Fecha 23 / 02 / 2010 Autor/a
marcgisbert
*** Relatos de bondage VIP - Jaque Mate ***
Antes de leer y conocer los relatos, visitar el artículo de presentación para conocer su historia y su leyenda.
La fecha exacta no la recuerdo, aunque la puedo situar, con un ínfimo margen de error, en torno al siete de junio, pues databa entonces la segunda jornada de un torneo de ajedrez cual yo disputaba en las instalaciones del Escacs Ritszche. Sin embargo, cuales hechos sucedieron, y que aún a día de hoy seguía manteniendo en el más hermético secreto, no los olvidaré jamás.
Antes, debo advertirles que dicha historia no es precisamente de ajedrez, o quizá sí, o incluso ni yo misma, la protagonista principal, lo sé, pues cuanto ocurrió escapa a pleno siglo XXI de la máxima razón humana.
En susodicho juego, deporte o arte, como a ustedes les plazca nombrarlo, me inicié a la pronta edad de seis años, las tardes de los sábados y los domingos lidiando decenas de partidas contra mi vástago oponente, cual no sólo me infundió la afición, sino además me enseñó que, seas peón o reina, todos somos piezas de fino marfil encasillados en las sesenta y cuatro celdas del tablero de la vida.
Lo decía sin poder evitar denotar un bárbaro sarcasmo, acuciado por las penurias económicas, pero ciertamente no me importaba su tino apesadumbrado, pues no ser el insepulto televisor uno más de la familia nos permitió gozar de momentos que no hay suficiente dinero en el mundo capaz de comprar.
En cuanto al juego, aún a pesar de las habladurías de los autodenominados expertos, jamás lo he considerado una batalla intelectual. Lo afirmo por la libertad de expresión, por ser federada desde mi tierna infancia y por desempeñar, de lunes a viernes, entre las siete y las diez de la noche, labores de secretaria, muy mal pagada por cierto, en las oficinas del Shah Club, sitas a tan sólo cuatro portales de mi domicilio, ambos en la misma manzana de la calle Congost.
Sin ánimo de ofender, mas quien así se aluda he ahí él con su estado, el ajedrez sólo requiere atención, concentración, y un buen sentido de la estrategia, y de cuyos aspectos positivos cabe resaltar el estimular la imaginación, favorecer el razonamiento lógico, habituar a los contendientes al análisis de situaciones y a asumir la toma de decisiones, virtudes cuales sólo son una mínima parte de todo el conjunto de la soberana inteligencia.
¡Que su restante sea en desuso, no es ése mi problema!.
Mis tareas son distintas, cuales no les voy a describir pues no es mi intención sumirlos en un profundo tedio, y los miles de segundos sobrantes quizá les agrade saber que los dedicaba a jugar lúdicas partidas con los miembros del club.
Mi tablero preferido es el número siete, quizá porque la pared al envés de las piezas negras era la única sin fotografías vetustas, cuyo adorno lo suplantaba acertadamente un lema, Gens una sumus, sombreando las hojas enmarcadas tras cristales donde se enseñaba el origen del juego y su leyenda, la del sabio brahman quien lo inventó para dar una lección al rey tirano, cual, muy satisfecho de su ingenuo, le prometió concederle cuanto quisiera a cambio de su producto.
Si por acaso no creen en su resultado, hagan como yo, incrédula de mí, y calculen ustedes mismos cuya cantidad solicitó, ésta es, el total de trigo resultante de poner un grano en la primera casilla del
  • tablero, dos en la segunda, cuatro en la tercera, y así siempre doblando sucesivamente el último cálculo obtenido. Es inevitable esbozar una sonrisa al comprobar el resultado final, pues para producir dicha cifra se necesita mucha más tierra que la ofrecida por los cinco continentes.
  • A escasos palmos de tal historia, un amplio ventanal abierto de par en par me permitía mirar los cauces degradados de los ánditos de un barrio cual, por desgracia, daba la impresión de haber arrojado con desdén su saludable calidad de antaño.
