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| Fecha |
23
/ 02 / 2010 |
Autor/a |
marcgisbert
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Relatos de bondage VIP - El retrato ***
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Antes
de leer y conocer los relatos, visitar el artículo
de presentación para conocer su historia y su leyenda.
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| Señoras
y señores, mayores o no tan mayores que ahora estáis leyendo
estas líneas, yo os pregunto por qué debéis de temer a
lo desconocido. |
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Ustedes, gentes a quienes yo, deseo sea sin error, les
considero de fe, háganme el favor de saber que la historia
más veraz es tan sólo una burda sarta de mentiras, y la
más increíble puede suceder cualquier día sin previo aviso. |
| Porque,
cual hecho les voy a contar a continuación, ocurrió iniciado
el agosto del año pasado. |
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En la ciudad, tan seductora a foráneos que absortos contemplan
todos los rincones de sus dos mil años de historias y
tan aberrante para el resto, reinaba una modorra insólita
cual parecía extraída de la más remota ficción. Sin embargo,
ni en esa placida calma, quizá producto de la antipatía
mutua que ambos nos profesamos, dejé de sentirme extraña
en cuyo amparo nací, rodeada de gentes ni quienes conocía
ni me conocen, y bajo la odiosa mirada de los amplios
ventanales amantes de la vorágine urbana, cuales sé a
ciencia cierta deseaban no verme regresar jamás de mi
ya marcha instantánea. |
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¡Ah! ¡Con que alegría la perdí de mi vista!. |
| Martes
día tres fue la fecha exacta, y triste resultó la larga
espera en la estación internacional antes de partir. Las
gentes, aquí o allá, en pie o a pie, se miraban con sus
pupilas encandecidas, detestando su sinónima presencia
animal, o iba o venía un desfile de rostros de héroes
y villanos grabadas en su faz las cicatrices de las lides,
de sus horas tensas frente los paredones de ejecución
en sus puestos de trabajo, y en los crédulos de edad veía
pintado con estelas cinceladas en candentes sueños su
holgada bobería, mientras brindando su mal gusto la urbe
mezclaba el embobo de recién llegados con esos otros,
hastiados y avezados, de obreros y hogareños que cada
día, a la misma hora, por las mismas escaleras, se encaminan
bajo amenazas a su ya cognado destino. |
| De
entre toda esta turba, resaltaba esa triste realidad que
afeaba el panorama, borrachos apresados bajo tragos hipnóticos
de alcohol, con su única embriagadora amante de curvas
cristalinas y besos traidores rezumantes de alucinógeno
elixir, dando igual si la zozobra de su iris trazaba tintes
de zarco o esmeralda, si los cabellos fuesen cortos o
largos, de castaño o alabastro o platinos en tiznado descuido,
sin edades ni onomásticas y aún menos distinción de pieles
y razas. |
| Tan
sólo eran trasgos tras atuendos de ropa sucia, que vagaban
errantes por encima de las bruñidas baldosas de la estación
y con su lacerada pupila despreciando el don de vivir. |
| Mas
si aún no resultaba bien de sobras patética la obra, dos
zancos se sumaron huyendo sin causa aparente, veloces,
súbitos, y era como la pradera de losas enceradas volverse
en llamas, y a cada nueva gambada provocaban la algarabía,
el revuelo de un gentío cobarde, y miré, como hacen todos
con sus ojos imantados, y vi en sus manos un bien prestado
sin permiso, dicho robado dicho hurtado, hasta perderlo
de mi visión al rebasar el perímetro de cuyas paredes
constituían la presente ubicación. |
| Por
suerte, una hora más tarde, alcanzado el cenit de la vía
férrea, se mostró ante mí, firme y |
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- orgullosa,
la majestuosa forma del Aldors Airport.
- Mi
destino, Hilo, una ciudad tropical en la Gran Isla de Hawai, hermosa
y pintoresca, con sus antiguos edificios trasladando los sentidos
del visitante a épocas remotas, despertando de su letargo la inquietud
artística al enseñarle las marquesinas de madera cuales cuelgan
encima de las aceras para proteger a las viandantes de la lluvia,
o los aros de hierro empotrados en los bordillos donde se ataban
años antaño a los caballos y que todavía podían verse en algunas
de sus avenidas.
