Fecha 23 / 02 / 2010 Autor/a
marcgisbert
*** Relatos de bondage VIP - La gola del infierno ***
Antes de leer y conocer los relatos, visitar el artículo de presentación para conocer su historia y su leyenda.
No se alarmen, queridos lectores, de si en el transcurso de este relato a ustedes les abandona la luz cuando ahora mismo alumbra tan plácida estas hojas de lienzo níveo porque, si por casualidades de la vida tal suceso aconteciera, sepa es tan sólo pura coincidencia.
Se lo advierto con mis mejores intenciones, aunque escrito de tal modo pueda parecerles macabra ironía, pues no vayan a vislumbrar terrible semejanza con cuyas escenas me predispongo a contar.
Dichos hechos se remontan más o menos siete meses atrás de la fecha presente, a casi finalizar el ecuador de mi primer curso en la Universidad, cual está ubicada en el pleno centro de la capital.
Aquella tarde, la del veinte de enero para ser más precisos, agotada, pues en sus previas horas matinales hube de batirme en duelo a dos exámenes, cual uno de ellos me auguraba seguro un horrendo resultado, tomé a pie la calle hacia el oeste, donde un gallardo parque luce al mediodía oasis de su nocturna solitud y tras quien, en su vertiente septentrional, surge un afluente de asfalto en severa y perpetua subida hasta virar a lo más alto por una última vía, ésta ya de bien nulo tránsito pues donde terminaba súbito su coaccionado segmento surgía un estrecho sendero pedregoso por el que se alcanzaba la plácida aureola huida de la ciudad.
Desde allí, a inicios de las últimas fachadas, respirando el aire puro emanado por el corto bosque a mi espalda, se contemplaba con insólito privilegio todo el vasto mar que forma la argamasa de la ciudad, pero donde yo pretendo llevarlos es a la cuenca de su lomo, trepando por una lóbrega senda cuya tierra se amaga bajo un manto donde se unen hordas de hojas coriáceas de envés pubescente con acículas largas, acanaladas y de ramillas pardo rojizo. Hasta arriba, donde impertérrita aguarda la primera cima, se suceden en buena vecindad sus señores vasallos, pinos de corteza gruesa y encinas luciendo sus sinuosas ramas oblicuas, dando al viandante la sensación de hallarse envuelto por la magia de un mercado donde unos vendedores frugales le ofrecen resina y piñones, y el resto sus bellotas de mucrón glabro quienes impúdicas se exhiben desnudas de su cúpula hemisférica.
Alcanzado mi destino, contemplé cómo el paraje envolvente al patinar por la ladera opuesta cambia drásticamente, esparcida por toda su curva la baja maleza mas, aunque siempre miro los cerros cercanos, donde se sol me deleita con su puesta tranquila a tocar del anochecer, conmigo en su platea, sentada sobre el tímido pezón rocoso que a mi vera mana, aquel día, a lo lejos, amagado entre las bajas casas que detestan sus parientes, me llamó la atención un majestuoso edificio heredado de imperios medievales.
Parecerá increíble, pero jamás lo había visto.
Diez minutos tardé, bajo ese dorado amortecido propio de presentes horas, en acercarme a él y leer, según rezaba una placa con letras doradas en brillante tono negro, que correspondía a la Orden Religiosa de las Hermanas Gardilaso.
El convento en sí quedaba bien apartado del muro, inaccesible por unas ciclópeas puertas de rejas y engalanada su falda por unos obscenos jardines, cuales no eran de hierba trémula y humilde sino más bien de exquisitos caprichos eclesiales, colmados por una colosal fuente en funciones de adorno. Tenía un gigantesco pórtico gótico junto al cual se levantaban altas palmeras de granito con
  • su corteza moldeada y hermosos frisos con bases de mármol. Resaltaba ante su puerta principal sus escalones de gélido crisol, y por aquellas casualidades cuales emergen fruto de la antipatía empecé a pensar cuanta riqueza albergarían, el oro refulgiendo en sus altares, en las vidrieras y hasta en el lauro que se ceñía a sus prendas, tesoros de la cuna civilización, botines de las ancestrales Cruzadas, sus ornadas de flores opulentas, los libros reliquias de sabios antepasados, seda hasta en las servilletas, cortinas del mejor terciopelo, maderas de las más prohibidas, y en sus salones privados arañas de diamantino cristal pendiendo de sus pescantes.
