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| Fecha |
23
/ 02 / 2010 |
Autor/a |
marcgisbert
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Relatos de bondage VIP - La haya ***
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Antes
de leer y conocer los relatos, visitar el artículo
de presentación para conocer su historia y su leyenda.
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| ¡De
cuanta razón me colmo al decirles cómo de hermosas son
las historias de amor, y sus idílicas postales que ustedes
arden por vivir, las de verse ambos enarbalgados por cual
lluvia arrecia en su paraje de fantasía!. |
| Fácil
resulta imaginárseles los dos escuchando el tosco gruñir
de los belicosos corsarios en los grises galeones sobre
la cúpula de su cráneo, y con nostalgia recordar cual
demencia les invadió, al salir sin tener las carnes cubiertas
ni por un hilo de tela a someterse bajo su ira, y los
atónitos bucaneros enmudecer sus bramidos al verles desnudos
envueltos en un mar de sonrisas. Las gotas de cristales
acuosos regaban la siembra de los cabellos, resbalaban
por los rostros y más abajo aún, unas evaporadas entre
los poros de la piel a su cauce, y el resto arrastrándose
hasta la cándida meta fruto de su íntima pasión. |
| ¡Que
gratos momentos les sobrevendrán, desafiantes con sus
brazos abiertos en cruz y la cabeza inclinada alzando
los ojos cerrados a las bravuconas naves de marengos cascos!.
Mas, acertada o no la decisión de retarles, pues fue como
si las cisternas de sus tanques hubieran reventado de
tal provocación, se miraron ajenos al diluvio con las
cuencas encendidas por la antorcha del deseo, el amor
encarnado que se irradiaba en las pupilas y los pómulos
enrojecidos de calor. |
| ¡Ah,
el amor! ¡Como en el mejor de los sueños! ¡Sí! ¡Mirando
con belleza la casta naturaleza cual en su regazo les
albergaba!. |
| Sin
más espera, despojaron de su velo los besos enardecidos,
dejando caer suaves las espaldas a escarbar las raíces
de las hierbas anegadas, acariciándose mimosos con las
púas de las uñas sus carnes empantanadas, y la sangre
de las venas que les hervía mientras buscaban por las
pelvis sin atuendos la pizca de amor más puro. |
| ¡Cuánta
de verdad tengo si les creo ahora esbozar una zalamera
sonrisa!. |
| Luego,
culminada la efusiva fiesta de las almas, las hoscas nubes
fruncidas en el ceño del universo bramaban con más violencia
aún si cabría al refugiarse bajo el protectorado de su
lar y sentarse junto la hoguera sin cubrirse, atizando
con el abanico la leña para hacer de las llamas pábulas
un torreón más rugiente. Las maderas de los troncos sacaban
sus besos de blanca espuma, y explotaba su corteza en
bengalas festivas mientras ustedes, tórridos amantes,
presos a la luz de la hoguera enajenada, huéspedes de
su halo, calentaban las palmas abiertas sobre los remolinos
pasto del fuego, las delicadas manos silentes que más
tarde se tocaban, se aferraban, cerrando los tentáculos
de los dedos cuales sólo soltaban para echar más leños
a las llamas de pretensión desfallecer. |
| Aún
tienen en su oído grabado el sonido del tuero brillador
estallando a chispas, cuyo filamento ascendía por el tiro
de la chimenea y cuya aureola sobrante la muy descarada
osaba con su resplandor tocar los senos descubiertos de
su pareja, el vientre, sus muslos, a rodillas y a los
pies más abajo y arriba de los hombros, mesar su cabello,
besar sus plácidas mejillas teñidas de rosa, secar cuidadosa
la empapada piel de su efigie, del cuello y de su boca
atiborrada de besos dados y por dar. |
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- ¡Sonrían!
¡Sí! ¡Sonrían! Mas la suerte fue su aliada, por cuyos hechos a
continuación les voy a relatar.
- Con
insólita violencia crepitaban devorados en las panzas de la hoguera
los leños talados de los brumosos taludes al este, mas allí, de
donde he dicho venían esos troncos tronzados a medida, había antaño
un lozano árbol de quien se quiso hacer polvo y serrín de su savia
seca.
