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| Fecha |
23
/ 02 / 2010 |
Autor/a |
marcgisbert
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Relatos de bondage VIP - Post Mortem ***
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Antes
de leer y conocer los relatos, visitar el artículo
de presentación para conocer su historia y su leyenda.
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Restaban
pocos minutos para que la saeta mayor en mi reloj de
pulsera alcanzara a marcar las once en punto de la mañana
cuando por fin llegué al tranquilo barrio de Merifeed,
al oeste de la urbe. Es una zona impropia de su ama
metrópolis, pues honrosa goza de su propia personalidad,
ajena a las infectas malas costumbres de las otras piezas
cuales esbozan el conjuntado puzzle de la ciudad.
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| Había
oído mencionar, por quienes bien lo conocían, de la pasmosa
calma de sus rúas, de un gallardo parque con impúdica
falda vestida de corto césped y senderos de retaca pizarra
al cobijo de la sólida sombra de recias acacias que copan
sus costados, de escuetas plazas en incontables decenas
que se suceden entre parentescos por no más de dos manzanas,
libres del esclavo tránsito y el cansino gruñir de sus
motores, con sus baldosas de diseño fundiendo a pares
gamas de desvaídos grises, de sus bajos edificios de frente
vetusta, y sus angostos callejones de lomos adosados que
casi se hocican con su cónyuge por la cálida estrechez
de sus arterias. |
| Por
las tardes, dicen que entre el extraño sopor sólo se oyen
las voces de las personas, el pedaleo de los jóvenes sobre
el amasijo de hierros cuya invención se bautizó bicicleta,
las alguazas ceder al abrirse la provecta madera de los
balcones, o el tambor de los zapatos a cada uno de su
plácido trotar, algunos sin prisa ni pausa y otros torciendo
tantos grados hasta reposar sobre cualquiera de los bancos
de piedra sin respaldos que adornan los lados de las plazoletas.
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| Ciertamente,
el barrio es tal idéntico como había oído hablar. |
| Mirándolo
con aire plácido, era tan soberbia su paz que invitaba
al viandante a recogerse en el regazo pasado de su alma,
donde se encierran los recuerdos, y añorada me reviví
infante, sentada entre los brezos del bosque, apoyando
mi lomo sobre la cóncava piedra con bonete muscíneo, y
cómo usando las rasposas uñas escribía mi nombre en los
plafones de la barrosa tierra, y evocaba que, tal como
sucede en la estrechez de sus afluentes de asfalto, allí
tampoco penetraba los rayos del astro febo entre el frondoso
follaje de los árboles, cual rincón, en pleno corazón
de otoño, tras la lluvia y entre una sábana espesa de
hojarasca marchitada, había un florecer de amanitas y
matas de arándanos mientras las raíces de la selva se
regocijaban lamiendo golosas huestes de galernas. |
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Quizá,
siglos antaño, también fue éste paraje similar, o tal
vez no llegó aquí su aliento por no ser su suelo rico
en manjares, o un fuego o tremendas batallas de los
hombres devastaron por donde sus mesnadas deambularon,
mas era sólo tribulaciones, interrumpidas al escuchar
redoblar a cuatro vientos los péndulos de hierro en
el viejo campanario de la aledaña iglesia de duelas.
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| Después,
un chirrido, el de los goznes ceder al empujar la pesada
puerta del portal, le sucedió a su ya afónico repicar.
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| Sin
ni un solo segundo de retraso me presenté a la cita acordada,
subiendo los peldaños de uno en uno por las escaleras
con barandal de profundo rojizo y estratificados sirgos
atezados que en yuntas torcidas siempre a su diestra trepaban
hasta una nueva planta, y en decena de escalones hasta
el umbral de su cancela leñosa, la segunda del rellano
en el segundo piso. |
| Quien
me abrió fue un caballero esbelto, superando en edad el
medio siglo, con un enjambre de hilos canosos entre sus
manojos de cabellos arqueados cuales doblegaban a los
de tono castaño en |
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- corto
pender, mirándome afable con esos ojos de envidiable zarco que
en su era adolescente debió de derretir la pasión de bastantes
mozas y sus labios curvos flechando una sonrisa al cielo mientras
me tendía cordial su fina mano de doctor, apéndice de su brazo
alabastrino.