-
Jamás había podido palpar la insólita combinación de cual gozan
tantos rincones en el mundo, el de fundir en un solo marco la
historia y la modernidad, y ciertamente la experiencia me fascinó.
- ¡Cuantos
gratos momentos evoco ahora al escribir!.
- Embargada
por la emoción al revivir en desordenadas imágenes que se suceden
impacientes mis vivencias, he olvidado decir que mi hotel quedaba
enfrente mismo de la bahía Hilo, en Banyan Drive, una rúa en forma
de media luna bordeada por árboles banianos, y donde a su torcer
sureño se erigían unos maravillosos jardines de estilo japonés
que invitaban a la meditación y la sabiduría, sublimando simples
objetos de la naturaleza en composiciones impresionantes. Rocas
de gran tamaño simbolizaban las montañas, y las galerías de arena
trazaban itinerarios cuales discurrían entre la armonía de las
flores, los árboles y los frutos vistosos, como cauces de ríos
desbocados, y los puentes de piedra trasladaban las almas de quienes
los cruzaban a un mundo inalcanzable de reflexión.
- A
veces, se tenía la impresión de poder abarcar de golpe todo su
arte en una fija mirada, y comprobar que efectivamente ni una
sola hoja estaba dejada a su mal azar.
- Precisamente
fue en este fantástico lugar cual describo donde, cumplido mi
tercer día de vacaciones, lo vi a él por primera vez, de pie,
junto a una efigie de león que en silencio nos recuerda quienes
somos, con su piel de tono bronceado delatando su aire nativo,
el cabello de brillante alabastro, esa camiseta oscura de tirantes
mostrando el desparpajo de sus esculpidos músculos, y unos ojos
de radiante azul cuales sólo verme se anclaron petrificados en
mi modesta belleza, y aunque me cuesta confesarlo, pues son inusuales
en mí esos bruscos ataques de timidez, por mi rubor apenas alcancé
a dedicarle una miserable sonrisa de simpatía.
- -
"¡Demasiado guapo!" - usé como vil argumento para justificar mi
actitud.
-
Las dos horas siguientes no dejé de pensar en él, obsesa, enrabiada,
mientras sentada frente a la engalanada fachada de mi hotel miraba
ensimismada al horizonte, donde se divisaba elevarse majestuoso
el Mauna Kea, el más antiguo volcán de la Gran Isla, cuyo nombre
lo debe a la nieve que lo cubre en invierno, fantaseando en su
cumbre, los dos solos, desnudos en el halo de su solitud salvaje.
- ¡Lástima
de no poder mostrarles con qué erótica perversión me miró!.
- Respecto
al comentario anterior de soledad, permítanme corrija mi error,
cual descubrí al visitarlo aprovechando una excursión organizada
por una agencia turística local.
- Como
setas brotaban telescopios enormes en lo alto de su cono, pues
según información de la guía, no existe ningún otro lugar en el
hemisferio norte tal alto, claro y libre de luz como la cima del
Mauna Kea.
- Así,
pues, comprenderán borré de mi mente las lascivas ideas antes
descritas, y me limité a disfrutar del marco incomparable, de
sus vientos puros, vigorosos, de los destellos de su lago, o de
la gigantesca cantera de donde extraían antaño un tipo de basalto
denso y grano fino cual utilizaban para hacer azuelas.
-
Mediada la tarde, los pies ya me ardían, agotada de habernos recorrido
la montaña completa, y alejándome un trecho del numeroso grupo
me senté a reposar sobre los aposentos pedregosos antes de emprender
el viaje de retorno.
- Acomodada
como mejor logré, por encima de las oscuras selvas cuales a más
baja latitud circundan la montaña con la verde caña de azúcar
sembrada a sus pies, y prisionera bajo la cúpula azulina del planeta,
me enfrasqué en debates filosóficos acerca de las más alucinantes
conclusiones que en obras venideras ya les desvelaré, mas fíjense
si en tal estado absorta estaba, que apenas me percaté de una
presencia ajena tomar puesto a mi costado diestro.