- ¡Ah,
pobre infausto! De él, moribundo por su reloj de saetas sin gozo
ya, marcharon hasta las hiedras que a su torso con apego se abrazaban,
pero ¡cuánto de reino noble tuvo!.
- A
los más rorros del pueblo aledaño les encantaba trepar por su
robusto armazón hasta el barandal de sus recias ramas, donde formaban
el brazo y el torso su oquedad, y pendían cada una de sus piernas
por los lados opuestos, y con las manos apoyadas en la corteza
sonreían de santa inocencia, absortos en el tiempo mientras contemplaban
cómo a lo alto inalcanzable de la copa, confundidos entre el nítido
glauco que barnizaba su follaje, la naturaleza daba atenta de
comer a cuatro retoños apenas recién alumbrados, desnudos aún
de su túnica oficial.
- Las
alas, las de la libertad, ni tan siquiera podían despegarlas de
su tierno torso rosáceo.
- En
aquel lugar, bajo el buen cobijo de la fronda, trinaron con óbolo
galán sus cantos, hasta que por fin, vestidos de sus penachos
y con joven envergadura, alzaron el vuelo abandonando joviales
el nido matriarcal.
- En
cuanto al árbol en sí, maldecida se tornó su meta, la de quien
fue vestigio de ancestros linajes que deberían de haber visto,
con los ecos novicios de los ladridos, a los animales salvajes
hundirse a la carrera entre la floresta, corzos, jabalíes, ciervos,
alces, liebres, camuflados entre el sotobosco, y los cazadores
detener traíllas y caballos, apuntar, cerrar un ojo, y el dedo
índice impulsar atrás el gatillo cuyas balas sesgadas hincaban
su punta metálica en los pardos flancos de los venados con magna
cornamenta, cuales bestias sangraban, bramaban con dolor cayendo
moribundos por el lomo antónimo a las hojas muertas del suelo,
sus pezuñas escarbando malheridos y su hocico abrevando de la
sangre derramada, resoplando el vaho sanguíneo que se esfumaba
y se impregnaba en los zócalos refajos de los árboles.
- Sin
embargo, ahora, obra y gracia de la dichosa mano humana sin razón,
aquel jeriarca se cocía en la hoguera frontal a sus efigies desnudas.
- Ni
un solo consuelo, ni un ínfimo rastro de añoranza, denotaban los
amantes de sus años mozos, de cómo sus fornidos brazos se habrían
camino entre la maleza de la selva, de sus tragos de profundo
raigón, o de los bejucos adornando sus andrajos.
- Llamas
empinadas y erectas, las mismas antepasadas del infierno donde
ardían las reas condenadas por brujería, devoraban impasibles
su historia, el funesto reverdecido de sus hojas ya marchitadas,
muertas, bañado lustros pasados por el oro fogoso y dorado del
sol salido por oriente, y ese enjambre de moradas que, incrustadas
en el líber y la albura, perennes habían habitado hadas y ninfas
de los bosques capaces de cumplir hasta el más inaccesible de
los sueños.
- Créanme,
pues sé de cuanto hablo, y no les deseo vayan a ser por desgracia
futiles protagonistas, aunque si todavía rebosan aire incrédulo
escuchen cuanto les voy a decir.
- Domonon,
leñador arrogante y vacilón, tomó aquel primer día de otoño su
larga hacha de talar cuya hoja afilada presumía de cuantos árboles
derribó. Una densa niebla cubría la bóveda celeste, ocultando
con sus bajas urbes la espesa copa de los árboles más altos, y
calzando en sus pies botas de piel cruzó los dominios de las hierbas
silvestres, aguardando en breve adentrarse por la espesura tenebrosa
de la selva donde con el vigor de sus músculos podría tajar las
indefensas cortezas.
- Ya
adulto, aquel ogro ignoró las sabias lecciones que su progenitor
le impartió en su más inocente infancia.
- -
"¡Sandeces!" - decía siendo ya mayor de edad acerca de tales leyendas.