  • Dicho poéticamente, para no malherir ciegas sensibilidades, el barrio se había convertido en un amasijo de enajenados hierros cuales formaban los edificios erigidos por fajos de especulación, resonando por sus cañadas sucias atusadas con feas binzas de alquitrán oscuro su tráfago sin cesar.
  • Si no es de su gusto este término poético, les diré que me siento vieja a tan joven edad, pues ni un vago recuerdo de mis años infantes permanece en pie. Donde sobrevivía esa pintoresca tienda de golosinas, regentada por dos pobres ancianos hoy ya muy por seguro difuntos, en la que cada día, diez minutos antes de las tres del mediodía, me detenía para atiborrar los bolsillos de mi macuto de exquisitos dulces, hoy hay un local templo del tráfico de drogas a pequeña escala; de la coqueta floristería, el único rincón de todo el barrio donde uno al pasear frente a ella podía inhalar con gusto el olor a campo, o de aquel huraño sótano, a tocar de mi portal, en el que cuatro jóvenes adolescentes berreaban sus sueños en canciones, prefiero no comentarles en cuanta deshonrosa desdicha devinieron.
  • Pero, por favor, mi querido lector, no vayamos a entristecernos, pues al fin y al cabo todas estas pésimas tribulaciones tocaban a su fin al alcanzar la hora de cierre.
  • Un reloj de cucú, obsequio de un socio a mediados de los años cincuenta, anunciaba tal momento.
  • Sin embargo, aquel anochecer, habiendo finiquitado con tempranza el embrollo de papeles, cerciorada de no dejar ni una sola luz encendida, y a punto de marchar del primer piso que correspondía a la sede del club, me pareció escuchar de repente un inusual golpe, similar a cuando una pieza de ébano se tumba sobre la superficie leñosa del tablero.
  • Presté suma atención en los siguientes diez segundos, quizá añádanle alguno más, puesto que el sonido no pareció ser fruto de mi fantasía, pero, visto que no se sucedió, cerré la puerta, volteé la llave en la cerradura y, descendido el penúltimo escalón, contados éstos a la inversa, escuché más brusca tal idéntica onomatopeya.
  • Un mar de tribulaciones me asoló. Cabía la ridícula posibilidad de haber entrado algún ladrón, o tal vez algún socio con desafortunadas intenciones se amagó esperando mi marcha. Pero, dónde, pues siempre inspeccionaba la instalación antes de salir, ¡¡salvo el aseo!!. Sobresaltada, recordé la puerta abierta por una ínfima ranura, a cual no le di la menor importancia pero, pensándolo detenidamente, era lo bastante amplia como para avistar sin sospecha mis movimientos, y percibir con nitidez cualquier ruido delator de toda presencia ajena a sus intereses.
  • Desconozco su decisión en tal situación, pero yo, a pesar de que mi miserable sueldo no incluía cuota de riesgo, opté por regresar.
  • - "¿Hay alguien?" - grité notificando mi vuelta a viva voz.
  • Ni el eco taciturno tuvo la decencia de contestar.
  • Encendidas ya todas las luces, peor fue aún comprobar vacío el recinto principal de mis sólidas sospechas y sentir, al cerrar de un golpe seco su cancela leñosa, un ronco toser cual provenía de la sala de juegos. El típico tono ambarino de las pírricas bombillas dominaban sin excepción las estancias, pero extrañamente no se lograba vislumbrar la sombra de silueta humana, ni pasos desplazarse por el suelo pavimentado de baldosas.
  • Como azotada por fríos antárticos, mis manos temblaban casi a su mismo compás, y mis rodillas flaqueaban de tal modo que ni siquiera me era factible impulsar las piernas hacia delante. Mis ojos miraban desorbitados, aterrados, conocedores, de la angustiosa situación, mientras mi mente desarchivaba el orden alterno de los socios para intentar descifrar quien sería capaz de semejante maquiavélica idea.