- -
"¡Adelante!" - pronunció en voz suave, y a paso firme entré en
su privado edén de cerámica.
- El
aire, afaso, mudo, levitaba impasible mientras los espejos del
ajedrezado vestíbulo, ajuares de las candes paredes, reflejaban
con una insólita sorna candorosa mi visaje imberbe. A las cuatro
esquinas, con sus plantas descalzas sobre las baldosas y en firme
actitud marcial, mostraban honores otros tantos tiestos con armadura
de saúcos y blasón presentes de rosas, jazmines, orquídeas, tulipanes
y violetas, todas de yerto plástico.
- Cruzamos
todo lo largo del pasillo andando él delante de mí, dejando a
mi envés todas las estancias hasta alcanzar en la tercera la mitad
de su despacho, donde una gran mesa en figura rectangular de oscuro
roble loaba la ilustre visita de los pacientes, aunque fuese yo
la excepción pues no era tal la razón de mi presencia.
- A
mi zurda, arrimado hasta tocarse con la pared y cuya envergadura
lo alzaba hasta besarse con la llana bóveda del techo, resaltaba
excelso un magno armario con estantes ahítos de libros y más libros,
colecciones completas de clásicos literarios en perfecto orden
correlativo en lo más alto de los cuatro anaqueles, volúmenes
de las más beldades poesías a sus pies, y más a ras interminables
enciclopedias de medicina.
- De
ventana, no había ni un mísero borrador de tal entre la blanca
cal de su consulta.
- -
"¡Voy a hablarle de un paciente mío!" - me comunicó con loable
educación al aposentarse en su mullida butaca de cuero - "¡M.
Ernest Lefter!".
- Pude
ver, al mostrarme una fotografía de aquel anciano quien residía
desde su más prehistórica infancia en el barrio, su importante
barba blanca, cual contrastaba violentamente con sus cabellos
negros y que todo el mundo confundía con una peluca.
- De
temperamento nervioso, era un buen sujeto para llevar a cabo en
él el experimento de hipnosis cual el doctor llevaba años planeando,
y aunque ya lo había dormido en un par de ocasiones sin mucha
dificultad no consiguió obtener resultado alguno que fuera digno
de mención.
- Siempre
atribuyó su fracaso al mal estado de la salud de M. Lefter, pues
unos meses antes de conocerlo sus médicos le habían diagnosticado
una tisis incurable, mas tan sabedor era el paciente del fin de
sus días que no extrañaba oírle hablar tranquilamente de su próxima
muerte.
- Así,
pues, conociéndole bien gracias a la afín relación profesional,
mas conociendo que no tenía pariente alguno en todo el país que
se pudiera oponer a su proposición, le planteó practicar en él
la hipnotización in articulo mortis, esto es, a punto de morir.
- Yo
me quedé perpleja pues, aún a pesar de ostentar un título de auxiliar
de enfermería, jamás había oído hablar de tema similar, pero aquel
doctor se mostraba entusiasmado casi con locura para llevar a
cabo tal experimento.
- En
primer lugar, estimulaba su curiosidad si en aquel estado existía
receptividad a la influencia magnética en el paciente; en segundo
lugar, si, en caso de existir tal, se encontraría disminuida o
aumentada por su estado, y en tercer lugar, cual además era el
punto que con más fervor potenciaba sus ansias curiosas, hasta
qué punto o durante cuanto tiempo podría detener la invasión de
la muerte mediante ese proceso.
- Por
supuesto, M. Lefter también mostró vivamente su interés.
- Aunque
rebosaba cierto aire macabro cuya afirmación me espetó a continuación,
su mortal enfermedad gozaba de gran fortuna para las pretensiones
del doctor, pues era de las pocas cuales le permitía calcular
con exactitud el momento de su muerte.
- -
"Siete meses después" - me expresó mientras sostenía entre la
yema de sus dedos una hoja mecanografiada a doble espacio - "de
relatarle mi proyecto, recibí esta carta del enfermo".