  • Cuanto acto seguido ocurrió, deduzcan ustedes, a lo largo del relato, si son ciertas mis palabras, pues de sobras sé es delito entrar en recintos de propiedad privada, mas la tentación de su perdón, el de los siervos del Señor, me incitó a tal obrar, y sin dudarlo rodeé la tapia hasta poder saltar, gracias a un ángulo muerto de los ventanales, al interior de sus dominios.
  • Soplaba el clásico viento del atardecer que arrastraba las hojas marchitadas de lívido ocre por toda la vasta llanura del césped pardo, donde a mi dorso quedaban, por suerte efímeras, las huellas de mi presencia.
  • Me adentré poco a poco con un valor no propio de mí, sigilosa, cautelosa, en guardia avisada camino de cual fuente hace breves párrafos les acabo de hablar. Unas extrañas losas de intenso azabache le rodeaban con misterio. De lejos parecía ser una sola perforación, cuyo diámetro alcanzaba los dos metros siendo algo generosa en la medición, con un tono negro que le daba a sus bordes una caída perfectamente lisa, pues penetraba en el bloque de hojas circular sin aristas ni cortes, imitando con asombro las paredes quemadas de una honda chimenea.
  • Dos minutos después, pude atestiguar con certeza al pisarlas de qué se trataba. Baldosas; baldosas mundanas, comunes, como tantas miles que cubren el obrado pavimento de los hogares, pero cubiertas de un resbaladizo barniz cual daba su diabólica apariencia. El agua, cristalina y pura, reflejaba el dorado de mis cabellos al salpicar livianas gotas, quienes cayeron de mis manos traviesas, sus efigie de cerámica.
  • A pesar de todo, créanme si les digo que tal adorno seguía gozando de unos destellos profundos capaces de engullir a las almas más osadas. Daba la impresión de estar andando en el vacío, con las lóbregas tinieblas aguardando mi caída de un momento a otro, donde ni un solo eco se percibía, y no amagaré que sentía mi cobardía empeñarme las carnes lejos de sus aposentos.
  • ¡Ah, señores! ¡Debí de hacerle caso a mis instintos! Pues cuando quise aferrarme a los cantos fue demasiado tarde. Una turbulenta espiral transformó las losas en un desmenuzado armazón de piezas, y sin remedio me precipité hacia abajo a una velocidad de vértigo, en una caída cruel cual parecía no tener fin, oscura y ciega, dando vueltas y más vueltas que me hicieron perder toda noción de espacio y tiempo.
  • Aún mareada por la larga experiencia, fue mi primera consciencia notar las manos incomprensiblemente atadas a la espalda y oír, de los labios delgados de unos jueces más blancos que la hoja de papel en cuyo lienzo estas letras están escritas, vestidos con sus togas negras, el decreto que resolvía inexorable mi fatal destino, éste es, la sentencia de muerte.
  • - "¿Qué... qué ocurre?" - pregunté en un tono tartamudo, pues ni tan siquiera sabía donde me hallaba, pero como les será fácil vaticinar, ni uno solo de todos los presentes me respondió.
  • Sin embargo, pronto perdí su visión, pues dos alguaciles de fornido pectoral se encargaron de conducirme, con los ojos cubiertos por una gruesa venda de terciopelo negro, a donde por el recorrido parecía ser los sótanos del edificio.
  • Dos pisos, torciendo las escaleras a su zurda siempre y en sentido descendente, debían de ser razón suficiente para confirmar mis sospechas.
  • Apenas me quedaban fuerzas para pensar cuanto en verdad me estaba ocurriendo, de cómo aquellos dos hombres, ya detenidos frente donde quizá se hallaba mi celda, desenfundaron los cuchillos de sus cintos y con el filo de su acero tajaban mis ropas hasta conseguir su propósito de desnudarme.
  • Sin un ínfimo trozo de tela, cortaron el algodón de cuya cuerda se liaba en torno a mis muñecas instantes antes de cerrar una puerta, de hierro por su sonido, voltear la ganzúa en su cerradura, fijar una pesada barra de metal a su envés, y marchar plácidos con su tarea terminada.
  • Es curioso, pero fue el mismo efecto de ceguera al quitarme la venda, pues me encontraba envuelta en una noche negra cual no me dejaba ver nada entre una atmósfera insoportablemente densa, e hice un esfuerzo por respirar, acongojada por la sensación de que la intensidad de las tinieblas me oprimían y me ofuscaban. Las rodillas me temblaban de miedo, sin moverme, esforzándome por encontrar la razón de tanta calor. Tenía la macabra sensación de hallarme encerrada en una mazmorra de pavimento de piedra y aire cálido a la espera de mi próximo sacrificio.