  • Reconozco que a decenas de individuos despertaban mi inquietud, por cuales miraban con lascivo descaro mi sujetador transparentado bajo la blusa blanca, o quienes demasiado tiempo habían perdurado para su desdicha a la barra del bar, y de otros tantos que no es necesario mencionar pues, ya en la sala, no podía dar crédito a cuanto vi ante mis ojos.
  • Todas las unidades del ejército negro, el de mi estimado tablero número siete, se habían alzado de sus casillas, y allí estaban, de pie, con sus vivas siluetas enfocadas de frente a mí.
  • A su liderazgo estaba el rey, un gigantesco hombre de raza negra cual superaba holgadamente los dos metros de altura, vestido con una capa real y la corona sobre su testa de cabello rapado.
  • Si alguna palabra, por aquellos misterios inexplicables, hubiera acertado a pronunciar, habría sido disculparme por no planificar de antemano un discurso de bienvenida, y harán bien, mis queridos lectores, en tomar su acento con ironía, pues en verdad me quedé callada, inmóvil, sin saber reaccionar, mientras el soberano, alzándose de su trono tallado en madera de sauce, doblegó su brazo zurdo, y con un ágil vaivén de sus dedos se despojó de las vestimentas, mostrándome su cuerpo desnudo, su fornido pecho de vigorosos músculos y abismal canal, la espalda de anchos dorsales trazados en mayúscula uve, los meandros de sus abdominales bien surcados en su vientre, ¡¡y su lanza!!, a quien otro nombre menor no podía dar de su descomunal verga, cuya punta atocinada me señalaba directamente, ansiosa por enristrarme.
  • Mas, como he dicho, su majestad alcanzó el paraíso con todo su tropel. A sus pies estaban los escuderos peones, muy enanos por cierto, con su inquiriosa sonrisa oculta tras las palmas de sus manos. A su derecha quedaba su esposa, una dama elegante, engalanada con su envidiable capa de caro terciopelo, luciendo una corona redonda circundando su largo cabello azabache cual pendía en salvaje onda hasta besar sus puntas lo más aledaño al cielo de sus hombros, y de quien resaltaba sobre todo el hecho de sobrepasar en altura al resto de su leal ejército.
  • Recuerdo de ella que algo susurró a su amado en voy muy baja al oído, antes de que sus penetrantes ojos ocres me miraran con lascivo descaro de arriba a abajo y sonriera agradecida.
  • En cada esquina de la sala habían edificado dos grandes atalayas, de cuyas fachadas pendían grandes láminas de borra con el fin de amortiguar los golpes de los arietes en combate, con plintos inclinados reforzando su base, y aspilleras cubiertas por postigos donde agazapados a cubierto permanecían alineados sus arqueros vigías.
  • Se veía, en sus lúgubres ventanas estrechas, soldados apostados listos para arrojar ademes, aceites hirviendo, o balas de paja en llamas con azufre, nafta y cal, y dos centuriones a cada flanco de su umbral, cubiertos por jubones acolchados, ceñidos de hombros a cintura, portados bajo su cota de mallas, grebas y escarcelas de dos piezas con goznes en las juntas internas, mitones de punto cubriendo desde la muñeca inclusive hasta la mitad del pulgar y el nacimiento de los demás dedos, el rostro oculto por un yelmo cónico de visera móvil, un escudo redondo con un perno punzante en el centro asido en su mano zurda, y en la opuesta sosteniendo una espada de doble filo con punta afilada de pomo curvado y sus bordes festoneados hasta la montura de sus mangos.
  • Los zapatos, eran de cuero con espuela punzante.