- Pude
leer en sus letras una comunicación de sus asistentes, fechada
una semana antes, donde se establecía como fecha aproximada de
la muerte del paciente la medianoche del domingo siguiente.
- Incluso
el mismo M. Lefter creía bastante acertada la hora dictaminada.
-
- "¿Este domingo?" - exclamé sorprendida.
- El
doctor Murdock se limitó a una respuesta afirmativa asintiendo
con la cabeza.
- -
"Necesito" - añadió haciéndome conocedora de mi función - "una
enfermera presente durante el experimento, para tomar notas de
todo cuanto acontezca".
- Acceder
a su proposición me resultó sencillo, tanto por la oferta económica
como en cuanto a la tarea se refería, pues comparto plenamente
las palabras de mi atractivo maestro Adolfo Laciso, reputado médico
forense de prestigio mundial quien decía que, al paso de los años,
de los vivos marchados tan sólo queda un alborozo de fotografías
descuidadas y nada más. Ya muertos, el tacto que eriza la piel
al rozar su desdicha, los sollozos por el vil desahucio de su
pérdida, las estancias embriagadas de extraña soledad, son sólo
anécdota, y como cada nuevo día el sol resplandecerá arreciando
sus punzantes alabardas al pernoctar las inclemencias meteorológicas,
y sonará otra vez el silbar de las colas de embarrados pantanales
o sobre mosaicos policrómicos, y entonaran fervorosos los anónimos
coros a la sombra de sus cetrinas pamelas, grácil disputa de celos
y confesiones, pues por el dolor de la muerte no hay ave que se
arranque malvada sus plumas ni humano cual se haga eternamente
jirones de su alma.
- Explicada
mi decisión, el caballero me aleccionó acerca los diferentes aspectos
a tener en cuenta. Acababa de ver a su paciente tras diez días
sin encuentros, y le impresionó la terrible alteración que en
este breve intervalo se había producido en él. Su rostro, con
pómulos marcados por la piel hundida, tenía color a plomo, sus
ojos habían perdido totalmente el brillo y el pulso apenas era
perceptible, pero a pesar de su demacrado estado conservaba en
notable forma su poder mental y un cierto grado de energía física.
Lograba mantenerse sentado en la cama gracias al soporte ofrecido
por unos mullidos cojines, hablaba con cierta claridad, se tomaba
sin ayuda de nadie las medicinas calmantes, e incluso impresionaba
verle a media conversación escribir unas anotaciones en una agenda.
- -
"Pero no lo olvide, señorita" - remarcó en un tono profesional
- "su muerte es irremediable".
- Según
el último parte médico, hacía dieciocho meses que el pulmón izquierdo
se encontraba en un estado semióseo o cartilaginoso, completamente
inútil para toda función vital. El derecho, en la parte posterior,
también estaba parcialmente o casi todo osificado, mientras que
la región inferior era simplemente una masa de tubérculos purulentos
que entraban los unos en los otros. Existían diversas perforaciones
profundas y una parte del pulmón estaba siempre adherida a las
costillas, aspecto cual sólo había sido observado en el curso
de los tres últimos días.
- Por
lo visto, todas aquellas anomalías del lóbulo derecho eran de
fecha relativamente reciente.
- De
la osificación, un mes antes no habían transcurrido ninguna señal,
pero independientemente de la tisi, sospechaban que el paciente
sufría un aneurismo de la aorta.
- Aún
a pesar de cual templanza en mi actitud les he mostrado, la noche
anterior me costó dormir, producto de las altas temperaturas que
por estas latitudes es común registrar. Exactamente, veintisiete
grados registraba el termómetro sustentado al envés de mi habitación,
razón por la cual me agitaba por encima de las sábanas sin haber
conciliado, pasadas las tres de la madrugada, ni un solo segundo
de sueño, buscando de un costado a otro un halo de frescor en
medio de esa cálida noche mas, aunque con tardanza, por fin lo
logré.