  • ¡Cuánto hubiera dado por estar tendida de espaldas sobre las cuatro plazas que forman el longevo sofá turquesa de mi amplio salón, boca arriba, con las piernas todas rectas paralelas por encima del ponto de los cojines y la nuca recostada en el apoyabrazos afelpado!.
  • Ciertamente, aquello no podía estarme ocurriendo. Grité, pero sólo una claustrofóbica acústica devolvió con sorna mis palabras. Luego, casi por inercia, estiré los brazos en todas direcciones a mi alrededor. No toqué absolutamente nada, pero tampoco osaba avanzar ni un solo paso por miedo a topar con las infaustas paredes de una tumba mientras emanaba angustioso el sudor por todos los poros de mi piel, aunque desde hacía bastante rato rodaban gotas gordas y frías por mi frente, imparables hasta frenarse al impactar en el vello de mis finas y coquetas cejas.
  • Fue producto del ambiente húmedo y sofocante cual embargaba la estancia.
  • Respecto a mi actitud, bien no sabría cómo definírsela. Miedo, por supuesto, pero con aquella sabia templanza que conducía mi mente libre a pensar intentando encontrar, por ejemplo, la explicación de cómo pudieron los carceleros guiarme hasta tal ubicación si ni un simple resplandor de luz se percibía. A la vez no cesaba de infundirme ánimo, sabiendo que tarde o temprano obtendría la salida de mi cautiverio, pero justo entonces, cuando de mayor coraje había llenado mi alma, me vino a la memoria cuanto narran los libros de historia, de los reos condenados por la inquisición encerrados en mazmorras similares a quien sólo les aguardaba al salir el pasillo de la muerte.
  • ¡Cuantas maldades de aquellos déspotas despiadados inundaron en forma de ideas mi corteza prefrontal! ¡Con qué aires de pesadilla esbocé la hora de mi ejecución efectiva!.
  • Por desgracia de mi tormento, escasos meses antes había leído, en libros de historia a cuyo tema hacían referencia, todos los brutos horrores de sus crueles torturas, donde no había edad límite para los sometidos al castigo ni tampoco en cuantas sesiones de éste hubiera la víctima de soportar.
  • Aterrada, derrumbada por el pánico incierto de mi futuro, temí como nunca el mal sueño cual me iban a afligir.
  • ¿Qué macabro artilugio iba a despertar mi lóbulo parietal? ¿A cual de sus perversas atrocidades planeaban someterme? ¿La garrocha quizá? Donde los sufridos era alzados lentamente hasta quedar colgados por las muñecas de una polea en el techo, suspendidos en el vacío del habitáculo y con grandes pesos sujetos a los pies. ¿Tal vez la toca? Atada yo, penada sin culpa, sobre un bastidor, y forzada a abrir la boca me introducían un paño hasta la garganta con el fin de obligarme a tragar el agua vertida lentamente desde un número indeterminado de jarros que no parecían jamás acabar. ¿O el potro? Dios me libre de sufrir tal suplicio, pues sólo de oír su nombre me producía verdadero terror, saberme como cuantos prisioneros tuvieron la desdicha de padecerlo, atados fuertemente a un bastidor o banqueta, con cuerdas pasadas en torno al cuerpo y las extremidades, y controladas por el verdugo quien las iba ciñendo mediante vueltas dadas a sus extremos, logrando con cada nuevo giro de susodichas lianas que mordieran las carnes desnudas hasta terminar atravesándolas.
  • Mas mi único mal cometido fue saltar una maldita tapia, y cierto es que me arrepentí, y lo clamé a viva voz mientras mis brumosos ojos vertían un voluptuosa caudal de lágrimas, pero de nada sirvió tales lamentos.
  • Mi única posibilidad de escapar era hallar la puerta por cual entré, o en su defecto tocar algún parapeto de ladrillos, y con tal intención anduve a pasos muy cortos, oscilando los brazos alargados en cuanto perímetro abarcaban, hasta por fin encontrar un sólido obstáculo. Por el tacto, supe se trataba de un muro construido de piedra, muy liso, viscoso, frío, y pretendí, ya aprovechando la oportunidad de seguirlo, conocer sus dimensiones.
  • Para tal enmienda, tomé la venda, cual por aquellas cuestiones ajenas a lo inexplicable razón había mantenido siempre a mi custodia, y con sumo esmero la coloqué bien extendida y en ángulo recto respecto al muro, de modo que sabría de su medida al completar la circunferencia hasta encontrar de nuevo el jirón.