-
¡Pobre Domonon! No cometan ustedes el error de tal joven esbelto,
que a carcajadas estalló cuando su alma le recordó las palabras
de los indios hidatsa, quien afirmaban que todas las cosas naturales,
como el hombre, tienen su sombra y su espíritu.
- Los
consejos jamás regresan al azar, y su padre así siempre se lo
infundió.
- -
"¡Los árboles, hijo mío!" - pronunciaba con acento paternal contemplando
anonadado su atuendo verdusco - "¡son nuestra vida, nuestros muros,
nuestro oxígeno y salvación! ¡Por cada uno talado, uno nuevo debemos
de sembrar!".
- Domonon,
entonces muchacho afable, escuchaba atento las disertaciones.
- -
"¡De cuantos objetos hagas con su cuerpo, mesas, sillas, muebles,
siempre pon los tablones como el árbol los erguió, pues los espíritus
podrían enfadarse y asolar tu hogar con una vasta plaga de maldiciones!"
- y ahora, a fecha presente, quien resultó alumno aplicado se
reía de cuales lecciones no debía menospreciar.
- Pues
él buscaba leños de los más hermosos, para lanzarlos a la hoguera
que frente a él contagiaría los deseos, al caer la noche, de acostarse
con su reciente amada.
- Sé
que cual terrible desgracia iba a escribir su destino les resultará
ridícula, pues hoy en día, quizá también usted, nadie cree en
semejantes relatos de no dormir, talando hectáreas y más hectáreas
sin ningún tipo de complejos. Nada importa, sino sólo los tablones
convertidos en dinero mas, señoras y señores, olvidan el precio
por sus servicios.
- ¡Sí!
¡Ríanse! Pero mientras Domonon seguía adentrándose por los estrechos
senderos cernidos entre la maleza y el ejército de fustes, santiguado
por las cruces donde los vastos troncos se ramificaban, la tensión
en el aire comenzó a hacerse muy palpable, dando a la escena un
ambiente húmedo y bochornoso como él no recordaba haber sentido.
La espesa niebla aguardaba centinela en flecos repartidos entre
los habitantes de la tierra, y cuyas fúnebres siluetas calaban
hasta lo más hondo de la médula ósea. El suelo poco a poco se
tornó negruzco, húmedo, cubierto de un manto ocre de crujiente
hojarasca que delataba a los espíritus su malintencionada presencia,
pero él, de cerebro atrofiado, apenas evaluó los sucesos y continuó
andando hasta por fin hallarse frente un majestuoso ejemplar,
cual carne de celulosa y lignina le daría para tórridas noches
de sexo durante al menos dos largas semanas.
- Sus
ojos brillaron como quien ante él nace una mina de diamantes,
olvidado de que cuanto ser vivo se arbolaba pertenece a la nodriza
Madre Naturaleza, en donde vive y se expande, donde loa la lluvia
y a cuya sombra, generosa y abundante, el poeta encuentra la más
mágica inspiración.
- Si
hubieran visto ejemplar similar, de forma majestuosa, con sus
bajas ramillas zigzagueantes, cual mosaico creaba cúpula al orador
sotobosque y abrigada por una espectral umbría, sabrían a qué
me refiero. Mas no vayan siquiera a imaginar un porte diabólico,
ya que es dócil, afable, que ofrece como aposento al caminante
las raíces sobre margas que emergen de la nutrida tierra, duras,
sanas, y cuya curva al erigir su cuerpo permite recostar la espalda
de quienes a su gratitud se ofrecen.
- Observado
lejano, fundidos nosotros como las nieves en las carpas cumbres
de las montañas vecinas, aparece ante el atento espectador su
tono camuflado entre una suave felpa de verde claro, donde los
rayos del sol reducen sus pepitas de oro, y cerca, tanto que incluso
pueden rozar la energía de sus músculos, no se escandalicen si
contemplan rezarle tejos, acebos, bojes, fresnos, serbales y cuantos
más disculpe no recuerde ahora.
- ¡Menuda
belleza!.
- A
su saya, y en todo el abanico cual a éste le rodea, había colonias
de líquenes, ermitaños eléboros abrazados entre el grosor de sus
raíces, el aroma inconfundible de la aspérula, los exquisitos
arándanos, codicia de un sinfín de golosos, la hierba del meuco,
las tenues aleluyas, las venenosas dafnes y otras tanta flores
de rica olor que no hace mucho, en el abril primaveral, brotaron
sin pudor ni temor a la maldad del hombre.