  • Por último, quedaba su guardia varega, montados en preciosos corceles de hebrillas brillantes y largas crines, muy galanes, con el casco abovedado de penacho central, las lorigas de acerosas láminas pequeñas e imbricadas, gorjales para la barbilla y la garganta, sentados en pose marcial sobre sillas forjadas de pomo alto y borrén trasero, provistos de estribos y sujetando su enorme lanza de hierro sin pendón ni punta roma.
  • - "¡No puede ser!" - alcancé tan sólo a exclamar de estupor.
  • Díganme fantasiosa cuantas veces se les antoje, pero en su rostro fiero se denotaba la experiencia de sus largas campañas militares. Frente a ellos, no resultaba difícil imaginar al líder blandir su espada al cielo, pronto de la señal, con su conquistado puño de bronce y sus incrustaciones de oro y jade, y exhortar a sus soldados en pos de cruentos altercados, y éstos al instante tensar las cuerdas de las ballestas con los trinquetes, cuales saetones arrojaban horizontales a topar con sus cuadrillos contra los muros de su baluarte defensivo, el grueso tocayo de las catapultas en estragos desplomar sus vecinas almenas con plomizas tefritas, y la muralla, acribillada, debilitada, fatalmente horadada, desmoronarse a pedazos trinchados.
  • ¡Y las torres! ¡Oh! Las torres enemigas, emperatrices de páramos adustos, que tantos siglos han visto desfilar ejércitos y días, que tantas veces han sido héroes de su asedio, doradas sus rocosas faces por el astro febo, que la luna las enlabelga, enajenadas en cuyas contiendas masticaban desde punzantes pedernales hasta estruendos de mosquetes y arcabuces, habían llegado a su fin.
  • ¡Que destellos de victoria lucían en sus cuencas! ¡Y con cual antojo de placer miraban atrás de mis telas! Mas, díganme cómo oponerme, a quienes aguerridos luchadores es su costumbre enfrentarse cuerpo a cuerpo en fecundo combate, hiriendo con las hojas dentadas de las hachas chatas, golpeándose despiadados con pesadas mazas de cabeza reforzada por puntas de hierro, la piedra pulida de las lanzas unidas a un fuste de nogal perforando sin descanso las formas del enemigo, saltando las chispas de los inquebrantables aceros interceder su ruta al vuelo, y quienes no lo lograban sufrir las destrozas en bárbaras heridas tajando fatalmente sus carnes.
  • Si aún no me creen, lástima sea la suya el no poder ver cómo, al escueto grito de "¡tomadla!", exclamado por el monarca, aquel octeto de bufones abalanzarse al unísono a por mí.
  • Sé que dicho suceso, el de ocho peones negros de un tablero de ajedrez arrojarse jabatos contra mí les resultará irrisorio, pero no los subestime, mi querido lector, pues son fríos y distantes por el vicio de pisotear los cuerpos cuales sin vida se agolpan, desangrados gota a gota y a centenares por minuto los funestos malvados, apilados con su arratonada piel finada sobre mantos de nogal anegados de rúbea sangre, e impasibles de tal matanza siguen su senda recta cual impresiona ser siempre la misma, mas les prometo no dudarían si en sus propias carnes hubieran sentido su valor al rodearme las genuflexiones de sus brazos por el gaznate de mi cuello.
  • De zafarse, ni titanes lo habrían conseguido, mas de ser así, obra y gracia de un milagro, ¡cuan a ojo avizor estaban los jinetes varegos!. Listos para en el fragor de la lid la ansia ávida de victoria tomar partido por su rabia, y a lomos de sus briosos caballos, blandiendo su firma fulgida por encima del mar de cóleras, hacer zozobrar la espada náufraga de norte a sur y de este a oeste sin obviar ni un solo resquicio, viendo como los más fuertes oponentes usaban su energía para abrirse paso a empellones entre sus propios compañeros, huyendo de la derrota, y cuyas pisadas provocaban horribles cenagales que entorpecían la estampida de los más rezagados.