  • Por supuesto, cabía también la posibilidad de encontrar, con algo de fortuna, algún resquicio por el cual huir de aquella funesta mazmorra.
  • Avancé con cautela un trecho, andando paso a paso por ese suelo húmedo y resbaladizo pues, producto de los nervios y de mi cada vez más aflorada fatiga, no hubiera resultado imposible trastabillarme y caer de bruces, mas logré evitar dicho suceso durante todo mi recorrido hasta llegar donde antes de iniciar la andadura había colocado el citado trozo de tela aterciopelada. Conté cien pasos exactos, y suponiendo que cada dos pasos son una yarda, el perímetro del calabozo tenía unas cincuenta de éstas.
  • Sin embargo, un sinfín de cuestiones sin respuesta repicaban misteriosos mi saber, pues ¿y la puerta? ¿De dónde procedió entonces aquel férreo sonido al cerrarse? ¿Cómo pudieron los alguaciles salir de tal cavidad?.
  • Como bien ustedes acertarán a pensar, aquella situación no tenía lógica, pero en ese preciso instante, desorientada y confusa, oí un sonido semejante al de abrirse y cerrarse rápidamente una puerta muy por encima de mí, mientras un débil rayo de luz cruzaba efímera las tinieblas para desvanecerse con la misma precipitación cual había aparecido.
  • ¡Sí! ¡Lo reconozco! Aún eclipsada por la fugaz alegría, no debí de haberme separado de las paredes. No debí de dar aquellos diez o doce pasos con la inconsciencia y la celeridad que me irrumpió. Al igual que hasta entonces, habría de haber mantenido mi conducta precavida que tal útil me resultó. Pero el ímpetu me venció, y sin saber bien por qué, caí violentamente contra el suelo.
  • Confusa del soberbio golpe, tenía la extraña sensación de que mi mentón reposaba sobre el terreno del calabozo, pero mis labios y la parte superior de la cabeza no tocaba en sitio alguno, mientras una olor nauseabunda, como de setas podridas, subía hasta penetrar a través de mis fosas nasales.
  • -"¡No puede ser!" - gimoteé sollozante al tender un brazo, pues tal gesto me descubrió que me había desplomado exactamente al borde de un pozo circular cuya profundidad desconocía.
  • Para saberla, arranqué un diminuto fragmento de piedra debajo mismo del brocal para dejarlo caer al abismo, escuchando atenta los golpes que daba al rebotar en los costados del pozo a su caída, y tardé más de diez segundos en apreciar los ecos estridentes al hundirse en el agua.
  • Casi era imposible en esas condiciones sufrir una razón para felicitarse, pero si hubiera dado sólo un paso más antes de tropezar, ya estaría muerta.
  • Tendida en la misma posición cual quedé, sin moverme, mi actitud les será desconcertante, pues cundía en mí un profundo desánimo a la vez que mi cigomático mayor levantaba las comisuras en un silencio roto por un concierto de alocadas carcajadas. Aún así, no era júbilo su causa, sino el acérrimo deseo de tirarme de cabeza al maldito pozo para finiquitar mi calvario, pero no lo hice, quizá por ser demasiada mi cobardía, o tal vez porque tarde o temprano aquella pesadilla debería de terminar.
  • Arrastrándome con la ayuda de mis codos, busqué de nuevo la amena compañía del sólido muro, y fue recién iniciado mi propósito que intercedió un olor a mi epitelio olfatorio, cual emanaba de un trozo de carne, depositada en un plato de arcilla, cruelmente salada que al hecho único de lamer ya provocaba una sed atroz. Junto a él había una gruesa fracción de pan que devoré casi sin masticar, y una jarra de agua cual desesperada así por su asa y cuyo contenido consumí de un solo trago.
  • Sin embargo, para mi infortunio debieron de haber disuelto en el líquido algún barbitúrico de efecto analgésico y acción ultracorta, quizá pentotal o tiamital, pues sólo haber bebido sentí unas ganas irresistibles de dormir antes de caer en una profunda modorra.
  • Al despertar, fue grata la sorpresa al poder contemplar visibles cuantos objetos me rodeaban, gracias a un sulfuroso resplandor de origen imposible de determinar en un principio.
  • Estaba yo tendida boca arriba, completamente desnuda, con mi largo cabello rubio descansando todas sus salvajes ondas a ambos flancos de mi cuello, salvo algunos pocos mechones cuales rozaban sus raíces mis orificios nasales, haciéndome sentir un cosquilleo similar a si una manada de bufones trotaran en traviesas intenciones de hacerme estornudar.