- Al
despertar vi iluminado, en el rincón oscuro donde se aposentaba
el reloj digital, la primera hora ya bien rebasado el holgado
mediodía.
- De
la tarde, bien no sabría decirles si transcurrió rápida, o deambuló
su tic tac con cruel lentitud, pues un manojo de nervios que me
corroía mi alma me ofuscaba cualquier intento de razón, pero al
final, inexorablemente por ley divina, y restando aún cinco minutos
para cumplirse las ocho en punto, estábamos los dos solos frente
la moribunda efigie del señor Lefter.
- Aún
recuerdo como al doctor, presionado por los ruegos del enfermo
que ya agonizaba, le temblaba el pulso al iniciar su experimento.
- Yo,
intentando evadirme de la tétrica aureola que nos rodeaba, anoté
cada uno de sus pasos a seguir. Su primer intento fue hipnotizarlo
con movimientos laterales de su mano a través de la frente, pero
quizá producto de la tensión, o a lo mejor incomodado por la imagen
del personaje, quien producto de su extrema debilidad daba la
impresión de morir en breve, seguía sin resultados positivos.
- Harto
de su fracaso, sustituyó las pasadas laterales por otras verticales,
concentrando su mirada en el ojo derecho del enfermo, y durante
este tiempo su pulso era imperceptible, emitiendo una especie
de rumor al respirar, con intervalos de medio minuto.
- Pasaron
quince minutos más, y el fracaso continuaba siendo rotundo.
- Abatido,
el doctor me miró con claros gestos de pretender abandonar su
experimento, pero de pronto, un suspiro muy profundo y natural
escapó del pecho del moribundo y cesó el ronroneo de sus pulmones,
aunque el ritmo de su respiración continuaba invariable.
- -
"¡Escríbelo! ¡Escríbelo!" - me insistió con el clásico entusiasmo
de un niño mientras se volvía hacia quien, a mi modo de ver, ya
era cadáver.
- Las
extremidades del paciente tenían una áspera helor, no como cual
identifica el hielo ni la harinosa nieve ni los soplos de los
céfiros gélidos; era distinta sin igual, inmóvil, petrificada,
avara, sin una sola mueca de reencuentro, y acto seguido, mediada
la sexta página del lóbrego diario anoté:
- Son
exactamente las 22:55 horas. El doctor Joseph Murdock denota señales
inequívocas de la influencia hipnótica en su paciente.
- Lo
afirmaba porque el vidrioso girar del ojo se había convertido
en aquella penosa expresión de mirada indefinida que sólo vemos
en los casos de sonambulismo.
- Cumplidos
estos pasos previos, el doctor quiso cerciorarse sin margen de
error de sus precipitadas conclusiones, y fue al examinarlo exhaustivamente
que comprobó que M. Lefter se encontraba en un estado de catalepsia
mesmérica insólitamente perfecta.
- Sentados
en unas incómodas sillas con su asiento tapizado de una roñosa
felpa de verde pardo, aguardábamos acontecimientos mientras el
señor Lefter seguía en la misma posición, con su pulso imperceptible,
la respiración que apenas se le percibía de otro modo que no fuese
acercándole el espejo a los labios, los ojos cerrados y los miembros
tan rígidos y fríos como el mármol.
- A
pesar de todo, a simple vista su aspecto general no era el de
un muerto.
- Cansados,
aburridos, dejando pasar el letargo de los miles de segundos sin
cruzarnos palabra alguna, el doctor se alzó con determinación
de su butaca para mover suavemente su brazo por encima del enfermo,
en muy cortas oscilaciones, centradas en concreto sobre su brazo
derecho, a fin de que éste siguiera los movimientos del doctor.
- Fue,
pasados cinco minutos, y ante nuestra gigantesca sorpresa, que
el susodicho brazo del señor Lefter siguió débil y lentamente
todas las direcciones indicadas por el facultativo.
- Lo
logró pasando poco a poco su brazo de arriba abajo por el cuerpo
del señor Lefter.
