la limitada vista de los hombres y él, desesperado, se volvió loco, creyendo haberla perdido para siempre, y afinó el oído por si lograba interceptar el chasquido típico de los cuerpos emerger a superficie.
  • Justo entonces, y muy por debajo de la quilla, le pareció escuchar la voz de su mujer, que exhalaba un alarido prolongado, histérico y terrible.
  • Sobresaltado, se arrojó sin dudarlo a su rescate.
  • Bajó y bajó, guiado por unos gritos que no cesaban de atronar y fue, cuando la presión submarina le advertía de reventarle los sentidos, que por fin la halló.
  • Si ustedes la hubieran visto, jamás tampoco la olvidarían.
  • La muchacha, alegre y hermosa, sonreía, sumida en el imperio del agua lóbrega, en posición erguida, con sus brazos inertes, extendidos a los lados en forma de fúnebre cruz, mostrándole de frente la túnica de su carne libre, y su cabello, que conservaba en parte su peinado terrestre, rodeaba su rostro bello en una aureola de oro, como miles de pepitas agrupadas en torno a su madre mina. Sus brillantes ojos no miraban hacia abajo, en dirección a la abismal muerte donde la mayor esperanza de todo vivo reencuentro habría sido sepultada, sino que aparecían como clavados en dirección a su príncipe, y sus pies, ¡ay, sus pies!.
  • Sus diminutos pies descalzos resplandecían, cubiertos por una multitud de escamas cuales caían desde la cintura y que bifurcaban a su fin en dos aletas bilobuladas.
  • Bien mirada, su cabeza tenía un contorno esferoidal, con dos orificios nasales en forma de media luna que podía obturar voluntariamente.
  • ¡Una nereida! Una nereida, joven, cuya impresionante belleza había adornado con collares de perlas plateadas, mas si no me creen, si prefieren confiar en aquellos sabios flatulentos y arrogantes, sentados en sus tronos de guanos, quienes afirman que no existe tal espécimen, díganme… ¿qué diablos danzaba jovial frente a él?.
  • Por favor, séanme ustedes más inteligentes que toda esta burda tropa de mortales, y sepan que por ser desconocido no implica no existir, pues no les vaya a ocurrir cuanto él en aquellos instantes aprendió, que su fe se iluminó ya tardía.
  • ¡Ah, señores, alegre por verla en vida, fue el hombre a abrazarla! ¡Ya abrió sus brazos de par en par para fundirse al tono canela de su torso! Sus jugosos labios temblaban con ardid deseo de besarla, y sus lágrimas, embargadas de emoción, brotaban a raudales hasta confundirse con sus congéneres saladas.
  • Mas…¡ah, señores!, con sus cuencas trémulas por el derrame acuoso vio estupefacto brotar muy allá, de una boca entre las rocas abisales, una luz intensa, irresistible, de un vivo tono fogoso cual reclamaba su atención.
  • Un hormigueo recorrió de cabo a rabo todo su cuerpo al ver salir de entre su aureola dos tritones de fornido porte, y sobre cuyos lomos cruzaron aquel misterioso pórtico que cegaba las iras de las almas para tornarlas dóciles y mansas.
  • El tumulto de algas y peces se apaciguó, y la luz, cual escocía al mirarla con fijeza, se volvió plácida, de una claridad difícil de describir, pues ni el sol ni los hilos de cobre son de su igual y él, perdido, desorientado, casi incrédulo, aposentó sus plantas descalzas en el suelo fangoso mientras aguardaba acontecimientos.
  • Cabe decir que fue recibido con exquisita cordialidad.
  • Cincuenta nereidas, cuales nombres de todas guardaban directa relación con el mar, le agasajaron tan sólo verle. Danzaban un baile sincronizado cual era una auténtica reliquia de siglos pasados, dotado de un arte inigualable capaz de embrujar la razón de sus víctimas expectantes y del que, hasta día de hoy, no se tenía conocimiento.
  • Respecto al escenario en sí, les desvelaré que aquella cavidad rocosa gozaba de una amplitud descomunal, con afiladas estalactitas vestigio de su cenótica prehistoria pendiendo en lo alto de la cúpula y un sinfín de túneles bifurcándose en todos los puntos cardinales.
  • ¡Que hermoso era! Mas, para su desgracia, no era el paraíso.
  • Su amada, tan fina y elegante, con esa sensual desnudez cual muy erótica le exhibió sin tapujos, arqueó los segmentos de sus labios hacia arriba, esbozando una de sus cándidas sonrisas cuyo arte derretía la pasión de su conquistado, mas su orbicular continuó empujando con mayor ahínco, mostrando para su temor el blanco esmalte de sus afilados molares y un borde atenazante con forma de cincel en todos sus incisivos.
  • ¡Cuan de horrible le resultó verle enseñar su dentadura con aviesas intenciones!.
  • La incesante opresión del fondo marino sobre su cuerpo, quien le silbaba a los tímpanos su terrible antojo de explotarlo aunque, por capricho de las divinidades, reprimía sus deseos, y la tierra pegajosa que calzaba sus pies en plomizo yodo, le habían convertido en una presa increíblemente fácil.
  • Para su adversidad, ahora comprendía el por qué de aquella luz peculiar, pues sus destellos fulgurantes le impedían atisbar la salida de su jaula.
  • Incapaz de escapar, una infinidad de recuerdos le sobrevinieron, sobre sus horas de escribir trazando la primera letra en el primer pliego de la primera hoja al brotar la aurora, rememorando a sus pocos amigos que desconcertados jamás sabrían de su trágico devenir, de aquel sonido estallando a plenas saetas del gélido invierno los tonos topacios y carbluncos en el fuego de la chimenea, y cómo no, ¡las citas inolvidables con su idílica nereida!.