  • Quise apartarlos con la mano, pero al no lograrlo hube de balancear en repetidas ocasiones y velozmente la cabeza de este a oeste y viceversa.
  • Extrañada del impedimento, busqué la razón. Me hallaba sobre una especie de estructura de madera muy baja, atada por una larga correa asemejada a una cinga, enroscada con muchas vueltas en torno a mi cuerpo y con tanta fuerza que ni tan siquiera me permitían despegar ni una pulgada mi espalda de la llana superficie leñosa. Con respecto a las extremidades superiores e inferiores, largas correas de cuero se liaban por mis muñecas sujetándolas inexorablemente a los extremos respectivos, y otro par cumplían misma tarea en tobillos y rodillas, abriéndome además con malicia cuanto máximo podían mis dos piernas.
  • La forma, desde el envés más soterrado del calcáneo a la cúspide de mi entrepierna, lograba imitar un triángulo casi perfecto.
  • - "¡Basta! ¡Basta!" - gritaba yo en aquel recinto vacío de gentes - "¡desatadme!".
  • Apercibida de mis estériles intentos, miré al techo, estando éste a una altura de treinta o cuarenta pies, con una figura cual pensé era un enorme péndulo, como los de los relojes antiguos y que, mirándolo con excesiva atención, parecía moverse encima de mí, oscilando corto, lento, y me sentí incómoda, tal también porque las paredes, cuya superficie entera era de hierro o algún otro metal, estaban adornadas de figuras repulsivas de demonios en poses amenazadoras, con formas de esqueletos y otras imágenes de horror todavía más terribles si cabía que cubrían toda su extensión.
  • Las siluetas estaban dibujadas con gran arte, pero los colores parecían borrosos y vagos, como si la humedad de la atmósfera los hubiera afectado. Con respecto al suelo, éste era liso, pulido, cual en su centro ahondaba un pozo circular cuyas fauces yacían abiertas con un macabro gesto de bostezar.
  • Si hubiera podido grabar mis gritos, de una intensidad que de continuar treinta minutos más corría el riesgo de sufrir afonía, habrían creído cual terror me atenazaba. Sin embargo, sólo burlescas cacofonías fueron privilegiadas testigos de cuan en verdad les confeso.
  • Mas por si no gozaba de suficiente mal infortunio sometida a las correosas ataduras, el movimiento del péndulo había aumentado en velocidad, y había descendido tanto que podía apreciar su extremo inferior formado por una media luna de acero brillante, cual tendría un pie de anchura de un extremo a otro. Los cuernos apuntaban hacia arriba, esbozando una sonrisa irónica, con su corte afilado como el de una navaja. La hoja iba unida a una gruesa barra de bronce, y todo el conjunto silbaba mientras oscilaba en lo alto recto a mí.
  • - "¡No puede ser!" - musité en un timbre de sumisa protesta.
  • Una sensación de horrendo miedo perturbó mi ánimo, en el que perdí toda confianza en mis recursos para afrontar cuyo peligro me acechaba. Chorros de sudor brotaban de mis poros más cobardes, asolada por una desagradable angustia que daba muestras de regocijarse con mi estado, mientras el halo húmedo de la alcoba se aferraba violento a mis carnes.
  • - "¡Basta he dicho! ¡Quiero salir!" - alcancé forzosa a gritar, y al repetirlo por segunda vez oí dos pasos resonar muy cerca de mí.
  • En aquellos momentos, cuales el deseo de librarme de cuyo funesto péndulo les he hablado superaba todo acto de razonar la causa de su presencia, una increíble felicidad me embargó por completo.
  • De él resaltaba esa corta barba de reo cual lleva días sin afeitarse, con su cabello largo hecho una masa compacta por cuanto llevaba sin acicalarlo, sus pupilas exageradamente dilatadas al anclar su mirada en mi figura indefensa expuesta a sus caprichos, y sus amplios dorsales empujando su tela de algodón a los costados, mas en él se podía leer perfectamente otras intenciones opuestas a mis aclamados anhelos.
  • Lo supe porque, bravucón y presuntuoso, se situó indiscreto al alcance de mi vista, junto a mi flanco diestro y rayando la frontera lindada por el sartorio. El orbicular de su párpado se tornó intermitente, guiñando con malicia, limitando el resto de su atención a mirar las correas, asegurándose que cumplieran a la perfección su obligación de mantenerme bien atada y, esbozando una sonrisa pervertida, rodeó toda la tabla rectangular hasta perderlo al rincón del noroeste, donde yo no alcanzaba a verle.