  • ¡Con qué crueldad se deslumbraba su júbilo al verles perecer amontonados, asfixiados entre la turba o aplastados bajo suelas de compatriota tropel!. Y quienes quedaban taponados, morían por los filos de sus armas, pudriéndose fétidos en ese ponto de cadáveres, llenando el aire con el olor de la muerte mientras su pecaminosa alma aguardaba chamuscarse en las llamas de su sentencia.
  • ¡Que imbecilidad hubiera sido por mi parte forcejear!.
  • Me limité a aguardar paciente cuanto perduró una soporífera calma mientras el rey, andando a paso muy tranquilo, se aproximó a la cuarta mesa de la sala presente, la número uno, y abriendo su vasta palma despejó, como si un tornado hubiera circulado sobre ella, su blanco piélago hasta dejar el rectangular totalmente vacío.
  • - "¡Tendedla aquí encima!" - ordenó habiendo acabado ya su tarea.
  • Quizá crean que, tras obedecer y soltarme, debió de ser el momento perfecto para huir, pero en mi postura supina podía ver con nitidez a los arqueros de las torres con sus largos arcos de tejo apuntando sus flechas directas a mí, y cuyas punzantes púas de hierro invitaban sin engaño a una serena reflexión de mis actos. Les prometo que ustedes, como yo, tampoco se habrían movido ni un solo centímetro.
  • En realidad, mi coaccionada cordura sólo lograba hacerme sabedora de que la muerte acechaba en apenas un segundo si cualquiera de aquellos individuos decidía hacer uso de su arma, por lo que fue acertada la decisión de no mostrar oposición ni gesto alguno que diera pie a semejante confusión.
  • Aún así, estaba tranquila, pues desde el primer momento también fui consciente de que la única pretensión de aquel cachondo rey era satisfacer sus locas ansias de sexo, tan harto de su claustro de madera, en lugar de causarme daño alguno.
  • Todo esto cuanto he dicho alcancé a pensarlo en el largo minuto que dicha excelencia, estando de pie, meditaba conducir mis tobillos a una erótica posición camino de alcanzar los márgenes opuestos del improvisado catre amoroso.
  • - "¡Quitadle esta ropa!" - mandó a los peones que aguardaban inmóviles nuevas órdenes bordeando la figura geométrica de la mesa.
  • Pocas veces, por no decir ninguna, debían de haber desnudado a una chica, pues cogieron con saña la tela de mi vestido de donde mejor les plació, sin orden ni sentido, y todos a la vez comenzaron a estirar hacia ellos, frunciendo el ceño, apretando sus dientes blancos, enrabietados por la primera oposición de los hilos, hasta desgarrarlos a trozos y lanzarlos contra las baldosas de cerámica, hechos ya un manojo de jirones.
  • Yo resoplaba enfurecida, pues era de mis piezas favoritas, con una falda muy corta cual se detenía a poco de empezar mis muslos por su extremo superior, de cintura estrecha, torso ceñido que estratificaba con estilo bajo su tela mis pechos y un atrevido escote, pero producto de mi sumisión, o tal vez halagada al ver los ojos del rey desorbitarse, prendados de mi sensual conjunto de lencería, le resté importancia.
  • ¡Ojalá pudiera mostrarles una sola fotografía de cuan excitado estaba el monarca!. Alargó su mano, deslizando con cuidado las yemas por encima del suave encaje de la copa de mi sujetador, y su enorme verga, que en ningún momento había mostrado ni el más mínimo signo de desfallecer, latió como si fuera de babosa alegría.
  • - "¡Quitadle también esta pieza!" - ordenó a sus fieles ejecutar, y de nuevo los muy salvajes enanos, a cuales ahora sí rebosaba arduos deseos de abofetear, empujaron los tirantes con todas sus fuerzas, clavando las gomas elásticas en mi carne, hasta arrancarlos de sus enganches.
  • ¡Malditos bestias! ¡Que dolor! Sentía incluso pequeños cortes donde los bordes de la tela se aferró enrabiada a mi piel.