- -
"¡Aloha!" - oí decir de pronto - "¡bienvenida a la Gran Isla de
Hawai!" - añadió tras una breve pausa en un logrado dominio del
idioma español.
- Menuda
sorpresa tuve, al virar mi cuello noventa grados y verlo de nuevo
a él, el hermoso chico de los jardines.
- Mi
reacción, un tanto exaltada, le provocó un conjunto de risas donde
lucir sus blancos dientes capaces de encandilar a los ojos más
ciegos. Me miraba directo y penetrante, sin tapujos ni falsos
disimulos, envueltos en un vergonzoso silencio cual me permitía
intentar ordenar mis ideas divagando acerca de si aquel reencuentro
obedecía a una razón específica o era sólo fruto de la casualidad,
aunque para ser sincera, poco me importaba la causa, pues una
profunda alegría me invadía por verle a mi vera.
- En
cuanto a mis novicias palabras, fueron un saco de letras tartamudas,
rebuscadas, referente a las piedras, al aire, y a otras sandeces
cuales no les voy a dar opción a burlarse, que minuto a minuto
se tornaron seguras y calmadas hasta por fin hablar con una confianza
cual jamás había usado ante un desconocido, yo hablando de mí
como un cisne cual encarna su cuello con el ágata rosa del pico
lustrando sus alas de liso albo en el plumaje, narcisa, y él me
correspondía perorando acerca de la isla y su afición por la pintura.
- No
me pregunten cómo pues ni yo misma lo sé, pero restándonos una
esquina para alcanzar mi hotel, andábamos él con su brazo sobre
mi hombro y yo rodeándole con el mío por la cintura, dejando escapar
por los rojos labios de los dos palabras y más palabras en un
paraje cual parecía una decana fantasía de siglos pretéritos.
- La
suave caricia en mi cabello, que extendió por el pómulo y detuvo
alcanzada mi latente clavícula, estremeció lo más hondo de mi
ser, en parte defraudada pues la aguardaba donde mis pechos alzan
de las carnes llanas sus laderas sensuales, pero me consoló los
besos, primero en mi cuello, resbalando la cima húmeda de su lengua
de un lado a otro, para terminar en la tórrida rúbrica de su primogénito
amoroso dentro de las bocas.
- Por
desgracia, debió de marchar urgente a cumplir no sé qué asuntos
burocráticos, mas yo, a pesar de tener miles de razones suficientes
para acostarlo conmigo en la única cama de mi cuarto, sólo pude
acatar dicho infortunio.
- Aquella
noche me costó una barbaridad conciliar el sueño, y cuantas horas
aguardaban aún para cumplirse las once de la mañana de su día
siguiente me resultaron interminables, pero por fin llegó y allí
estaba él, puntual, a puertas de su vehículo estacionado junto
al bordillo.
- Sólo
tenerme frente a él, alargó su brazo para tocar mi cabello, las
crespas brillando como bozos de oro que se agitaron al acariciarlos
con los dedos, y las voces, primero la mía y después la suya,
se cernieron deseos que en breve ustedes descubrirán, mientras
el borde de los labios aterrizó a posar su celado beso de pasión.
- El
primer impacto ya sonó a brindis de actos venideros.
- Un
sonido, el del motor encenderse, le reemplazó, dispuesto a emprender
camino de su pueblo, Honomu, a través de una sinuosa carretera
cual discurría en unos marcos que hacen al viajero revivir paraísos
sólo soñados en la esclavitud de la metrópolis. En los tramos
maltrechos, abandonados incluso, escuchaba la aria entonada por
el cauce del indómito río al hinchar orgulloso su torso gracias
al deshielo de las nieves, y veía cómo retozaban las aguas, o
se zarandeaban por los sedimentos de su curso, rivales, las mismas
aguas que a bloque se lanzaban en picado por cascadas destelleantes
y abruptas vertientes hasta unirse al aglomerado jolgorio del
océano esmeralda.
- Luego,
muchas millas más allá, alejados de su amena compañía y rodando
por ramales de esmerado asfaltado, vive el extranjero no habituado
un momento inolvidable cuando el aire retumba al cruzar los seniles
puentes de madera de un único carril cubiertos por flores exóticas
que eclipsan cualquier concepto de belleza futuro hasta llegar
a la susodicha localidad, en la costa de Hamakua.