  • Citas de observarse desnudos con los ojos cerrados… De bajar los besos desde la húmeda boca a sus senos, y de éstos surcar las carnes hacia la perla hundida del crustáceo ombligo… Y de su amor, abrasando con la noche fría afuera, cobijados mientras la lluvia golpeaba los cristales enfurecida.
  • Mas ahora su corazón palpitaba a un grado de espanto que por suerte muchos de ustedes jamás conocerán, y a cuyo nivel ni la imaginación más audaz es capaz de ascender.
  • Mientras tanto, ella se mostraba recia frente a él, distante e impasible. Su estatura bien podría haber dicho estaba cercana en torno a la media de los mortales pero, si se tomaba dos puntos de referencia, fijados éstos en el extremo de su cola y el restante a lo alto de su cabello, se podía observar un ligero crecimiento cual se acentuaba minuto a minuto. Su esbelta figura había tomado un extraño movimiento de contorsión, muy lujurioso; los ojos, ardientes, se habían clavado en la efigie masculina como un voraz depredador no despista sus sentidos de su escogida víctima; pero su rostro se esculpía de virgen doncella.
  • Y de pronto, ¡con que velocidad nadó!. Ni su vista fue capaz de seguirla. Supo, segundos después, donde se hallaba al sentir hincarse, a escasos centímetros de su trapecio, las punzantes dentinas de su calculadora cazadora.
  • ¡Que dolor le doblegó!. Como acto reflejo, tiró la cabeza hacia atrás, mientras una incontenible convulsión desestabilizaba la simetría de sus hombros. Cerró sus ojos, y un enjambre de burbujas emanó de su garganta al gritar, mas la presión submarina amordazó sus letras al vuelo.
  • Atenazado por sus mandíbulas, ni tan siquiera logró discernir por cual de los orificios soterrados lo introdujo, inmersos muy a lo hondo en una lóbrega oscuridad enorgullecida de su dueña.
  • En aquella crítica situación, donde al final le aguardaba una cámara sin un ápice de luz, bien le fue fantasear con un ínfimo halo de esperanza cual no gozaba de fundamento ninguno.
  • Si acaso alguna duda de tal fortuna quedaba en su mente, pudo despejarla cuando la dulce nereida, dotada de una visión capaz de no cegarse en ese reino opaco, lo depositó algo recostado sobre el viscoso suelo, sin desclavarle ni un solo instante sus cristales de fosfato de calcio, rozó con sus escamas las piernas de él, y muy lentamente fue encorvando su forma abdominal hasta situar ambas pelvis frente a frente.
  • Un sonido, similar a resquebrajarse un trozo de tela, resonó en la atmósfera espectral, y en el tiempo justo de parpadear ella humedeció su vulva, dilató los pliegues de la piel que la rodean, aferrando tales labios con sus microscópicas ventosas a tocar de sus testículos, abrió su cueva vaginal, y como de un solo sorbo succionó todo entero el miembro pornográfico del varón.
  • El agua, hasta entonces reposando con la misma calma que su afín cónyuge en un cuenco sin corriente, se agitó, salvaje, furiosa, formando uno tras otro efímeros remolinos que absorbían sus sentidos, mas a la vez anegaba la estructura esponjosa y ligera, casi cónica, de los pulmones de su presa.
  • Pero, ¡que confusión le producía el delirio!.
  • Sentía asfixiarse, pero su diva estaba loca por retozar, mostrando un vital frenesí que él, ya con el agua copando la base del diafragma, era incapaz de sostener.
  • Aún así, le jadeaba correspondido mientras ella, con un ardor incontenible, condujo las palmas de sus manos al torso de él, acariciando suave todo su tórax oprimido, rastreando su zona abdominal, bordeando desde su ombligo a algo más abajo, por donde ya emergía el vello púbico, y ascendía de nuevo para deleitarse en pellizcar con los dedos sin uñas los pezones del muchacho.
  • ¡Que terrible gusto sentía!.
  • Mas el flujo acuoso, impasible, que por el cruel misterio antes descifrado le había perdonado su condición de animal terrestre, seguía penetrando, como muerte en silencio, por los bronquios mientras forzaba a reventar las dos capas de sus membranas pleurolas.
  • Sin embargo, ajeno a las sensaciones físicas que le adivinaban su fatal desenlace, el huraño vecino, prisionero de tal ser, sentía su verga relamida hasta la saciedad por la acanalada gruta de la viva leyenda, y ésta, ¡oh, cómo de bien se regocijaba con el grosor de su glande!.
  • Ni un solo espejismo de aminorar mostró la bella fémina, y él… ¡no pudo más!.
  • Como losas de plomo, sintió sus centilitros ingentes de semen recorrer todo el tramo de su robusto tronco carnoso, cual alcanzado el frenillo no pidió permiso, y desbocado atacó como valiente ejército la morada de la linda nereida.
  • - "¡Oh! ¡Sí! ¡Sí!" - baló a modo de canto la satisfecha doncella de su orgasmo.
  • Tres meses después, tendrá sus huevos fecundados de donde saldrá una nueva especie, cuyo objetivo no es mi obligación desvelar.
  • Y él… ¡pobre destino!. Sus sacos alveolares no eran sino bolas hinchadas de líquido acuoso. Sus lóbulos ya no daban de más, y la muerte cegó sus ojos para siempre.
  • Aquel día, medio año después de la fecha estimada por los expertos forenses de su fallecimiento, fue hallado en reposo difunto sobre el lecho de su habitación, pero no olviden que pronto, muy pronto, envueltos de cuyo asfalto tanto presumen, en su aroma a dinero y las almas putrefactas ensuciando el aire puro, sabrán de su descendencia.