- ¡Que
iban a creer ellos de cuan salvaje iba a ser Domonon! ¡Cómo iban
lirones y ardillas a creer que el infante Domonon, hecho ya hombre,
iba a privarles de sus hayucos! ¡Dónde reposarían los ciervos
su trotar, y el cárabo su vuelo, y las martas retozar su pelaje
pardo oscuro, y el carnívoro armiño lucir su piel suave y delicada
de un refulgente blanco a pleno invierno!.
- Ni
el halo mítico que quiebra el paraje cual le circunda, ni la plena
calma que embarga al internarse en su imperio, logró enternecer
la maldad de su verdugo, pues tomó el hacha con sus manos robustas
por la parte más baja de su mango, ya como gladiador en la arena
del circo armado con el flexible acero, retorció su cintura, y
a vuelo raudo empujó el arma contra la gruesa corteza cual vestía
su pudor.
- Al
tercer embate, un repentino soplo rozó sus oídos, y le pareció
percibir en su cauce un sonido extraño incapaz de discernir, sonrisas
o susurros o tal vez gritos. Un pequeño temblor acució lo más
abisal de su miseria humana, mas no vayan a creer que detuvo entonces
su deshonrosa fechoría.
- Al
contrario, siguió y siguió, tajando las células del corcho, el
vivo felidermis, los vasos cribosos, el floema, los xilemas, las
membranas lignificadas, las células parenquimáticas, impasible
mientras la sangre de su víctima encharcaba los ojos de quien
lo vio nacer, y así fue hasta alcanzar, tras un derroche de hachazos,
el centro del duramen.
- Pero
para él, imbécil sin cultura, tan solo era madera.
- De
repente, la niebla lotanza se abalanzó hacia él, condensa como
la argamasa, sin apenas dejarle ver más allá de un par de metros,
dándole cuenta de cuan infausto acto cometía, pero de mayor ceguera
gozaba las entrañas de tal sujeto.
- Media
hora le costó terminar su terrible hazaña.
- Un
rastro de muerte, formado por el limbo arrastrado y arrancado
de sus hojas acuminadas, quedó esparcido por el suelo todo lo
largo del trayecto hasta donde, a puertas de su hogar, despedazó
a trozos la moribunda efigie del pobre árbol.
- Sólo
una pira de tueros, colocados estratégicamente a tocar de la hoguera,
daba fe de su existencia al llegar su dulce novia, ya con las
saetas del reloj a punto de señalar la tercera hora superado el
anochecer.
- El
calor cual azotaba sus almas les hizo acercarse, imprimir en ambos
labios la joya de su beso recíproco, tímido, amortecido, para
en breve tornarse joven y amazona, embatiendo infatigables a su
par oponente, y las lenguas que se abrazan, que se arrastran una
contra otra y se raptan los deseos, al tiempo que las manos de
Domonon suben a posarse sobre los cándidos pechos de la chica.
- Dejados
caer encima de la felpa teñida por tonos gemas y esmeraldas, los
contertulios del erótico diálogo se miran, crecidos, alocados,
e inician la fiesta por la cual díganme ustedes si fue necesario
destrozar una vida.
- Mas…
¡que importa!.
- Los
deseos se cierran, tirando de las prendas hacia arriba, arrojándolas
a las baldosas ópalas del sur, dejando ambos sus secretos prohibidos
al descubierto, amparados por la noche y un cielo cual luce los
tintes rosáceos de las ajenas luces.
- En
breve, ¡cómo se agitan! Y frente a ellos el árbol, privado de
su libertad, contempla la escena por la cual ha sido sometido
a su desdichada muerte.
- Insaciable,
buscaba Domonon el arrecife femenino con su fálico detector, más
abajo del ombligo, rozando su glande hinchado el decoroso vello
púbico hasta por fin encontrar el pantano de su vulva ciega, y
como jabalina cual sin tocar suelo marcha a la carga de su presa,
así lanzó él su verga, incrustando la arista al otro costado de
las carnes.