- Su
casa, de dos plantas, tejado llano, hecha de madera y con la clásica
marquesina recubriendo el ándito, quedaba justo en la periferia
de la población, donde los hogares se difuminan pues ya no es
su propiedad sino reino de la madre selva.
- Al
entrar, me impactó el sonido seco e inconfundible de mis pasos
al repiquetear sobre esas baldosas de arcilla con adornos de flores
bitadas que daban una cálida bienvenida a los visitantes. La luz
del día apenas penetraba por sus pequeñas umbrales cubiertos de
persianas con láminas leñosas, dejando ensombrecidos todos los
recodos de la estancia adornada por muebles prístinos heredados
de colonias rústicas.
- A
mi derecha había una puerta cerrada por cuyas minúsculas rendijas
emanaba el olor de sus obras a pincel.
- Quizá
fuese la más oscura de todas las habitaciones, pues no tenía ventanas,
ubicada en un minúsculo esconce de su morada, que la convertía
en una de esas extrañas mezclas de inquietante lobreguez y austera
magnificencia que durante toda la historia de la humanidad ha
sido el sueño loco de un pintor, sea cual sea su rincón del mundo.
Estaba amueblada muy vagamente, entre cuales enseres llamaba mi
atención su escritorio, pues su estampa tenía una gran semejanza
a mi escribanía de nogal donde apilaba día y noche un ciclópeo
risco de papel en nítido albo.
- Tapices
y un número elevadamente inusual de vivos cuadros modernos, con
marcos ricamente dorados y tallados en arabesco, adornaban las
siniestras penumbras de las paredes, pero si me permiten una confesión,
no crean que dichos ornamentos fueron de mi agrado, pues siento
atroz fobia por los cuadros y las muñecas, mas no me atrevía a
decírselo por no herir su notable entusiasmo.
-
Aquellas obras en nada diferían a cuantas pinturas detesto, con
sus fijas miradas que no desfallecen ni parpadean, penetrantes,
contundentes, cuales temo mirar con reto pues quizá vayan a sonreírme
si les agrado, o a lo mejor, molestas de mi persistencia, saltarán
de su lienzo para hincar sus fauces con saña en mis carnes.
- Auténtico
pánico me produce sólo esbozar tal secuencia.
- En
cuanto a las muñecas, ya que imprudente he hecho mención, les
desvelaré una breve historia, no en más de dos párrafos pues no
es mi intención apesadumbrar su lectura, ocurrida en plena celebración
de mi tercer aniversario.
- De
regalo, una muñeca preciosa, de dos palmos de alto, cabello tan
dorado como los hilos del áureo febo, vestida de un lino teñido
en azul turquí, mas entonces, al tomar citado engendro entre mis
manos, cómplice de mi ilusión, me guiñó macabra su ojo diestro,
y aunque el suceso es fácil de explicar, pues se despegó la cola
de su párpado y el balanceo de su movimiento provocó una vibración
que hizo oscilar su pérfido gesto, es fácil de suponer cual irreparable
pavor me provocó tal horrenda escena.
- Dicha
anécdota ya confesa llegué a rememorarla en secreto mientras él
encendía los pábilos del alto candelabro que se encontraba junto
al cabecero de la cama, quedando el cuarto iluminado por una tétrica
que temblaba de su propio reflejo.
- Acto
seguido, no dio más de cuatro zancadas en línea recta hasta abrir
de par en par las cortinas de raso negro rematadas con galones
que rodeaban el lecho de matrimonio cual presidía el flanco norte.
- -
"¿Quieres ser mi modelo?" - me preguntó titubeante con sus cuencas
oculares decaídas.
- Por
mi velocidad al responderle afirmativa, denoté que esperaba impaciente
esa indecente proposición.