- -
" ¿M. Lefter?" - le preguntó intentando establecer una breve conversación
- "¿duerme?" - y al inquirirle respuesta por tercera vez todo
el cuerpo de M. Lefter se agitó con un leve estremecimiento, se
abrieron sus párpados hasta descubrir una franja blanca de los
glóbulos, los labios se movieron sin prisas, y por entre medio
de ellos, en un murmuro que a duras penas era perceptible, exclamó:
- -
" ¡Sí!" - respondió con un ahogado balbuceo - "¡... ahora duermo,
pero no me despierten! ¡Déjenme morir así!".
- Apenas
podía yo dar crédito a cuanto en aquel presente estaba aconteciendo.
Los resultados de la hipnosis acababan de mostrarse sobresalientes,
y el doctor Murdock, situado a casi tocar del cadáver, rebosaba
de júbilo, entusiasmado por unos sucesos con cuales había soñado
toda su vida.
- Totalmente
absorto en su tarea, continuaba preguntándole cosas en frases
muy cortas referentes al dolor o la muerte, y el paciente le respondía
con pausas entre sus palabras, como si al término de sus letras
hinchara, para tomar aire, el fuelle de su pecho.
- Mas
en pleno diálogo, se produjo un cambio ostensible en la faz del
sonámbulo. Los ojos se giraron y se abrieron despacio, mientras
sus pupilas desaparecían hacia arriba. La piel adquirió el tono
propio de un cadáver, como de un papel blanco, y las manchas hécticas
circulares, habituales en los tísicos y que hasta entonces destacaban
con vigor en pleno centro de cada mejilla, se extinguieron de
golpe.
- Me
refiero a la misma forma cual se apaga una vela de un solo soplo.
- El
labio superior, el de M. Lefter, se torció entre los dientes,
mientras que la mandíbula inferior caía con un espasmo muscular,
dejando la cavidad bucal abierta cual mostraba su lengua hinchada
y negra.
- El
doctor Murdock, cariacontecido, se volvió loco, irritado por su
mala suerte a pronto de tocar la gloria, y de un sinfín de maneras
lo probó de reanimar, mas el señor Lefter no respondía a ninguno
de sus estériles intentos.
- Durante
largo rato se quedó inmóvil, vencido, apenado, y exclamó, a modo
de suspiro, un resignado lamento.
- -
"¡Se acabó!" - me comentó en un tono derrumbado.
- Mudo
quedó el latido de su pecho agitado. Sus labios amoratados no
podían corresponder ninguna voz, y el tono pálido de sus blancas
mejillas delataban su halo difunto adjudicado por el mortífero
veneno de su enfermedad. Un sombrío telón fúnebre se esparcía
por encima de sus glóbulos oculares, con sus dedos hinchados sometidos
a un jamás despertar y posando para la inmortalidad de un lienzo
cual ya pendía en la alcataya de la historia.
- Pero
el milagro, por si puede llamársele así, o mejor dicho, el retorno
de su hipnosis, se produjo al abandonar la cercanía del lecho,
pues observamos un intenso movimiento vibratorio en su lengua,
sin interrupción durante un minuto que cuando concluyó, de las
barras separadas e inmóviles de su boca salió una voz de sonido
áspero, roto, cavernoso, que llegó a nuestras orejas desde una
gran distancia o de alguna profunda caverna subterránea:
- -
"¡No! ¡No se acabó!" - se oyó resonar en la habitación.
- Discúlpenme
si no transcribo cuantas palabras a continuación pronunció, pero
tardé casi media hora en recobrar de nuevo el conocimiento, pues
me había desmayado.
- -
"¡Señorita! ¡Despierte!" - fueron las primeras palabras de cuales
soy consciente.
- Por
lo visto, el señor Lefter había hablado bajo un estado de hipnosis,
y todo indicaba a que la muerte había sido detenida por el proceso
mesmérico.
- El
doctor Murdock estaba, sencillamente, fascinado, aunque a la vez
aterrado, pues su paciente, al gozar de los poderes divinos que
a ningún mortal le son concedidos, cerró la estancia haciendo
inviable cualquier intento de huida.
- -
"Os he concedido vuestro deseo" - clamó de nuevo, con una claridad
increíble, el señor Lefter.