  • - "¡Escúchame!" - pronuncié con un tono nervioso - "¡haré cuanto me pidas, pero por favor, desátame!".
  • Ahora, recordando la escena en la paz de este lugar, sin deducir si aquel hombre era sordo o subnormal, pues ni un mísero monosílabo se dignó a corresponder, soy consciente de que todos los imploros hechos o por hacer hubieran sido en vano, porque los actos sucesivos hubieran seguido del mismo modo, desabrochando uno a uno los botones plastificados de su oscura camisa de algodón, liberándose del cinto cual sujetaba sus pantalones manchados de aceite hasta poder éstos precipitarse contra el suelo, y casi un minuto más tarde, pues llevó a cabo tales actos con mucha templanza, acabando por quitarse la última pieza de todas sus prendas.
  • Mientras tanto, el maldito péndulo seguía descendiendo lento pero imparable, oscilando en un plano cual formaba un ángulo recto con mi cuerpo, justo colocado para atravesarme la región del corazón, mas de pronto eclipsó, la efigie del individuo, mi campo de visión cuando se subió a la llanura de la tabla, de frente a mí, con sus rodillas apoyadas en el vacío triangular cual esbozaba la apertura de mis piernas, tomando la medida exacta de acoplarse y sonriéndome ansioso de dar rienda suelta a sus antojos carnales. - "¡Maldito seas!" - le chillé a viva voz - "¡ojalá te ejecuten a la hoguera!".
  • No vayan a creer que le afectó mi sentencia. Al contrario, pues sin demora su órgano erecto aterrizó sobre la tersa explanada que había erigido mi afeitado vello púbico, y palpó a ciegas usando el tacto de su glande, buscando el hangar de su lujuria pretendida hasta hallarlo recóndito entre los parapetos de los labios mayores.
  • Entró de un solo golpe a lo más hondo de mi gruta carnosa, y para pasmo de mí misma mi alma pareció delatarse, pues se mostró como si su única intención de toda la tétrica aventura fuese alcanzar esa gozosa escena.
  • Un profundo gemido de placer emergió de mis laringes con tanta gravedad que atronó dueño de la estancia.
  • - "¡Oh! ¡Sí!" - acerté a mascullar con un espejismo de sorpresa mientras la obesa barra pornográfica, llenada su tejido esponjoso al máximo de sangre, friccionaba maravillosamente mis paredes vaginales.
  • Lo digo en serio, lo de gozar como nunca, el de desear que no acabarán jamás sus arremetidas, con violencia, adentro, afuera, sin pausa ni semejanza alguna.
  • Los besos, cuales al inicio entrecortado más bien eran sólo beso a beso por encima de los labios jugosos, se habían convertido ya en un punto y aparte pues habían reventado sin control cuando yo en sí ya no cogía de más ardor, buceando con los tentáculos de las lenguas por dentro de nuestras bocas, sesenta salaces besos fundidos en uno solo tornado géiser de frenesí, y cuyo cauce desbordado continuaba por donde a mí las ataduras me impedían ser recíproca, el cuello o más abajo, alcanzada la aureola de mis tiesos pezones brotados de excitación.
  • Créanme si les digo que ya no luchaba por desatarme; créanme si hablo de gozar, de los guillados deseos anhelando no acabará jamás sus violentas arremetidas, adentro, afuera, sin pausa ni semejanza alguna.
  • - "¡Sigue! ¡Sí! ¡Así!" - jadeaba mi garganta corista sus arias al compás de los embates.
  • Mis ojos, mansos y serenos, se habían vuelto ebrios atraídos por una fuerza misteriosa, casi hipnotizados por las pestañas cordales de arpas cuales entonaban odas amorosas, prendada de los lirios esmeralda reflejados en su iris cristalino mientras sus palmas descaradas palpaban con ansia y esmero mis pechos.
  • Respecto a mi previo calificativo de tal pendenciero cual tildé de subnormal, ruego me permitan rectificar.
  • Su voz, antes muda, emanaba pícaros susurros, y las yemas de sus dedos, tan rato quietas, resbalaban de mis pechos por el torso sabido sin ropa, raseando la piel sin temor hacia donde, entre el desierto de los muslos abiertos, ambos lidiábamos los tesoros más secretos.
  • - "¡No pares! ¡No pares!" - le rogaba yo esclava de mis sentidos.
  • Aquello no se parecía en nada a cuantas miles de historias había oído decir a las gentes insatisfechas. Sólo cuales reciten maravillas son dignas de mi elegida mención.