- Disimulando
sin mucho éxito una coaccionada erección, el muchacho se encaminó
a la entrada, cerró sigiloso la puerta, deslizó la cilíndrica
barra del pestillo ubicada tras la cancela, colocó la ganzúa en
su cerradura, la volteó dos veces toda una circunferencia completa
en el sentido contrario a las agujas del reloj, dejó la llave
a bien resguardo de un roñoso cajón a tocar de él, y siguiendo
sus indicaciones, me desprendí de todas las prendas que cubrían
tramo cualquiera de mi cuerpo hasta quedar totalmente desnuda.
-
El pobre, traicionado por la vida propia de su órgano viril, cruzó
ligeramente las piernas, mas siendo consciente que la dureza ganaba
la descompensada partida optó por sentarse, mientras yo me tendía
sobre el mullido somier, de costado, con las piernas estiradas
y el brazo flexionado apoyando mi pómulo zurdo en la palma abierta.
- Costosa
tarea le fue rebajar su tensión, pues a pesar de estar embargado
por la ansia de pintar, el chico se demoró en tomar el candelabro
y situarlo de manera que la luz de sus numerosas velas incidiera
más plenamente sobre mi carne libre de telas.
- Acontecido
esto relatado, no tardó, en esa atmósfera cerrada, cobrar el aire
mayor envergadura de un acentuado perfume a pintura, cual florecía
de su espátula e invadía hasta el más huraño rincón. Fue instantes
antes de que su mano formara el primer trazo, y sonreí tratando
de ayudarle en busca de conseguir un ambiente relajado, sin dar
importancia a mi aspecto naturista, pues parecía algo nervioso
en su oficio, y pensé que una conversación siempre apacigua los
ánimos caldeados.
- Respecto
a las chicas, jamás había pintado ninguna desnuda, por lo cual
pude comprender la inquietante excitación que mi imagen le producía
a su lóbulo occipital. Acerca de relaciones amorosas, tan sólo
hablaba devotamente de Edith, bailarina erótica de hula que le
cautivó en plena danza, con su cimbreante cadera, sus finos brazos
y las piernas ondeando sus falda de paja sobre misterios ocultos.
- Agregaré,
aunque no sea conveniente hacerlo, el reconocer un discreto arrebato
de celos o envidia al escucharle hablar de ella con tanta pasión,
pero fue breve pues me tranquilizaba saberme yo ahora la afortunada.
- Con
un cariño privilegiado, plasmaba los delgados trazos de mi figura
natural sobre su lienzo, y tíldenme cuantas veces les plazca de
exagerada, pero eran tan elegantes sus pinceladas que incluso
las sentía rozar en verdad sobre mi piel. Sus ojos me miraban
ebrios de emoción, fijados en mi piel como quien atento observa
desde la orilla el despertar de los coruscantes tonos del alba,
y esbozaba tímidas figuras de sonrisas mientras se aliñaba sus
mechones enredados.
- Por
mi parte, tendida sobre las inmaculadas sábanas blancas cubriendo
en tapiz la amplia cama de matrimonio, enseñando sin tapujos de
frente mi corto vello púbico cual la noche anterior había rasurado
casi por completo expresamente para esa ocasión, fantaseaba en
tenerlo tendido junto a mí, abriendo los brazos en abanico, estudiando
indiscretos la geometría de los cuerpos desnudos, sus manos reptando
ofidias por mi torso, donde albergo la lascivia de los pechos,
con las palmas abiertas boca abajo, unir los hálitos, y los cabellos
reclinados, hasta entonces tan bien peinados, alborotarse al llenar
de gozo las entrañas.
- Ajeno
a mis deseos pornográficos, él turnaba su vista en el lienzo,
sentado en un espigado taburete de madera de roble y la planta
de sus pies, enfundada en los mismos zapatos de ayer, apoyada
sobre una barra horizontal que cruzaba toda recta de una pata
a su vecina colindante. Sujetaba en la mano diestra su pincel
con aplomo y fervor, enfrascado en la construcción de su obra,
trazo a trazo, minuto a minuto, hora tras hora, que retomó tras
un firmado descanso, ya al nacer la tarde y toda ella hasta al
caer el anochecer.