- Su
voz, propia de quien supera de largo la septuagenaria edad, resonaba
a los oídos de un modo que no hay artilugio informático capaz
de imitar ni adjetivos lo suficientemente aterradores como para
describirla con exactitud.
- -
"Ahora, si deseáis salir de aquí con vida" - nos amenazó con severa
templanza - "vosotros debéis concederme mi deseo".
- Inmediatamente
volvieron a aparecer los círculos hécticos en sus mejillas, sus
ojos planos me miraban gozando de una indiscutible autonomía ajena
al resto del manto esquelético, la lengua se le estremeció y la
misma voz de antes descrita exclamó:
- -
"¡Desnúdate, Eva!" - fue su petición subrayando mi nombre.
- Me
quedé paralizada, sin saber qué hacer. Grité loca de pánico, corrí
hacia el umbral, y tomando la barra férrea del pomo empeñé con
todas mis fuerzas hacia abajo, mas ésta no cedía. La golpeé, aporreándola
usando el puño cerrado o la puntera de mis zapatos, mas aquel
portal no era construido por la mano de los hombres pues juro
hubiera derrumbado por el miedo la vertical tabla de madera.
- La
tremenda voz de ultratumba resonaba a malvadas carcajadas, convencida
de mis inútiles intentos.
- -
"¡Haz cuanto te digo!" - añadió con aire cruel, aplacando, si
acaso aún quedaba alguno, mis ápices de rebelde incredulidad -
"¡y os dejaré salir a los dos!".
- El
doctor Murdock estaba desconcertado por una situación que rebasaba
sus conocimientos y de la cual había perdido completamente el
control. Se le notaba asustado, ansioso por salir de aquella pesadilla,
y cuya única esperanza aparentaba ser el obedecer a sus perversas
exigencias.
- Así,
pues, sin elección posible, me situé a los pies de su catre, mirando
con temor esa macabra silueta, y cumpliendo sus órdenes fui uno
a uno desabotonando mi fina blusa blanca, de arriba abajo, tomarla
por las solapas, empujar suavemente a los laterales para descubrirle
los secretos amagados, y con aire erótico librarme de su disfraz.
- ¡Cómo
se dilataron las abovedadas córneas del paciente!.
- Acto
seguido, busqué la cremallera, a la zurda de mi cadera, y asiendo
su dorada pestaña entre las yemas de mi dedo índice y pulgar empeñé
en dirección descendente separando los raíles, cuales ya abiertos
no impidieron caer mi corta minifalda contra la superficie de
las baldosas.
- ¡Que
sonrisa lujuriosa esbozó los labios del señor Lefter!.
- Si
no hubiera sido por su extremo deterioro físico, habría brincado
de su lecho fúnebre para arrancarme, aunque fuese a jirones, las
dos piezas de mi lencería erótica.
- Ya
desnuda, quiso verme desfilar en un andar tranquilo y elegante
el trecho a recorrer hasta llegar donde yacía el enfermo. Cumplido
tal acto, mandó subirme sobre el colchón, quedando erguida por
mis rodillas, alejados los muslos uno del otro tanto como me fuese
posible, con su efigie fétida al centro, y recostar mis palmas
abiertas en los asideros que quedaban a mi envés, a los flancos
opuestos de la pequeña cama individual.
- Una
brisa inexplicable se levantó de repente, que alzaba el polvo
del cuarto arrastrado en cruentos tornados, y un rumor, como el
de un ser animal arrastrarse bajo las losas de la tierra, se oía
acercarse con gran decisión. Venía raudo, veloz, de donde no sabría
descifrar, recto a mí, y un descomunal estruendo estalló al golpear
bajo el somier.
- -
"¡No te muevas, Eva!" - escuché casi cara a cara.
- Inmóvil,
sentí como si treparan junto mis costillas dos corrientes, dos
brazos de viento, que cada uno de ellos colocó las palmas abiertas
en la forma redonda de mis pechos desnudos.