  • Mas, ¡cómo iba a negarle a mi cuerpo cuanto le complacía recibir!. Me refiero a las almas entretejidas de la soberana dama fantasía… De su enorme verga brizada arriba y abajo en la elástica gruta de mi sexo… De los órganos más íntimos atrapados mutuamente en nuestros lascivos cepos.
  • - "¡Sí! ¡Sí! ¡Así!" - vociferaba sin cesar inmersa en el afanoso juego de adultos.
  • Acometía como un tigre salvaje, embistiendo su pelvis entera contra la mía, taladrando mi ser con su enorme polla que ni un solo amago de detenerse o bajar su ritmo hizo en todo el rato, y aún con el rico gusto de los besos predecesores en las bocas volvíamos de nuevo a la carga, a besarnos me refiero, sólo interrumpidos para vaticinarnos por lenguaje oral el orgasmo cual estaba a punto de avecinarse.
  • - "¡Me corro! ¡Me corro!" - chilló exaltado mientras definía un intervalo entre los monosílabos mucho más breve y acelerado a sus precursores.
  • Un efímero desvanecimiento cual ofuscó ideas y sentidos culminó las frases. El antes tibio calor hervía como nunca, bifurcando su júbilo por venas y arterias de nervios embriagadas, trémulas, enfebrecidas de pasión, mas ¡que derrame de homúnculos! ¡Cuanta generosa cantidad de esperma atravesó mi cuello vaginal!.
  • De loco gusto me sumí yo en una calma imposible de parodiar, pero si mi memoria no erraba, seguía yo atada, sometida al vuelo de esa hacha afilada y brillante cual veía demasiado cerca de mí, tanto que existía el riesgo de que en pocas oscilaciones el acero cortante su pusiera en mortal contacto con mi convulsa carne.
  • Si hubiera podido liberarme por lo menos de las correas que apresaban mis muñecas, habría intentado detener ese péndulo, pero tal cometido me era completamente imposible en mi disposición, por lo que, en un tono aún tartamudo por el exquisito júbilo sentido, le rogué a él cumpliera con la función.
  • ¡Maldito sea a quien menciono con el más blasfemo de los adjetivos sabidos!. Razones de peso tengo para nombralo de tal modo, pues no vayan a creer que el muy hijo de su madre hizo ni tan siquiera amago de frenar ese malicioso aparato. Sólo una frase, a modo de catastrófico epitafio, tuvo la decencia de modular.
  • - "¡Que sea el destino quien tome la irrevocable decisión!" - pronunció, y del plato cual antes cité tomó ese trozo de carne salado, pringado de aceite, que usó para untar cuyas correas sin fracturas me mantenían muy bien sujeta a la tabla inmóvil.
  • Asustada y confundida, lo vi marchar, tan templado como vino, y un terrible espanto invadió mi ser al verme abandonada en esa sala infernal. Pero esta vez un rumor lejano impedía al macabro silencio instalar de nuevo su reino.
  • Bien no sabría describirles aquel sonido… Quizá fuese similar a un ejército cabalgando a lomos de sus corceles por los campos de combate… O más bien, pues sonaban a coces sin herraje, se tratase de ¡ratas! ¡Ratas! Una horda inmensa de enormes ratas, feroces, voraces de tan famélico estado cual presentaban, con sus pupilas rojas en forma de botón que me miraban encandecidas al salir del pozo como si su instinto depredador deseara devorarme.
  • No se pueden imaginar cómo grité.
  • ¡Con el asco que me dan las ratas!.
  • Guiados por el olor, los jocosos roedores se subieron a la tarima, olisqueando las correas, y saltando a centenares encima de mí con sus patas sucias comenzaron a morder las ataduras. Había tantas que entre ellas se empujaban cayendo a mi cuello, y husmeaban con su morro mis labios que yo, con un asco para el cual no hay en este mundo adjetivo capaz de definirlo, mantenía cerrados a cal y canto.
  • Fueron minutos eternos, durante los cuales me sentía ahogar bajo su creciente peso, pero cuando ya la hoja casi rozaba mis pechos las cinglas se aflojaron hasta liberarme de su opresión. Quedaban tan sólo dos oscilaciones, y un dolor agudo cual anuncia al mortal me hubiera recorrido todos los nervios del cuerpo.
  • Incluso tuve que hundir mi pecho para salvarme con mucho cuidado del fatal alcance de la dichosa artimaña.