- Sin
ánimo de ser rebundante... ¡escuchad, mis jóvenes amigas, cuan
de bello era!.... Pues no, no es de aquellos clásicos artistas
seniles, ya bien alcanzados los sesenta años de edad, con su frente
rugosa, su barba canosa de hebrillas sin brillo que a modo de
rosario no dejan de agitar entre las yemas de los dedos, su tupido
bigote ocultando tras su envés las heridas del tiempo, y sus ojos
vetustos y arrogantes que a duras penas disciernen más allá de
su mundo, aún ayudados por gruesas gafas de montura metálica.
- Si
hubiera sido tal espécimen, mis queridas amigas, yo os digno que
ni me digno a posar.
- No,
queridas mías, pues él no tenía su tono bravucón, sino una pícara
sonrisa esbozada en su rostro que derretía los dulces sentidos,
afable, cordial, luciendo aquellas blancas camisetas sin mangas
cuales resaltan majestuosa la forma esculpida de sus músculos,
manchada eróticamente de pintura, y sus pantalones de azul turquí
destripados poco más por encima de las rodillas.
- Como
artista, por si es de vuestro interés saberlo, era de puño rápido,
pues con la misma noche ya despuntada, a pronto de marcar la saeta
mayor en su reloj de pulsera las diez en punto, ya casi lo había
culminado, restándole tan sólo al cuadro unos matices en los pómulos
y los labios, y cuya tarea terminó en escasos minutos.
- Daba
la impresión, por su férrea seguridad, que llevaba el muchacho
siglos y siglos pintando.
- Yo
me levanté de la cama, cual había sido durante todo ese tiempo
como mi mudo diván, y recorrí con celeridad la distancia que nos
alejaba para poder contemplar su trabajo. Ciertamente, no me hagan
decirles si se trataba de vignete, impresionismo o cualquier otro
estilo, pues debido al pánico por este arte no soy culta en tales
lides, aunque, si les sirve de su saber experto, les puedo afirmar
con rotundidad que la amazona desnuda del lienzo era yo fidedigna.
- -
"¡Que maravilla de cuadro!" - expresé felicitándole, sucumbida
a la evidencia de su perfección.
- A
continuación, le tomé las manos para atraerlo lo más cerca de
mí, sin dejar ni la más mínima ranura entre ambos, ensuciando
mi piel de los salvajes pigmentos impregnados en sus ropas, y
soldé mis labios a los suyos, haciendo de las lenguas un tórrido
beso, mientras mis dedos versátiles desabrochaban el botón de
su cinto para dejar caer sus pantalones al suelo.
- Os
lo diré, amigas mías, sin palabras rebuscadas, pues sólo alcanzo
a exclamarlo con mayúscula sorpresa, que... ¡qué polla!. En vertical,
bien podría ser el grosor de su glande el pilar de un rascacielos.
- Andando
de espaldas, cogidos de la mano, regresamos al lecho cual por
su fortuna o por la mía iba a ser testigo de otro arte, ardiente,
lascivo, mórbido.
- Tendidos
sobre su marea, yo boca arriba y él encima de mí, vi como su enorme
órgano de ensueño se dirigía presto a la hambrienta cavidad cual
pernoctaba entre mis piernas, bien abiertas, estiradas, justo
donde terminaba la cúspide de su triángulo, ¡y cómo entró!
- .
Casi con furia, el cabezal de su rabo se abrió paso en lo más
abismal de mi gruta vaginal, penetrando entre la maleza tan honda
que muy pocos son capaces de alcanzar, ¡y qué placer!.
- -
"¡Sí! ¡Sí!" - gemía yo totalmente ida.
- Me
aferré en un fuerte abrazo por su espalda, como si tuviera miedo
a caer, flexioné las rodillas, con las plantas de los pies tan
alzadas que a ratos ni rozaban las telas de la cama, superando
con el talón sus nalgas, recostándolos casi en su dorso, y balanceaba
mi pelvis a modo de bocanadas, adelante, atrás, muy veloz, prensándome
contra su escroto, ¡y cómo me retorcía de pasión!.
- Mis
jadeos se escuchaban atronar a modo de ecos de catatumbas, pues
¡cuan de posesa estaba yo por un júbilo indescriptible!.
- -
"¡Sigue! ¡Sigue!" - gritaba en unos gemidos muy eróticos.