- -
"Tienes unas tetas preciosas" - vociferó lascivo cuando comenzó
a acariciarme, pellizcando mis pezones erectos por el tacto gélido
de sus yemas de muerto.
- Dejándome
llevar por una situación incomprensible a la razón humana, sentí
brotar en mi alma una leve excitación, que se acrecentó al notar
dos labios carnosos besar mi ombligo y cuanta pornográfica aureola
la envolvía.
- Perdonen
mi confesión, pero ¡qué gusto!.
- En
segundos, aquel perverso espectro desgarró las carnes del anciano
a la altura de su pelvis, y como si brotara un periscopio de las
profundidades del océano, emergió una gruesa lanza porquera en
forma de fabuloso dildo, con su glande esculpido hasta el más
mínimo detalle, que husmeó mi afeitado vello púbico y resbaló
unos cuatro centímetros hasta hallar la húmeda entrada de mi vulva.
- -
"¡Que delicia!" - exclamó alegre aquella voz de catacumbas.
- Sin
demora, empujó el órgano a lo alto, que sin oposición introdujo
su veintena larga de centímetros dentro de mí.
- ¡Cómo
gemí! ¡Con qué pasión me agité! Mas cuanto le sucedió fue increíble.
- No
lo digo tan sólo porque pareciera tener tentáculos su obesa verga,
que con sus ventosas se aferraban con lujuria a mis paredes vaginales,
sino me refiero al suave tacto de sus rugosas yemas invisibles,
acariciando con un insospechado cariño mi piel, y los dedos de
sus manos que se cerraban como argollas de grilletes en torno
a mis muñecas cuando inició sus fieras embestidas.
- Yo,
loca de placer cual no podía ni haber imaginado, mordía con mis
blancos dientes el frontal de mis jugosos labios, arqueando la
espalda hacia atrás, con los ojos alzados al cielo de los placeres,
mientras repetía fidedigna a viva voz los jadeos que con lujuria
atronaban en lo más hondo de mi ser.
- Me
mostraba incapaz de sostener las rodillas ancladas en el fondo
abismal de las delgadas sábanas, aprisionando su miembro erecto
que taladraba con aviesas intenciones de pinzar hasta la cérvix.
De tanto ido frenesí, escuchaba incluso mi acelerado latir de
júbilo al recostar la oreja sobre mi hombro descubierto de ardor.
- Mis
queridos lectores, no puedo decir cómo es el sexo entre halos
fantasmales, pero sí les puedo atestiguar una orquesta de maravillas
en cuanto a aquel ejercicio se refiere.
- Un
tropel de traviesas partículas se derramó por mi hambrienta cueva
de la entrepierna cuyo apetito clamaba insaciable, y me fue imposible
reprimir un erótico murmuro en forma de gozoso gemido por mis
fosas nasales, que delató la llegada de mi orgasmo.
- -
"¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!" - grité cabalgando sobre el señor Lefter.
- El
pobre doctor Murdock no salía de su asombro.
- ¡Qué
orgasmo! ¡Que corrida, les diré por si no me entienden!.
- Mi
flujo vaginal resbalaba de la caverna, cayendo a borbotones de
espesa blanca espuma, impregnando mucho más allá de los labios
mayores cuales mostraban satisfechos su sonrisa vertical.
- Luego,
aquel cosquilleo, que duró tanto como diez interminables segundos,
terminó, noté un cándido beso sobre mis labios que me sorprendió,
y en un tono cual ya se desvanecía me lanzó un hermoso halago
que, como sé de antemano no van a creerme, mantendré en secreto.
- -
"¡Ahora puedo marcharme en paz!" - espetó con sus tétricos vocablos.
- Justo
acababa de ponerme en pie que, en medio de exclamaciones de ¡muerte!
¡muerte!, cuales estallaban de la lengua y no de los labios
del paciente, su cuerpo se encogió y en menos de un minuto se
pudrió completamente ante la estupefacta mirada de los dos.
-
Sobre la cama, quedó reposando una viscosa masa casi líquida de
una repugnante y detestable putrefacción, pero, a pesar de ese
asco, perdura en mi mente los recuerdos de una experiencia maravillosa.
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