  • ¡Ah! ¡Libre por fin! Libre ya, sí, ¡pero qué libertad podía ser la mía si estaba cautiva en los lóbregos sótanos del convento!. En realidad, era libre tan sólo del armazón de madera y nada más. A lo máximo, libre también de la diabólica máquina cual para sorpresa de mí cesó su movimiento y, como accionada por un dispositivo mecánico, la vi subir hasta desaparecer más allá del techo.
  • Fue un síntoma inequívoco de que me habían espiado sin tregua.
  • Mirando a mi alrededor, gracias a una plácida paz de la cual hasta entonces no había dispuesto, pude advertir una fisura de medio pulgada de ancho que rodeaba por completo el calabozo al pie de las paredes, cuyas estructuras estaban completamente separadas entre sí y que, a pesar de todos los esfuerzos empleados, me resultó imposible ver nada a través de las minúsculas aberturas.
  • De puertas y ventanas no habían ni mal disimuladas, dando a la celda una apariencia de cubo metálico y en cuyas paredes comenzaron a aflorar repentinamente ojos de demonio, de una vivacidad siniestra y feroz que me miraban fijamente desde todos los ángulos y quienes lucían el lúgubre fulgor de un fuego cual, por más que me esforzaba, no conseguía mi imaginación considerarlo irreal.
  • Incluso gozaban de un brillo intenso y sorprendente, que crecía sin pausa dando a aquellas espectrales imágenes un aspecto capaz de quebrantar nervios a prueba de las más temerosas tentaciones.
  • La atmósfera se había impregnado del sofocante olor característico cual surge del hierro recalentado, y cuyo aroma invadía irremediablemente el aire del recinto. Sobre las horrorosas pinturas sangrantes se cernió un tono rojo más vivo mientras yo, jadeando pues trataba de respirar, me alejé cuanto pude del metal abrasador hasta colocarme en el centro mismo del calabozo, junto al borde del pozo, de quien la incandescencia de la mazmorra iluminaba hasta sus más recovecos huecos.
  • Justo entonces, esperando se apaciguaran los ardores intestinales del infierno, se produjo un cambio en la celda que, hasta hacia apenas unos segundos, era cuadrada. Dos de sus ángulos de hierro se volvieron agudos y los dos restantes, por consiguiente, obtusos, haciendo que el calabozo transformara su forma en un rombo, cual horrible diferencia se acentuaba anunciada con un resonar profundo y quejambroso, y se iba achatando con una rapidez impropia que no otorgaba tiempo ni a pensar.
  • Dadas las circunstancias, sólo un milagro me podía salvar. Digo milagro porque, si alguna vez ustedes se hallan en situación afín, verán cuan de frágil se muestra ser el equilibrio psicológico. Un temblor me invadía el nervio frénico, por cuya razón mi diafragma se impulsaba a trompicones, y las piernas denotaban gestos de pretender derrumbarse. De mi frente brotaban cantidades ingentes de sudor, pues cada vez era mayor la cercanía de las infernales paredes cuales anhelaban abrasarme entre su prensa o, en el mejor de mis casos, arrojarme para siempre al fondo del pozo.
  • Sin embargo, en aquellos instantes, el miedo saturaba todo intento de meditar algún modo para detener ese dichoso artilugio, y sólo fui consciente de esperar, de una cruel y tensa demora en el escaso medio metro que apenas me cedía cuyas paredes avanzaban con una fuerza impresionante.
  • Supe de mi perdición cuando, envuelto en llamas producto de haber entrado en contacto directo con el metal, se precipitó el lecho leñoso a los hondos abismos infernales del pozo.
  • Tan sólo un minuto después de tal suceso, mi cuerpo ardiente y retorcido a duras penas tenía espacio donde poner los pies sobre el suelo de la prisión, y lancé un fuerte y largo grito de desesperación fruto de mi agonía.
  • Pero cuando ya todo parecía perdido, en que casi desfallecida del calor me precipitaba a las perennes sombras del pozo, oí un discordante murmullo de voces humanas, resonó poderoso un toque de trompetas, semejante a cuando el corneta de la guarnición entona victoria, y un áspero chirriar semejante al de mil truenos invadió el diminuto espacio de la celda.
  • Las terribles paredes retrocedieron.
  • ¡Déjenme compartir con ustedes cual júbilo conquistó mi ser! ¡Déjenme confesarles cuan de guilladas carcajadas brotaron de entre el reino de mis mandíbulas! Asimismo, soy consciente de que la gran multitud no va a dar veracidad a tales hechos, pero no olviden todos los incrédulos, como tantas miles de veces he dicho y repetiré, que vayan con cuidado, pues no fueran a descubrir su fe siendo desafortunados protagonistas.