- Por
si no fuera bastante, el chico me besaba, lamiendo con su lengua
mi cuello, de izquierda a derecha y viceversa, saboreando con
exquisita maestría los lóbulos de mis orejas, sus manos que acariciaban
con cariño mis ardientes pechos, y creo, mi leal lector, que de
todos mis orgasmos acontecidos hasta hoy es quien ostenta el récord
de en más breve tiempo avecinarse.
- Pero
él aún soportaba, taladrándome con su reina lanza jineta cual
de corta no tenía nada y cuyo grosor no había aminorado ni una
décima de milímetro, al tiempo que formando con sus manos unos
aros me asió por ambas muñecas, empujó mis brazos arriba, casi
a tocar de donde el somier se precipita en cascada, ¡y cómo gemí
al notarme presa de sus robusta hombría!.
- Apenas
podía dar crédito a tal fantástica vivencia.
- Pretendía
abrazarle, tocarle, mesar su cabello, acariciar su pulidos dorsales,
mas me fue imposible pues él me sujetaba con mucha fuerza... ¡y
cuanto me excitó su dominio!.
- Con
los ojos cerrados y la boca entreabierta, experimentaba unas sensaciones
hasta entonces jamás sentidas. Mis ideas se ofuscaron por completo,
ciegas, sin pensar, ni en el tiempo ni el lugar, vencida por un
profundo placer que había multiplicado por mil toda mi loca fantasía.
- Desconozco
cuanto duró... Sólo sé que un enjambre de perversas cosquillas
me recorrió desde mis paredes vaginales hasta el último centímetro
de mi cuerpo cuando noté verterse todo su esperma, y un segundo
orgasmo, hecho cual jamás había conseguido, hizo sentirme desfallecer,
ofuscando toda noción mía de ser y estar. Respiraba entrecortada,
fruto del cansancio, envueltos en la morbosa penumbra del cuarto,
abrazados o acariciando con las manos las carnes hirvientes del
estimado oponente.
- ¡Encantadores
recuerdos conservo de aquel día inolvidable!.
- Al
domingo siguiente, ya alcanzado el ecuador de mis vacaciones,
crucé toda la isla hasta la parte de sotavento, en el oeste más
árido, con sus costas secas y soleadas, donde se encuentra Kohala.
- Allí,
en una de sus amplias avenidas cuyo afluente de vano tránsito
azotaba con saña los chuzos del astro sol, a casi tocar de la
esquina, había un museo cuyo pórtico de acceso lo adornaba cuatro
recias columnas de granito, y entre las cuales sendos letreros,
erguidos sobre soportes verticales, anunciaban una formidable
exposición de pintura hawaiana.
- Las
albergaba una gigantesca sala, vacía a esas horas de público y
que empecé a recorrer despacio desde la esquina aledaña al umbral,
contemplando cual arte me aterroriza y que aún hoy no entiendo
qué demonios me impulsó a visitar tal singular evento, pero de
pronto, de entre las obras expuestas, una reclamó mi máxima atención
pues lucía una cándida muchacha en mi mismo escenario e idéntica
postura, cuyo rostro joven empezaba a madurar en mujer, y tanto
los brazos, los pechos, e incluso las puntas de sus radiantes
cabellos, se fundían imperceptiblemente con la vaga y profunda
sombra que constituía el fondo del cuadro.
- Como
obra de arte, el retrato era absolutamente insuperable, mas me
impresionó el hecho de ser gemela a mí salvo en su faz, exactamente
con los mismos tonos, medidas, calcada en la postura desnuda,
y durante quizá una hora permanecí con mi vista clavada en él,
deambulando en mi cerebro tribulaciones artísticas cuales carecían
de valor por todas las razones reveladas a la enésima y que me
niego tajante a repetir.
- Quedaba
casi al centro de la longa pared cual sustentaba la hilera horizontal
de cuadros, dejando un vacío de apenas medio metro entre éste
y sus adyacentes, enmarcado en una aureola de madera oval, ricamente
dorado en sus cantos y afiligranado al estilo mudéjar.
- -
"Parece que le gusta esta obra" - me comentó a mis espaldas quien
se presentó como la comisaria de la exposición.