- -
"¡Sí!" - gimió en un primer instante la muchacha sin poder contener
su gozo.
- Precisamente
en dicho instante, conquistados por una furia justificada, los
espíritus del árbol salieron por las columnas de la hoguera, y
con su halo espectral llegaron incluso a tocar la espalda desnuda
de Domonon, pero él, ofuscado en narcisas acometidas de placer,
ni el más mínimo caso le prestó al cosquilleo que tal suceso le
desveló.
- De
susurros fantasmales, ni uno escuchó.
- Mas
por aquel entonces, cuando embestía su cintura contra la pelvis
de la muchacha, la yema apical de la venganza comenzó a surcar
las entrañas intestinales del arrogante leñador, bifurcando en
todas direcciones su raíz pivotante. Pero ellos, tórridos amantes,
ajenos a cual peligro les acechaba, continuaban estrechados en
un solemne abrazo del cual no iban a librarse jamás.
- -
"¡Sí! ¡Sí!" - jadeaba ella presa de locura al sentir su enhiesto
rabo hincarse de tal manera que ningún humano lograría imitar.
- Fue
como si susodicho órgano tomara figura axonoforma, penetrando
vertical buscando lo más hondo de su elástico conducto mientras
exploraba con su cofia cada recodo.
- -
"¡Oh! ¡Sí! ¡Sí! ¡Así!" - gemía la chica posesa, incapaz de entender
tales sensaciones.
- Su
verga tomó la clásica dureza de un monumental cilindro de madera,
que con sus hebrillas parecía relamerle exquisito las sales minerales,
bebiendo de su flujo acuoso, y sus manos, tan dulces, tan suaves,
se aferraban a su piel desnuda como impregnadas por una espesa
capa de resina.
- La
frágil contendiente se derretía de gusto. Sus ojos cerrados, extasiados
y vencidos, apenas eran capaces de alzar los párpados, y un intenso
temblor, similar al resurgir de sus abismos el orgasmo, le invadió.
- -
"¡Sigue! ¡Sigue!" - berreaba sin cesar.
- Los
largos cabellos de él se balanceaban mesados por cuyo viento cruzó
los amplios ventanales, acariciando los labios de la doncella
con ese tacto inconfundible que sólo el limbo de las hojas ofrece,
mientras sus brazos la fundían en un rígido abrazo cual lasciva
pretensión denotaba no dejarla escapar.
- Por
supuesto, tampoco tenía la joven novia tales intenciones.
- Al
contrario, se dejó llevar por un orgasmo más y más creciente hasta
que por fin se apoderó de toda ella.
- -
"¡Oh! ¡Sí!" - reiteró ininterrumpidamente durante casi quince
largos segundos.
- ¡Que
placer! Pero, mis queridos lectores, demasiado tarde abrió sus
ojos.
- Allí
estaba Domonon, de pie, erguido, aunque sin ningún atisbo de apariencia
humana. Impresionaba la magnanimidad de su tronco, la robustez
de sus grandes brazos, su fuste recto, su corteza lisa teñida
de unos tonos mezcla de plateado y gris marengo, y cuya cima ovoide
resquebrajaba el piramidal cierre del tejado.
- ¡Que
grito asoló la atmósfera! ¡De un terror sin igual! Pero la haya,
monarca donde las nubes bajas detienen su curso en las vertientes
septentrionales de los montes, desecaba ya mortal su figura carnosa.
- Hermosa
imagen lucía, millares y millares de hojas, ovaladas, ligeramente
dentadas, ciliadas en los márgenes, vellosas, suaves por ambas
caras, de ápices punzantes, marcescentes, que cubrían la desnudez
de su ancha copa y cuyos espléndidos hayucos de color avellana
asomaban de los interiores de su involucro abierto en cuatro gajos.
- Mientras
tanto, la chica se sentía morir, invadida por un sabor acre cual
no dejó de notar hasta perecer.
- Bien
sé es desgraciado su triste final, y también desmerecido, pero
jamás olviden cuanto les acabo de contar, pues sólo es necesario
el error de un sujeto para condenar a una inocente multitud.
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