  • Ajeno a estos detalles, su alteza miraba absorto mis pechos, ya descubiertos de su coraza, firmes, esbeltos, con los pezones tiesos pues he de reconocer que aquella solemne figura negra despertaba en mí fantasías excitantes, y él se mostró satisfecho.
  • A partir de ahí sucedió cuanto se pueden imaginar.
  • Ardían sus palmas abiertas al tocar el cóncavo encendido de mis pechos, acariciándolos con mucho mimo, sus manos blasfemas reptando ofidias de la cima a las laderas, mas no tardó en bajar sus brazos rozando las finas uñas mis costados, por las costillas, circundar mi cintura derretida a su tacto, y tomando los finos tacos de mi tanga impulsó la ínfima prenda hasta hacerla salir por la planta de los pies.
  • Diez minutos antes, si hubiera sabido que un descomunal rey negro surgido de un tablero de ajedrez se hubiera acomodado a tributar conmigo los honores del sexo, habría huido corriendo de las instalaciones, pero ahora, que sus manos movían, ondeaban y desordenaban mi cabello suave, anhelaba con impaciencia sentirlo dentro de mí.
  • Aún hoy no puedo explicar razonablemente qué me ocurrió, pero mis labios buscaron raudos los suyos y ambos sublevamos las lenguas besándose con loca pasión adentro de las bocas, posadas una contra otra, abrazadas entre la intimidad de las blancas dientes.
  • Los lazos de los brazos abrazados, hincados por las garras de los apéndices, nos hizo la distancia añicos, y abusando de la cercanía separé mis piernas, cuya caverna recóndita lucía su tierra de candentes brasas, esperando entrara el grueso tronco de su pelvis entre las pringosas paredes empapadas de flujo vaginal, y sin vacilación así acometió.
  • - "¡Oh! ¡Sí!" - jadeé al sentirla traspasar el primer anillo de defensa.
  • Sus manos rastreaban sin cesar mi piel incandescente, apresándome las nalgas contra la lisa tabla, sin abandonar ni por error los besos subyugados de placer, y con un fulgor incontenible encerrado en la radiante esfera de su iris.
  • - "¡Te gusta!" - clamaba él orgulloso sin atisbo ninguno de pregunta, y yo, seducida por el roce de sus yemas mimosas sobre mis senos descubiertos, deleitándose en el erizo del pezón con su vértice de gredosas nieves perpetuas, asentía afirmativa.
  • - "¡Sigue! ¡ Sigue! ¡Así!" - rogaba con mi timbre de la voz capturado de gozo.
  • Embestía tan salvaje que ni tan siquiera me permitía levantarme una mísera pulgada de la llana superficie donde recostaba mi lomo, y a veces, cuando ambos emparedábamos frente a frente los vellos desvergonzados, sentía su ciclópea verga azotar en lo más abisal de mi elástica caverna.
  • Temblaba todo mi cuerpo de placer, embrujada por los mas inconfesables quehaceres ante un público que asistía al espectáculo con devoción, y de cuya presencia no era consciente hasta que el rey, arduo de mil y una fantasías por hacer, quiso cambiar de posición.
  • En segundos quedé con las piernas bien abiertas en forma piramidal, flexionadas las rodillas a los costados, las manos y antebrazos recostados en la recia mesa, la espalda arqueada en gesto aerodinámico y las nalgas enfocando a las alturas, consiguiendo así ofrecerle sin impedimentos el ansiado fruto de mi reducto anal.
  • Ni un ápice hube de insistir para que aceptara tal ofrenda.
  • - "¡Así estás perfecta!" - me comunicó con deseo irreprimible, y en seguida noté su grueso glande colocarse a puertas de mi orificio.
  • De un solo empujón su robusto órgano viril entró novicio su glande, sin titubear, sin retroceder, con firmeza, abriéndose paso por los dominios del esfínter y taladrando sus entrañas en busca todo su tubo convoy del excitante recto.