- -
"La pintó Hintoo Kanaakoe" - me comentó - "un gran artista que
vivió hace ya dos siglos".
- Yo,
sin saber muy bien por qué, miraba hechizada la efigie de la joven
mientras ella, muy amable, me comenzó a contar la terrible historia
cual forma parte inquebrantable de la obra.
- Por
lo visto, la modelo era para el pintor una doncella de la más
rara aunque cautivadora belleza, pero fue para ella aciaga la
hora en la vio, amó y casó con el artista.
- Mal
sujeto era éste, apasionado tanto como para perder la razón, austero
con deméritos, ogro a sus semejantes, quien pavoneaba de tener
por novia a su Arte, y fue, para esta dama, cruel al oírle hablar
del deseo de retratar desnuda a su joven desconocida.
- Mas
esta moza, de nombre Edith, cual describía humilde y obediente,
vista por la concubina como intrusa, posó dócilmente para su pintor,
quien narciso se vanagloriaba de su trabajo que se prolongaba
hora tras hora, día tras día, y así durante muchas semanas en
el oscuro y elevado aposento del torreón donde la luz, que procedía
sólo desde lo alto, resbalaba sobre el pálido lienzo.
- Yo,
con los brazos cruzados por encima de mi torso, escuchaba atenta
todas sus explicaciones.
- Decía
que aquel hombre, de gran renombre como pintor, además de sus
enfermizos defectos mencionados, era violento, egoísta y temperamental,
que se perdía en sus propias ensoñaciones, incapaz de ver que
la luz cual caía tan lúgubremente por ese solitario torreón estaba
marchitando la salud y los ánimos de su novia, quien languidecía
a la vista de todos salvo a la suya.
- Aún
así, ella mantuvo la sonrisa en los labios sin quejarse, pues
veía que aquel personaje ponía en su obra un placer fervoroso,
atormentándose día y noche por lograr retratarla. En verdad lo
conseguía, pues quienes pudieron contemplar el cuadro hablaban
de su semejanza como un gran prodigio.
- Pero
ella estaba cada día más desanimada y débil, y cuando ya casi
estaba acabando su labor, el paso al torreón se vetó a todos,
pues el pintor se había vuelto más violento debido al ardor que
ponía en su trabajo, y rara vez apartaba los ojos del lienzo,
ni tan siquiera para observar el pobre aspecto de su esposa.
- Tras
muchas semanas, muy poco le restaba por hacer, salvo una pincelada
sobre la boca y un matiz en el ojo. Con tal tarea por delante,
el espíritu de la señora moribunda se avivó de nuevo, como la
llama en el tubo de la lámpara, y se aplicó la pincelada, se dio
el tono adecuado, y durante un momento el pintor permaneció arrobado
delante de la obra que había realizado.
-
- "Pero al instante siguiente" - me desveló la narradora - "se
volvió a su amada, quizá para felicitarla por su paciencia, o
tal vez para enorgullecerse de su obra, mas se puso trémulo y
pálido, pues ella había muerto".
- -
"Le enseñaré" - me hizo saber a la vez que, de un anuario artístico
cual ojeaba veloz, buscaba una página en concreto - "quien fue
el creador de la obra".
- Tardó
casi diez segundos en hallarla, y un grito, de gesto amordazado
por el congojo de mi alma, exclamé al ver su fotografía, pues
¡él! ¡Era él!. Su mismo peinado… El inconfundible brillo de su
iris… Sus músculos labrados…
- Sin
esperar despuntar la próxima alba marché rauda a Honomu. Llegué
cuando el ocaso dibujaba la fatiga en el tejado de abisal zarco,
con esas pinceladas de trazos púrpuras plasmadas en cuyas nubes
anunciaban el festín de sus pompas venideras, y el viento arrastrando
los ecos perlados de su furia atronadora, mas la peor de las sospechas
se cumplió.
- Donde
la casa se sustentaba, ahora había una aureola de flora silvestre
bordeando los márgenes de la selva, y en cuanto a él, ni un solo
vecino vio jamás tal sujeto, y su obra... ¡es un misterio su paradero!.
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