  • ¡Que gusto!
  • Atacaba como fiero toro de lidia, y debía yo de esforzarme para no perder el equilibrio entre sus brutales acometidas, mientras palpitábamos de júbilo ardoroso en pleno combate sobre la marea de sucio albugíneo.
  • - "¡Me encanta!" - llegué a gritar alocada con los ojos cerrados.
  • Del liviano dolor, de cual ni tan siquiera era necesario hacer esta pueril mención, pues apenas duró un par de jadeos, ya era historia, y un increíble placer me invadía ahora por completo.
  • Sus grandes manos me asían como garras de águilas por el piélago de mis caderas, acompasando el vaivén de su rabo cual con ira hincaba armado de sangre bien dentro de mí.
  • Sólo de admirable maestro alcanzo a definirlo, pues en verdad no hay adjetivo para describir tal maravilla. Quizá lo más acertado, para lograr ustedes hacerse una imagen de tal escena, sería revelarles que, quince minutos después, su majestad no mostraba ni un mínimo resquicio de flaqueza, con sus hercúleos músculos a plena acción y su lozana tranca insaciable, y yo, sucumbida a un éxtasis que jamás había experimentado, apenas podía discernir si, cuanto de inmediato se me avecinaba, era un segundo orgasmo o las réplicas de su predecesor cual hizo temblar hasta el último recodo de mi ser.
  • - "¡Sí! ¡Sí!" - gemí a voz enajenada.
  • En mis ojos ardía la rendición, sumisa y vencida, mientras él, quien se jactaba de su avance por mis carnes conquistadas, reas de su sexo, tomó mis hombros, y empujando hacia el suelo me colocó de rodillas frente a su magna figura.
  • Al instante, dilaté mis mandíbulas al máximo, pues era muy considerable el grosor de su voluminoso órgano, con ávidos deseos de apresarlo entre mi cavidad bucal y relamer deliciosa el sabroso manjar expuesto a mi vista.
  • - "¡Sí! ¡Así!" - suspiró el rey con su voz poderosa mientras mi cuello doblaba la cabeza hacia delante.
  • De esa manera logré que su falo profundizara tanto como pudiera entre los muros de mi boca, libando su glande, como fuente de miel fresca, con todo mi mejor hacer. Alcanzó tal envergadura que separó mis mandíbulas hasta severos límites, forzadas casi a desencajarlas, amordazando mis gemidos y atrapando con sus dedos tentáculos mi cabello de onda salvaje por donde el esplenio mantenía erguido el mentón.
  • - "¡Sigue! ¡Sigue!" - vociferaba lleno de júbilo.
  • Aquel cáñamo de carne palpitó impaciente, endurecido como mina de diamantes, y sin previo aviso disparó a bocajarro por el pico abierto de su frenillo cantidades ingentes de espeso semen, atiborrando toda mi boca, y el sobrante, cual aún por más que lo pretendía no me daba tiempo a engullir, salpicó toda mi cara, párpados, cejas, y cayó resbalando por las mejillas donde aguardaba mi lengua la avanzada de su níveo torrente lácteo.
  • Después, una pena me asoló intuyéndole retornar a su trono, y tal como temí, allí estaban, las piezas blancas frente las negras y ambos tropeles colocados en su posición de inicio, impasibles, firmes y erguidos preparados para la lid.
  • Mas ¡ah, mi rey!, él bien sabe que he aquí estoy, concubina de sus deseos, aguardando siempre muy en breve reencontrarnos, e incluso de todos los secretos no confesados hay uno en espacial cual ardo por desvelarles, el de que, desde aquel día, el rey negro del tablero número siete tiene una envidiable prominencia erecta en su parte baja, pero, por favor, guarden tal revelación entre nosotros, pues no vayan las mundanas gentes de poca fe a tomarme por demente.